Abro mis ojos sintiéndome totalmente desorientado, aturdido y confundido. El pecho me duele, causando un lacerante dolor que se expande hasta mi hombro. —¡Ares! —oigo la voz de Rodrigo llamarme con desespero, pero no logro divisar con nitidez su rostro—. ¡Ares! ¡Reacciona de una vez, carajo! Toso con desespero, intento levantarme del suelo, pero su mano en el pecho me lo impide. Oigo las sirenas, así como las llamas también detrás de mí alzándose con braveza, incluso, siento con más intensidad el vapor de ellas. Cierro mis ojos con fuerza y los abro buscando la forma de aclarar mi vista y así poder ubicarme en tiempo y espacio. —Amigo, estás conmigo, ¿verdad? Intento darle una respuesta inmediata, pero no puedo por estar ahogado con mi propia sangre y saliva, la cual expulso con

