compacta atención masculina de Nueva York fuera justo aquel en que se sentaba su novia entre su madre y su tía. Además, hasta ahora no identificaba a la dama del traje Imperio, ni menos podía imaginar por qué su presencia creaba tal conmoción entre los miembros del club. De pronto lo comprendió todo, y sintió una momentánea acometida de indignación. No, realmente, nadie habría pensado que los Mingott pretendieran hacerlos tragar el anzuelo. Las hojas secas, detenidas en su caída, entretejían el macizo, que llenaba el aire de polvo y briznas al menor contacto. Aclaramos el secreto, sin embargo, y sentados con mi hermana en la sombría guarida de algún rincón, bien juntos y mudos en la semioscuridad, gozamos horas enteras el orgullo de no sentir miedo. Fue allí donde una tarde, avergonzados

