CAPITULO 3: La Arquitecta de su Propio Destino

1864 Palabras
The Heights Tower, Manhattan. Oficina de la Vicepresidencia. El sol de la mañana en Nueva York golpeaba los cristales de la torre Van Doren, pero el calor no se atrevía a entrar en el despacho de Cassie. Allí, el aire acondicionado mantenía una temperatura constante de dieciocho grados, la ideal para que ella pudiera concentrarse sin que una sola gota de sudor arruinara su maquillaje impecable. Cassie Van Doren no caminaba; ella reclamaba el espacio. Se detuvo frente al espejo de cuerpo entero de su oficina, ajustándose el cinturón de cuero ancho que marcaba su cintura sobre un vestido de seda color terracota. El diseño, hecho a medida por una modista que entendía que las curvas no son algo que ocultar, sino algo que esculpir, abrazaba sus caderas con una confianza desafiante. Con 82 kilogramos distribuidos en una figura de reloj de arena, Cassie era una declaración de principios viviente. Sus muslos eran fuertes, sus caderas anchas y su busto prominente, pero nada en ella se veía fuera de lugar. Era una mujer que ocupaba su lugar en el mundo con orgullo. —No te escondas, Cassie —se susurró a sí misma, retocando su labial rojo pasión—. El acero no se dobla, y tú eres el acero de esta familia. Sus ojos, que esa mañana lucían un verde oliva intenso debido a su determinación, brillaron con un destello peligroso. Se colocó sus tacones de aguja de diez centímetros —porque le encantaba mirar a los hombres directamente a los ojos, o incluso un poco desde arriba— y salió de su despacho. En el pasillo, el murmullo de los empleados se detuvo. Cassie era respetada, pero también temida. Al llegar al área de recepción de la planta ejecutiva, se encontró con el primer obstáculo del día: Sonia, la jefa de relaciones públicas de la empresa, una mujer que vivía a base de lechuga y envidia, y que siempre encontraba una manera pasivo-agresiva de comentar sobre el físico de Cassie. Sonia estaba hablando con dos inversores, pero al ver a Cassie, forzó una sonrisa que no llegó a sus ojos inyectados en cafeína. —¡Oh, Cassie! Qué… vibrante te ves hoy —dijo Sonia, bajando la mirada hacia las caderas de la vicepresidenta con un gesto de desdén apenas disimulado—. Ese vestido es muy arriesgado, ¿no crees? Quiero decir, con tanto volumen… quizás algo más holgado, en n***o, te ayudaría a pasar más desapercibida. Cassie no se detuvo. Siguió caminando, obligando a Sonia a dar un paso atrás para no ser arrollada por la presencia de la heredera. Se giró lentamente, apoyando una mano en su cadera, acentuando su figura con una naturalidad aplastante. —Sonia, querida —la voz de Cassie era seda con espinas—, la diferencia entre tú y yo es que yo no necesito pasar desapercibida. Yo construyo edificios que cambian el horizonte de esta ciudad, tú solo intentas que tu silueta no proyecte sombra. Si quisiera consejos de moda de alguien que se viste como si fuera a un funeral de su propia alegría, te llamaría. Ahora, mueve tus huesos fuera de mi camino, tengo una empresa que dirigir. Los inversores ahogaron una risa mientras Sonia se ponía del color de un tomate maduro. Cassie no miró atrás. Entró en la sala de juntas principal, donde su padre, Harrison Van Doren, la esperaba con un grupo de contratistas rusos que querían renegociar los costos del acero para el nuevo proyecto de la zona sur. Harrison levantó la vista y una chispa de orgullo cruzó sus ojos cansados. Cassie era su mejor creación, mucho más que cualquier edificio de cristal. —Llegas a tiempo, hija —dijo Harrison, señalando la silla a su derecha—. Los señores de Volkov Steel dicen que los precios han subido un veinte por ciento debido a "complicaciones logísticas". Cassie se sentó, cruzando sus piernas poderosas. Miró el contrato sobre la mesa y luego a Sergei Volkov, un hombre que doblaba su edad y que la miraba con una mezcla de lascivia y condescendencia. Sergei creía que, porque Cassie era una mujer con curvas y hermosa, su cerebro debía estar ocupado pensando en qué cenar. —Señor Volkov —comenzó Cassie, abriendo su tableta con un gesto elegante—, he revisado sus rutas de suministro. El puerto de Riga no ha reportado cierres, y el costo del flete por tonelada ha bajado un cinco por ciento esta semana en el mercado báltico. Sus "complicaciones logísticas" suenan más bien a que usted quiere que yo pague su nuevo yate en la Costa Azul. Sergei se rio, una risa ronca que pretendía ser encantadora pero era paternalista. —Señorita Van Doren, usted es muy hermosa para preocuparse por los números del mercado báltico. Quizás si saliéramos a cenar, podríamos olvidar estas pequeñas diferencias y… —Si volvemos a salir a cenar, Sergei, será para celebrar que su empresa ha sido demandada por intento de fraude —lo cortó ella, clavando sus ojos en los de él—. He detectado que las facturas que nos enviaron ayer tienen números de serie duplicados de un proyecto en Dubai del año pasado. Nos está intentando vender acero reciclado como si fuera de grado A. El silencio que cayó en la sala fue tan pesado que se podía oír el tic-tac del reloj de pared. Harrison miró a su hija, sorprendido. Ni siquiera él se había dado cuenta del detalle de las facturas. —Eso es una acusación grave… —balbuceó Sergei, el sudor empezando a brillar en su frente. —Tengo las pruebas aquí mismo —Cassie giró la tableta hacia los rusos—. Así que, aquí está mi oferta final: mantendrán el precio original, nos darán un descuento del diez por ciento por las molestias y el acero será certificado por mi propio equipo de inspección en el puerto. O, la otra opción es que llame a la fiscalía ahora mismo y veamos qué tan "hermosa" le parece mi declaración ante el juez. Sergei miró a sus socios. Sabían que estaban acorralados. Cassie los había destrozado antes de que pudieran terminar su primer café. Diez minutos después, el contrato estaba firmado bajo las condiciones de Cassie. Cuando los hombres salieron de la sala, prácticamente huyendo, Harrison se dejó caer en su silla, soltando una carcajada sonora. —¡Por Dios, Cassie! Los has dejado temblando. A veces olvido que tienes más instinto asesino que yo. —No es instinto asesino, papá. Es que estoy cansada de que piensen que por tener este cuerpo y esta cara, pueden pasarme por encima —dijo ella, cerrando su tableta—. Soy una Van Doren. Si quieren pelear con la constructora, mejor que traigan refuerzos. Harrison se levantó y caminó hacia la ventana, mirando la ciudad que ambos amaban. Luego, su expresión se volvió seria. —Hija, hablando de refuerzos… He tomado una decisión sobre la fusión con la acería. Necesitamos asegurar el suministro interno para los próximos diez años. Los rusos ya no son de fiar, como acabas de demostrar. Cassie asintió. Sabía que su padre estaba buscando un socio local. —¿Y quién es el candidato? Harrison se giró lentamente. —He cerrado un preacuerdo con el Grupo Moretti. Enzo Moretti aterrizó ayer en Nueva York. El nombre resonó en los oídos de Cassie como el estallido de una demolición controlada. El aire pareció escaparse de sus pulmones, pero su rostro permaneció impasible, una máscara de hierro que había perfeccionado durante cinco largos años. Sin embargo, por dentro, una tormenta de recuerdos la golpeó: el sabor de los labios de Enzo, la forma en que sus manos encajaban perfectamente en sus caderas, y la manera en que él le prometió que nunca la dejaría, justo antes de desaparecer sin mirar atrás. —¿Moretti? —preguntó Cassie, su voz apenas un susurro que recuperó su firmeza de inmediato—. Pensé que estaban cómodos en Italia. —Enzo ha vuelto para quedarse, Cassie. Y trae a su familia. Su padre, Giorgio, insiste en que esta fusión sea un asunto de "clan". Quieren conocernos mañana. En esta misma sala. Cassie sintió una punzada de dolor en el pecho, pero la transformó rápidamente en rabia. Una rabia fría y útil. Recordó el día que él se fue, cómo se sintió pequeña y rechazada, cómo se refugió en el trabajo y en reconstruir su autoestima hasta convertirse en la mujer que era hoy. En aquel entonces, ella era una estudiante que aún no sabía cuán poderosa podía ser. Ahora, ella era la reina de la torre. —Que vengan —dijo Cassie, levantándose de la silla con una dignidad que habría intimidado a una emperatriz—. Pero que Enzo Moretti no espere una bienvenida con alfombra roja. Si viene a hacer negocios conmigo, tendrá que aprender que la mujer que dejó atrás ya no existe. Y que esta versión de mí… —se miró las manos, fuertes y seguras— no perdona ni olvida tan fácilmente. Harrison la miró con preocupación. —Cassie, esto es por la empresa. No dejes que el pasado… —El pasado está enterrado bajo los cimientos de este edificio, papá —lo interrumpió ella, caminando hacia la puerta—. Mañana solo verán a la Vicepresidenta Van Doren. Si Enzo trae a su hija o a su madre, es su problema. Yo solo veo números y acero. Salió de la sala de juntas con paso firme, sus tacones resonando contra el suelo de mármol como disparos. Al pasar frente a la recepción, vio a Sonia de nuevo, quien intentaba esconderse tras unos papeles. Cassie se detuvo un segundo, solo para lanzarle una mirada de absoluta superioridad. —Sonia —dijo Cassie con una sonrisa gélida—. Dile al equipo de limpieza que le den un repaso extra a la sala de juntas. Mañana viene basura de clase alta y quiero que el lugar brille más que ellos. Entró en su despacho y cerró la puerta. Una vez sola, dejó caer su peso sobre el escritorio, respirando profundamente. Su corazón latía con fuerza, una traición biológica que no podía controlar. Abrió el cajón de su escritorio y sacó una vieja fotografía que guardaba oculta en una carpeta de presupuestos. En ella, un joven Enzo la abrazaba por la cintura, riendo mientras ella escondía su rostro en su cuello. —Vas a lamentar haber vuelto, Enzo —susurró Cassie, rompiendo la foto en mil pedazos y tirándolos a la papelera—. Porque en Nueva York, yo soy la que pone las reglas. Se sentó en su silla, encendió su computadora y empezó a revisar los informes del Grupo Moretti. No iba a dormir esa noche. Iba a estudiar cada debilidad de Enzo, cada fallo en sus empresas, cada resquicio por donde pudiera atacarlo. Cassie Van Doren, con sus 82 kilos de poder, su cabello cobrizo encendido como una llama y su mente de acero, estaba lista para la guerra. Y Enzo Moretti no tenía idea de que la "dulce Cassie" se había convertido en la pesadilla más hermosa y peligrosa que jamás cruzaría su camino.
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