El viernes por la noche parecía uno más. Esteban volvió del trabajo como siempre, con esa calma de esposo que llega directo a besar a su mujer. —¿Cómo estás, amor? —murmuró, rozando los labios de Amelia. —Bien, amor, ¿cómo te fue? —Muy bien, cariño, muero de hambre. —Hice lasaña —respondió ella, intentando sonar natural. —Qué rico, amor. Deja subo a dejar mis cosas… ¿y Fer? —Salió, amor, no lo he visto. Esteban tomó el teléfono para marcarle. —¿Dónde andas, Fer? —Ahorita llego, Estebi, andaba viendo unas cosas de la carrera. Esteban subió las escaleras a cambiarse, mientras Amelia daba un respiro, tratando de ordenar su mente. Pero ese respiro duró poco. La puerta tronó y ahí estaba él. —Hola, Amelia. —Hola, Fernando. —Huele delicioso. —Gracias, es lasaña. —No hablo de la co

