◇Capítulo 28◇

1711 Palabras
El sexo con un amante es distinto al que tienes con tu pareja. Primero, porque los cuerpos son diferentes y eso condiciona. Con tu pareja sabes dónde tocar y besar para que funcione y aquí tienes que volver a empezar, aunque luego enseguida te acoplas. Y segundo, porque cuando tienes sexo fuera del matrimonio estás eliminando el cansancio, la logística doméstica, el qué vamos a cenar, la tensión de que en cualquier momento se despierte un niño... Al amante llegas guapa y estupenda. Yo volví a comprarme lencería sexy, algo que llevaba años sin hacer. Se trata solo de pasarlo bien. Y eso se transmite en la cama. No hay rencores porque no hay discusiones. Compartes solo lo fácil. Engañé a mi marido durante dos años y nunca tuve sentimiento de culpa. Muchas mujeres viven su infidelidad con angustia, pero si lo haces lo mejor es disfrutarlo. Si a mí me hubiese causado el más mínimo remordimiento de conciencia habría parado, mortificarse no tiene sentido. Hay gente que te dice que la infidelidad ha reavivado su vida s****l en el matrimonio, pero yo creo que solo es para justificarse. En mi caso no fue así. No fue una aventura buscada, no pretendía en ningún momento sentirme deseada o encontrar fuera de casa algo que no tuviera dentro. Mi vida s****l con mi marido era satisfactoria. Simplemente pasó porque el otro me gustaba muchísimo. Era compañero de mi trabajo y tenía fantasías con él. Todo empezó tras una cena de Navidad. Me acompañó a la parada del autobús y me propuso que tomáramos una copa. Al salir del bar me dio un beso. Y yo respondí. Para mí fue una bomba porque me excitaba muchísimo, pero volví a mi casa como si nada hubiera pasado. Dos semanas después me dijo que quería hablar conmigo de lo ocurrido y pensé que me iba a pedir que lo olvidásemos, pero me propuso vernos de nuevo. Y en ese mismo momento, antes siquiera de haber ido más allá del primer beso, hablamos de lo que iba a pasar como si estuviéramos a punto de firmar un contrato: se imponía la discreción por ambas partes, porque él también estaba casado. Nos planteamos cómo actuaríamos después en el trabajo e incluso él llegó a sacar la cuestión de cómo nos comportaríamos si en algún momento nos enfadábamos el uno con el otro. Le di muchas vueltas, aquello ya era un acto consciente, sabía que si me liaba con él no tendría marcha atrás, no podría borrar la historia. Y al final pensé: 'Lo mismo dentro de un mes me pilla un coche y me quedo con las ganas'. Yo me casé enamorada y convencida de que el matrimonio era para siempre, nunca imaginé que sería infiel a mi marido. Pero cuando llevas años casada y has tenido hijos ya no eres la misma persona que juró amor eterno. A mí mi pareja todavía me gustaba cuando me lié con el otro, pero claro, después de tanto tiempo la pasión ya no es la misma. Teníamos la frecuencia s****l de una pareja típica con hijos: lo mismo que una semana echas dos polvos luego pasas más de medio mes sin probarlo. En ningún momento sentí el morbo de lo prohibido. Solíamos quedar una vez cada 15 días, siempre en su casa, su esposa vivía en otra ciudad y era lo más fácil para no exponernos. Él me preparaba la cena y nos contábamos lo que habíamos hecho desde la última vez. Lo nuestro no era puramente s****l, incluso hubo alguna vez que no lo hicimos. Casi parecía un matrimonio paralelo, más una amistad con buen sexo que una mera relación de amantes fogosos. Lo pasábamos bien en la cama, pero tampoco me ponía los ojos del revés y no hice cosas con él que no hubiera probado con mi marido. Cuando estábamos juntos yo siempre hablaba de mí en singular, como si estuviese soltera, nunca mencionaba a mi marido o a mis hijos porque me parecía una falta de respeto incluirlos en esto. Sin embargo, él sí hablaba de su familia. Yo siempre he querido que él siga con su matrimonio, no deseo que deje nada por mí y, de hecho, cuando nos mandamos algún mensaje subido de tono le recuerdo que los borre para que no los vea su mujer. Mientras tanto, en mi casa todo seguía igual. Yo volvía a las dos de la mañana y, sin ni siquiera ducharme, me ponía el pijama, me metía en la cama, le daba un beso de buenas noches a mi marido y dormía abrazada a él. Al día siguiente me levantaba, preparaba a los niños para llevarlos al colegio y me iba al trabajo, como hacía siempre. En los dos años en que fui infiel el hecho de tener un amante no cambió nada de mi vida. Está mal engañar a tu pareja, lo sé, porque incumples lo que prometiste como adulta responsable, pero como él no se enteró y no le hice daño me parece menos grave. No creo que esta historia me cambiase en nada, mi esposo jamás me dijo que hubiese notado algo nuevo. Camuflaba mis citas bajo la forma de cenas con compañeros de trabajo o cine con amigas. Mi marido colaboraba muy poco en la casa y en eso también tengo la conciencia muy tranquila porque cuando quedaba con mi amante siempre lo hacía después de dejar a mis hijos bañados, cenados y acostados, nunca los descuidé para irme con él. Sí, lo volvería a hacer. Más aún después de ver cómo luego fracasó mi matrimonio. Es más, si alguna vez vuelvo a tener una pareja, me gustaría seguir manteniendo mi relación con él. Después de cuatro años viéndonos, le he cogido cariño. Tampoco le contaría a mi nueva pareja que fui infiel en mi matrimonio, y no porque me avergüence, sino por respeto a mi exmarido. Si yo hubiese visto a mi esposo besándose con otra me habría parecido fatal, la verdad. En realidad creo que la infidelidad nos da miedo porque supone una amenaza a nuestra forma de vida y la rechazamos porque provoca muchísima inseguridad. Pero si te garantizaran por escrito que a pesar de la infidelidad tu vida de pareja iba a ser igual, mucha más gente lo entendería y lo aceptaría. Dos años después de que yo empezase esta historia, mi marido me dijo que quería divorciarse porque no le gustaba mi forma de ser, ¡después de 16 años y dos hijos! Poco después descubrí unos mensajes que se había mandado con una mujer en los últimos días de nuestro matrimonio y en uno de ellos le decía que la quería mucho. Me pareció muy ruin. Habría preferido que me contase la verdad. Pero claro, quién soy yo para pedir sinceridad... Al menos yo nunca le dije 'te amo' a mi amante". caminaba hacia ellos. El cachorro, con súbito recuerdo, volvió la cabeza a su patrón y confrontó. –¡La Muerte, la Muerte! –aulló Los otros lo habían visto también, y ladraban erizados. Vieron que míster Jones atravesaba el alambrado y, por un instante creyeron que se iba a equivocar; pero al llegar a cien metros se detuvo, miró el grupo con sus ojos celestes, y marchó adelante. – ¡Qué no camine ligero el patrón! –exclamó Prince. –¡Va a tropezar con él! –aullaron todos. En efecto, el otro, tras breve hesitación, había avanzado, pero no directamente sobre ellos como antes, sino en línea oblicua y en apariencia errónea, pero que debía llevarlo justo al encuentro de míster Jones. Los perros comprendieron que esta vez todo concluía, porque su patrón continuaba caminando a igual paso, como un autómata, sin darse cuenta de nada. El otro llegaba ya. Los perros hundieron el rabo y corrieron de costado, aullando. Pasó un segundo, y el encuentro se produjo. Míster Jones se detuvo, giró sobre sí mismo y se desplomó. Los peones, que lo vieron caer, lo llevaron aprisa al rancho, pero fue inútil toda el agua; murió sin volver en sí. Míster Moore, su hermano materno, fue allá desde Buenos Aires, estuvo una hora en la chacra y en cuatro días liquidó todo, volviéndose enseguida al sur. Los indios se repartieron los perros, que vivieron en adelante flacos y sarnosos, e iban todas las noches con hambriento sigilo a robar espigas de maíz en las chacras ajenas. ras el segundo ataque, era inútil que se quedara allá arriba, a morir hecho un ovillo en cualquier recodo de picada. Y bajó de nuevo al almacén. –¡Otra vez, vos! –lo recibió el mayordomo. Eso no anda bien… ¿No tomaste quinina? –Tomé… no me hallo con esta fiebre… No puedo con mi hacha. Si querés darme para mi pasaje, te voy a cumplir en cuanto me sane… El mayordomo contempló aquella ruina, y no estimó en gran cosa la vida que quedaba en su peón. –¿Cómo está tu cuenta? –preguntó otra vez. –Debo veinte pesos todavía… El sábado entregué… Me hallo enfermo grande… –Sabés bien que mientras tu cuenta no esté pagada, debés quedar. Abajo… te podés morir. Curate aquí, y arreglás tu cuenta enseguida. ¿Curarse de una fiebre perniciosa, allí donde se la adquirió? No, por cierto; pero el mensú que se va puede no volver, y el mayordomo prefería hombre muerto a deudor lejano. Podeley jamás había dejado de cumplir nada, única altanería que se permite ante su patrón un mensú de talla. –¡No me importa que hayas dejado o no de cumplir! –replicó el mayordomo–. ¡Pagá tu cuenta primero, y después hablaremos! Esta injusticia para con él creó lógica y velozmente el deseo del desquite. Fue a instalarse con Cayé, cuyo espíritu conocía bien, y ambos decidieron escaparse el próximo domingo. –¡Ahí tenés! –gritó el mayordomo a Podeley esa misma tarde al cruzarse con él–. Anoche se han escapado tres… ¿Eso es lo que te gusta, no? ¡Esos también eran cumplidores! ¡Como vos! ¡Pero antes vas a reventar aquí, que salir de la planchada! ¡Y mucho cuidado, vos y todos los que están oyendo! ¡Ya saben!
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR