Mi mente está quebrada, no puedo dejar de pensar en todo, en cada palabra que me ha dicho Alex y en cada palabra que escribió ella en ése diario. Ya ni siquiera me salen lágrimas, mi interior palpita y quiero incrustar mis uñas, tan fuerte en la palma de mi mano hasta sangrar. Estoy enojada. La camioneta se mueve de un lado a otro levemente mientras conducen a toda velocidad hacia casa de Damián. Delante dos hombres grandes miran hacia la carretera con rostro asesino. Atrás, otro hombre coloca el silenciador en su arma. Alex tiene la suya en la mano, me mira, no ha dejado de hacerlo, y yo llevo la misma expresión que los matones de adelante. De pronto, ambas camionetas se detienen en seco y todos bajamos de inmediato. —Jennifer, espera —escucho que me llama, pero ya yo me he bajado. Ca

