Su vida no era fácil, aunque pareciera que todo estaba bien. Aunque ella sonriera, ahí estaba otra vez, acostada en la cama con esos sentimientos que la atormentaban por las noches.
No es que ella dijera, "hoy quiero estar triste y llorar, hoy quiero ahogarme con mis lágrimas". Claro que no. Solo fue otro día normal y llegó a su pequeño cuarto que rentaba. Se acostó boca arriba para mirar el techo y sentirse sola, aunque tampoco es que quisiera sentirse así.
Ese era un sentimiento que deseaba enviar al otro lado del mundo, donde no la volvería a invadir. Se sentía miserable en esa oscuridad.
A veces solo deseaba que alguien la esperara y le preguntara cómo fue su día, pasar noches en vela, platicando sobre sus miedos, sus enojos y sus sueños.
Sin embargo, vivía sola. Sus padres estaban muertos y apenas tenía amigos. Su vida era trabajar para pagar la renta, lo que no le dejaba tiempo para socializar.
Se hizo bolita en la cama, abrazando su almohada, viendo por la ventana cómo la noche se estaba yendo. Ella se sentía ajena, sentía que no pertenecía a ese lugar ni a ninguno en los que había estado después de cumplir la mayoría de edad.
Cuando sus padres fallecieron, sus padrinos se hicieron cargo de ella. Al principio, todo fue miel sobre hojuelas, hasta que pasaron los años y los hijos de su padrino comenzaron a maltratarla, algo que ella jamás esperó.
Se estaban criando juntos, los estaban educando como hermanos, y de un momento a otro la llamaban "la huérfana" y decían que no pertenecía a esa familia.
No tenía idea de qué había pasado, no sabía la razón para tan gran cambio.
Decidió marcharse para no volver un problema algo que, al final del día, no merecía su atención. Ella tenía sus sueños, sus recuerdos con los que luchaba día con día.
Había crecido y sabía que sería una pérdida de tiempo aumentarle más carga a su vida patética. Se obligó a madurar a temprana edad, pero al final del día siempre se sentía como una pequeña de 5 años.
Su vida desde niña no fue fácil. Lo tenía todo: techo, comida, estudio, ropa. No le faltó nada para crecer y ser una niña sana y educada.
No fue fácil porque todo eso que tenía se lo dieron personas que no llevaban su sangre, que la vieron unas cuantas veces. Esas personas se sentían obligadas a darle lo básico.
Cada vez que tenían la oportunidad, se lo recordaban. Que si no fuera por ellos, ella no tendría nada de eso.
No fue fácil porque creció viendo cómo aquellos niños con los que crecía corrían a abrazar a sus padres. Nada fácil cuando hicieron grandes fiestas para celebrar los cumpleaños de ellos, mientras que a ella solo le hacían una comida que al final ni siquiera se la terminaba comiendo.
Nada fácil cuando aquellos niños la querían usar de sirvienta y sus padrinos no hicieron nada.
Nada fácil cuando tuvo que salir de esa casa y buscar dónde vivir.
Y a pesar de todo eso, ella sonreía. Caminaba por las calles como si en su vida solo ocurrieran cosas maravillosas. Aunque se sintiera molesta, triste, ella siempre sonreía.
Aunque algo dentro de ella quemara y se sintiera muerta, esa sonrisa no desaparecía.
Claro, cuando llegaba a casa su sonrisa se borraba y aquellos recuerdos volvían, haciendo que su noche se sintiera horrible.
Y ahí estaba Ciara, contemplando la oscuridad de su cuarto, abrazando la almohada que era su única compañía, llorando por todo lo que retenía, sintiéndose perdida, sin salida.
Después de dejar que aquellas lágrimas bañaran sus mejillas y humedecieran la almohada, se dejó abrazar por el cansancio de todo su día. Tenía un año de vivir en esa ciudad y trabajaba como florista, un trabajo que le encantaba y la mantenía distraída.
Los clientes estaban encantados con ella por su entusiasmo y alegría, la manera respetuosa en la que los atendía. Por esa razón, era la favorita de los mayores.
Aunque había personas con las que su sangre no congeniaba y la odiaban, tal vez era su belleza o su sonrisa. A eso lo llamamos envidia.
Su cabello natural era de un color entre n***o y blanco, sus ojos eran grises y llamaban la atención de todos, ya que era raro que alguien en esa ciudad tuviera ese color de ojos.
Su cabello estaba teñido de rosa para ocultar el extraño color con el que había nacido.
Cuando era pequeña llamaba mucho la atención por su rara belleza, pero mientras iba creciendo eso comenzó a traerle problemas.
Ahora solo trataba de ocultarla para tener una vida más tranquila. No usaba maquillaje como las demás compañeras y aun así su rostro se miraba fresco y sin imperfecciones. No usaba ropa ceñida a su cuerpo, pero con cualquier cosa se veía espectacular.
De qué le servía ser bella, se decía siempre, si eso no le traía la felicidad. Vivía en un mundo donde no se sentía feliz, donde sentía que no pertenecía, donde no encajaba.
Esa noche decidió volver a aquel pueblo donde alguna vez vivió con sus padres. Durante años guardó dinero, su trabajo duro había valido la pena. No era mucho, pero podría sobrevivir unos meses sin trabajar.
Otra vez esa alarma, a la misma hora. Otra vez la apagó y se volvió a dormir ese día. Ya no importaba porque había renunciado a su trabajo para emprender ese viaje que necesitaba.
Prometió ir a su trabajo para despedirse de aquellos que sí la llegaron a querer. Sabía que extrañaría ese lugar porque fue el único que la hizo sentir tranquila, en paz de aquellos recuerdos.
—No te imaginas cuánto te voy a extrañar —le dijo un ancianito, con los ojos tristes. La tomó de la mano y le dio un sobre—. Ábrelo cuando estés lejos de aquí.
—Gracias, señor Manuel. Yo también lo voy a extrañar —guardó el sobre en su cartera y lo abrazó.
—Mi querida Ciara, mis compras sin tu atención al cliente no serán las mismas. Nadie atiende como tú lo haces —le dijo otra señora. Ella le entregó una tarta y luego también la abrazó.
Y así, uno por uno, se despidieron de ella. Ese era su último día. No llegó a trabajar, solo a ayudar un poco para despedirse de sus clientes consentidos.
—Es una lástima que te vayas —le dijo el dueño—. Si vuelves a la ciudad, no olvides visitarnos.
—Lo tomaré en cuenta, señor Mejilla.
Ella estaba agradecida de conocer a todas esas personas, pero necesitaba buscar ese lugar donde alguna vez se sintió parte de él, donde sí encajaba.
Tal vez no era el sitio, sino la falta de sus padres lo que la hacía sentir de esa manera. La falta de una casa estable por el hecho de que siempre se estuvo moviendo, nunca se sintió en un hogar.
Quería ser ella sin ocultarse, quería explotar todo lo que sentía, pelear, gritar y luego disculparse. Se había obsesionado con ser alguien diferente y luego no logró volver a lo que era.
En esa floristería donde pasó un año, esos clientes consentidos conocieron solo esa máscara que ella creó. No conocían a la chica frágil y temerosa que se encontraba dentro de ella y por fin la dejaría salir.
Ese viaje era para empezar de cero. Ya no se escondería en una sonrisa para luego llegar a un cuarto y llorar. Ya no ocultaría el extraño color de su cabello para así mirarse en el espejo y sentir que sí era ella.
Volvería a ese pueblo para reconectarse con ella misma, perdonarse por lo mal que lo ha estado haciendo.
Perdonar a aquellas personas que la llevaron a eso.
Aunque tendría que pasar tiempo para que su cabello volviera a su color natural, en ese momento ella tenía todo el tiempo. Su viaje sería largo y no el de la ciudad hacia su tierra natal.
Sino ese viaje que ella emprendía para reencontrarse y encontrar dónde encajaba.
Un viaje que cambiaría su vida.