Punto de vista de Priscilla: Sentí que mis mejillas se ponían rojas de vergüenza, y Tristen se quedó momentáneamente congelado. Hubo un silencio incómodo antes de que estallara en risas, y yo le golpeé el hombro, frunciendo los labios y sintiéndome ofendida. —¿Tienes hambre? —preguntó sorprendido, mirándome con las cejas levantadas en un gesto interrogante. Bufé y me alejé, mis mejillas aún muy rojas. —Bueno, uh —murmuré—. ¿Quizás? —dije en forma de pregunta, y él se rio aún más. Parecía como si acabara de escuchar el chiste del siglo, y su risa resonaba en la habitación. Me di la vuelta para mirarlo y sin darme cuenta empecé a sonreír. Él se veía tan feliz, y su risa era como música para mis oídos. Reír nunca había parecido tan atractivo para mí. Era como si todo lo que este hombre ha

