Narrador omnisciente. Alan bajó del avión con emoción y nostalgia, sintió el aire cálido de Valencia acariciar su rostro. Habían pasado meses desde su última visita. Con maleta en mano se dirigió hacia la salida donde un taxi lo esperaba para llevarlo al barrio de Patraix. El taxi se detuvo frente a una encantadora casa de dos plantas, con su fachada amarilla pastel y azulejos cerámicos. Alan se bajó y tras pagar al conductor, se acercó a la puerta y la golpeó. Al abrirla apareció su tía con una sonrisa radiante que iluminaba su rostro. —¡Alan, xiquet! —exclamó, abrazándolo fuertemente—. ¡No puedo creer que estés aquí! ¿Cuánto tiempo ha pasado? ¡Ya te echaba de menos! Alan sonrió correspondiendo a su abrazo. —Hola, tía. También me da gusto verte. Ella miró hacia la puerta como bu

