Capítulo dos

1147 Palabras
Mi nombre es Cassandra Kane. Tengo dos hermanos; Peter de 22 y Simón de 20, yo tengo 18 por si alguien se lo preguntaba. Desde que tengo 15 años les he insistido a mis hermanos para que me lleven con ellos a una de sus excursiones al exterior, pero nunca han aceptado. Poniendo la misma escusa que ya estoy harta de escuchar. Cass eres muy pequeña. Es por ello que dos semanas antes de mi cumpleaños número 18 los empecé a amenazar, diciéndoles que si no me llevaban con ellos los delataría con mamá y ninguno de los dos podría sacar su cabeza de los castigos que les impondrían. Y adivinen quien se está preparando para salir de la cueva. 3 años después logre convencer a ese par de idiotas, si, con un poquito de coacción pero a fin de cuentas los convencí. ──Faltando 10 minutos para las 11 tienes que estar lista Cassy, si no Te dejamos──. Dice Peter asomando su fea cabeza por la puerta de mi baño. ──Son las 7 idiota, así que saca la cabeza o Te la corto. Y pobre de ustedes que se atrevan a dejarme, además de decir que están arriba diré que andas con una humana así que más les vale esperarme── grite de regreso a sabiendas de que jamás se atreverían a hacerlo. ── Lo que sea solo apresúrate──. Grito Simón pasando de largo camino a su habitación. Sabía que no me dejarían tenían más que perder que yo, pues simplemente me hacía la inocente y mi papa me creería todo lo que le dijera. A los ojos de mis padres yo era una santa, nunca me portaba mal ni hacía nada que me trajera problemas, pero apenas y salían de mi vista, era yo misma. Una rebelde sin causa. Me apresure a bañarme mientras el agua recorría mi cuerpo relajándome, logrando que la tensión que se acumuló en el día desapareciera. Enjuague mi larga cabellera color caoba y la enrede en una toalla para no escurrirla en el piso. Salí de la ducha totalmente relajada, me pare frente al espejo y observe mis ojos color miel, no eran los más hermosos del mundo pero era uno de mis rasgos favoritos, mi nariz respingada, le daba a mi cara una apariencia de inocencia que me servía muy bien a la hora de engañar a los adultos. Tenía un camino de pequeños lunares que recorrían desde mi oreja izquierda y bajaban por mi cuello, casi parecían una constelación. Un rasgo extraño pero de cierta forma, encantaba. Deje que mi cuerpo se secara con el aire que entraba por la ventana, rara vez me gustaba secarlo con la toalla. Tome un pantalón n***o de cuero, combinado con una remera, blanca holgada, junto con mis botas de combate negras. Me puse un poco de maquillaje, sin llegar a exagerar, seque y deje que las ondas de mi larga cabellera cayeran sueltas por mis hombros dándome una apariencia salvaje. Ω Ω Al salir de casa ya estábamos todos preparados para salir de la cueva. 12 en total, entre los cuales se encontraban 5 chicas y 7 chicos entre ellos mis hermanos. ──Muy bien que nadie se separe del grupo, el que se quede a tras esta por su cuenta y no cometan la estupidez de usar sus habilidades o estaremos en grandes problemas ¿entendido? ── Grito Eric el mayor de los que estaba en el grupo y al parecer el encargado de esta excursión. ──Si no somos idiotas──. Conteste rodando los ojos ya que la parecer nadie se atrevía. Todo estaba completamente a oscuras y se suponía que en cualquier momento se activarían las alarmas centrales de “ALION” para que nadie pudiera entrar o salir, pero ellos ya lo habían hecho antes así que no había de que preocuparse, pasamos el centro de la ciudad guiados por los chicos hacía los túneles más alejados. Aunque había recorrido infinidad de veces la mayoría de la ciudad nunca había estado por esta zona, se veía todo diferente. No tenía iluminación y el olor a moho y vaho se hacía cada vez más presente, apenas y podía respirar, eso aunado a que Eric apenas y nos dejaba detenernos, nos llevaba jalando, no nos dejaba ni respirar, aunque en ese momento prefería no hacerlo. ──Ya estamos llegando al último túnel, es el más complicado y desagradable. Así que si son cobardes no miren a los lados, si no quieren vomitar──. Grito Joseph. Rápidamente se empezó a sentir la diferencia en el cambio de ambiente, el aire se sintió más viciado, y cargado de acidez, el olor putrefacto hacía que mis fosas nasales se agrandaran y los ojos me empezaran a llorar. No estaba completamente segura pero, podía apostar mis ovarios a que eran animales en descomposición. ¿Quién diablos en su sano juicio dejaría esto en los ductos de la ciudad? Lentamente y con total precaución fuimos avanzando de uno por uno para subir los últimos escalones que nos separaban de la superficie, uno tras otro. Hasta que por fin pude apreciar un poco la luz de la farolas que alumbraban la ciudad. Pero no era eso lo que yo quería ver. Yo quería ver más allá. ──Ven aquí guapa──. Dijo Fred tendiéndome la mano para ayudarme a subir. Fred es el mejor amigo de Simón, son de la misma edad, y hace tiempo que se por rumores del colegio que está enamorado de mí, nunca me ha invitado a salir, aunque si lo hiciera no lo aceptaría, no porque sea feo o algo por el estilo. A decir verdad es bastante bien parecido, es moreno, de ojos negros y profundos, cabellos rizados que le cuelga por los hombros a pesar de que siempre lo tiene prolijamente peinado. Cuando sonríe sus ojos brillan con una inocencia que no puedes creer en un chico de 20 años, simplemente no me atraía. ──Gracias──. Conteste con una sonrisa que lo hizo sonreír más profundamente. Voltee hacía el otro lado ignorando deliberadamente su reacción. Y ahí estaba, por fin. Era la primera vez que pisaba la superficie, el aire cargado de smog y humo de la ciudad penetro por mis fosas nasales. Sacudí mis pantalones quitando de ellos un poco de tierra que se había adherido en el camino y alce mi cabeza rumbo al cielo y ahí estaban ellas, tan bellas como los libros las describían. Nunca en mi vida había visto las estrellas, son hermosas, rodeaban a la luna como fieles compañeras de velada. Su brillo iluminaba la noche, dándole un aire misterioso y alucinante. Permeaban todo a su alrededor, mostrándole a su astro nocturno que jamás la dejarían sola. Que nunca privarían a la vida de ver su asombrosa belleza. —Sabían que la Luna no brilla por si sola, si no que refleja el brillo del sol—Dije a nadie en particular.
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