El viento gélido rugía con ferocidad, azotando sin piedad los cristales de los ventanales, una anticipada tormenta invernal se había desatado dejando carreteras y paramos cubiertos de nieve, era la décima vuelta que daba alrededor de su estudio por esa tarde, no existía nada que pudiese calmar su creciente ansiedad, su padre había desaparecido, se habían encontrado rastros de muy hábiles intrusos que se colaron hasta los aposentos de Manoel Da Silva y señales de forcejeo. – ¡Maldición! – Geraldo golpeaba el fino escritorio de madera de roble. – Debes tranquilizarte, no ganaras nada rompiendo el mobiliario – decía una rubia y poderosa mujer. – Basta, tú no sabes cómo me siento ni tampoco creo que te importe, Tormenta Rusa, lamento decepcionarte, pero no me casare con tu hija, y justo

