. Me incliné sobre ella dejando que mis labios siguieran el rastro del vino lamiendo cada gota con una intensidad que la hacía arquearse bajo mi boca. Comencé por su cuello, saboreando el dulce y amargo contraste del vino y su piel. Mis labios continuaron su descenso recorriendo cada rincón de su cuerpo, retirando cada gota con una devoción que la hacía temblar. Sus suspiros se convirtieron en gemidos y su cuerpo reaccionaba a cada movimiento de mi boca, como si cada beso encendiera un fuego nuevo en su interior. Cada sorbo era una combinación de sabores: el vino, su piel, el deseo que compartíamos. Era un acto de pura adoración, un juego de placer y devoción que se intensificaba con cada segundo que pasaba. Cuando llegué a su vientre sus gemidos se volvieron más agudos, moví la lengua a

