Franco y Vittorio, esperaban junto a un teléfono cifrado que emitía un leve zumbido verde. El aire ahí era limpio, frío, contrastando brutalmente con el calor sofocante y dulzón de la alcoba. Enzo se detuvo frente a ellos, y el silencio que siguió fue más opresivo que cualquier grito. Su figura imponente se cernió sobre ellos. La camisa blanca bajo su traje estaba levemente arrugada en el pecho y el nudo de su corbata estaba descentrado por apenas un milímetro, una imperfección minúscula que delataba la batalla que acababa de librar. El olor a su frustración era casi tangible: una nota ácida de sudor y la ferocidad reprimida. Franco, alto y metódico, sostenía el auricular con un respeto casi religioso. Habló primero, su tono profesional un intento desesperado por restaurar el orden. —Je

