Capítulo 11: Gamaliel Lauder

1042 Palabras
La luna se alzaba poderosa sobre mí. Su luz plateada atravesaba las copas de los árboles mientras corría a toda velocidad por aquel enorme bosque. Las ramas golpeaban mi rostro y el aire frío quemaba mis pulmones, pero no me detenía. Tenía que seguir corriendo. Algo me perseguía. No sabía qué era, pero podía sentirlo. Un instinto profundo me gritaba que no me detuviera, que no mirara atrás. El suelo húmedo del pantano se hundía bajo mis pies mientras avanzaba entre raíces retorcidas y sombras alargadas. El silencio del bosque era inquietante, como si todas las criaturas hubieran desaparecido. Solo se escuchaba mi respiración y los latidos furiosos de mi corazón. Cuando por fin encontré un lugar donde esconderme, un lago entre los árboles, estuve a punto de detenerme. Pero no lo logré, porque algo tiró de mí con violencia. Mi cuerpo cayó al suelo con fuerza y la tierra fría golpeó mi espalda. El aire abandonó mis pulmones mientras intentaba incorporarme. Cerré los ojos por instinto y cuando estaba a punto de abrirlos para ver a mi agresor, todo se desmoronó. —¡Gamaliel, despierta! Abrí los ojos de golpe. Mi pecho subía y bajaba con rapidez mientras trataba de ubicarme. Miré a mi alrededor, buscando a la figura que siempre me perseguía en aquellos sueños. Aquellos ojos azules que aparecían en la oscuridad del bosque, pero no había nadie. Solo estaba Leah. Mi asistente personal corría por toda la habitación recogiendo su ropa del suelo, la misma que yo había arrancado de su cuerpo la noche anterior y que ahora estaba desparramada por toda la habitación. —¿Qué diablos pasa, mujer? —gruñí con voz ronca. Me giré en la cama hasta quedar de lado y la observé en silencio mientras ella se ponía sus ajustados jeans con evidente desesperación. —¡Estamos atrasados! —chilló mientras buscaba su blusa—. Gamaliel, tienes una reunión en treinta minutos. ¡Treinta! Debemos estar en la oficina… ¡No puedes faltar! Giré los ojos con fastidio ante su tono histérico. —La haré online. —¡Claro que no! Leah cruzó la habitación con grandes zancadas y se dejó caer sobre la cama, mirándome con evidente reprobación. —Si no te presentas, se romperá el trato con los inversionistas coreanos —dijo señalándome con un dedo acusador—. ¿Sabes cuántos millones están en juego? Me encogí de hombros. —Me conectaré por internet. —¡Gamaliel Lauder! Bufé con fastidio ante su insistencia y me levanté finalmente de la cama. No ignoré la forma en que sus ojos se clavaron en mi desnudez, recorriéndome con descaro, pero fingí no notarlo. No tenía la paciencia suficiente para lidiar con Leah en modo asistente estresada. —Vete tú primero —dije mientras caminaba hacia el baño—. Me daré una ducha. —No tardes —respondió mientras terminaba de vestirse—. Esta vez hablo en serio. Entré al baño y cerré la puerta tras de mí. El agua caliente de la ducha cayó sobre mi cuerpo y dejé escapar un suspiro mientras apoyaba las manos contra la pared. Otra vez ese maldito sueño. No era la primera vez. Desde que tenía memoria, aquellas pesadillas regresaban una y otra vez. El bosque. El pantano. La luna sobre mi cabeza. Aullidos en la distancia. Y aquellos ojos azules observándome desde la oscuridad. Cada vez que la luna llena aparecía en el cielo, el sueño regresaba con más fuerza. Por eso la odiaba tanto. Odiaba verla colgada sobre la ciudad, brillante e imposible de ignorar. Algo en ella me revolvía el estómago, era algo que nunca había logrado explicar. Apagué la ducha y salí rápidamente. Si no llegaba a tiempo a la oficina, Leah probablemente sufriría un colapso nervioso. Me vestí con rapidez y bajé al estacionamiento del edificio. Mi automóvil ya estaba encendido cuando llegué, gracias a la obsesiva puntualidad de mi asistente. El tráfico de Manhattan era el mismo infierno de siempre, pero aun así llegamos al edificio de la empresa veinte minutos después. Sin embargo, apenas bajé del auto, supe que algo iba mal. Los flashes me cegaron antes de que pudiera reaccionar. —¡Gamaliel! —¡Por aquí! —¡Una pregunta! Una periodista se abrió paso entre los demás reporteros y colocó un micrófono frente a mi rostro. —Señor Lauder, ¿es cierto que anoche fue visto saliendo de un restaurante con la modelo italiana Valeria Bianchi? —preguntó atropelladamente. Suspiré con evidente fastidio. —Discúlpeme, pero no hablo de mi vida privada. Intenté avanzar hacia la entrada del edificio, pero la periodista insistió. —¿Eso significa que confirma la relación? Me detuve y la miré directamente. —Significa exactamente lo que dije —respondí de mala gana. Le dediqué una mirada severa y luego pasé junto a ella sin añadir nada más. Los guardias de seguridad cerraron el paso a la prensa y pude finalmente entrar al edificio. —Odio a los periodistas —murmuré. Leah caminaba a mi lado revisando su tableta. —Eso pasa cuando eres joven, rico, famoso y mujeriego. —No soy famoso. Ella levantó una ceja. —¿Y sí eres mujeriego? No respondí, porque ella sabía muy bien esa respuesta. Entramos en la sala de reuniones donde los inversionistas ya nos estaban esperando y la negociación comenzó de inmediato. Gráficos, cifras, proyecciones. Todo avanzaba con normalidad hasta que la puerta se abrió de repente. Leah apareció en el umbral con una expresión que nunca había visto antes. Estaba pálida, como si hubiera visto a un fantasma. —Gamaliel —dijo con voz baja—. Necesito hablar contigo. Fruncí el ceño. —Estoy en medio de una reunión, Leah. —Lo sé —guardó silencio un segundo—. Pero es importante. Algo en su tono me hizo levantarme. Salí al pasillo y cerré la puerta detrás de mí. —¿Qué ocurre? Leah tragó saliva. —Han llamado del hospital. El mundo pareció detenerse por un instante. —¿Qué hospital? —pregunté temiendo su respuesta. —El de tu madre. Sentí cómo un escalofrío recorría mi espalda. —¿Qué pasó? Leah bajó la mirada antes de responder. —Dicen que no está bien.
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