XIII La tarde estaba calurosa y las ganas de orinar me mataban. Ya la vejiga me dolía y no paraba de mover el pie izquierdo de adelante hacia atrás, el auto aún seguía en marcha y quería llegar lo más rápido posible pero nada... Cada que preguntaba si faltaba poco, papá decía que hiciera silencio y mamá le gritaba por responder brusco a una pequeña de seis años. No los culpaba de exasperarse conmigo, siempre fui así, una completa molestia. Nos detuvimos en una tienda de esas que están ubicadas a mitad de la nada y entonces papá ordenó que fuera al baño quien tuviera ganas. Obviamente lo decía por mí, porque Verónica hace más de media hora que lleva dormida con la boca abierta y el cuello torcido sobre el asiento. — ¡Voy rapidito!— grité. Salí corriendo a todo lo que pude con mis piern

