La habitación estaba en penumbra. Solo una lámpara tenue proyectaba luz ámbar sobre el cuerpo desnudo de Amelia, aún con el maquillaje corrido y el cabello suelto, desordenado por el encuentro que acababan de tener. Fernando, todavía respirando con fuerza, se recostó a su lado y, en vez de hablar con la misma intensidad con la que había sido dominante momentos antes, bajó la voz hasta convertirla en un murmullo grave y tierno. Ella lo miró con sus ojos brillantes y cansados. Sus labios estaban entreabiertos, todavía húmedos. Se sentía diferente. Aunque la entrega había sido intensa, esa sensación de control, de poder decidir hasta dónde llegaban, por primera vez era de ella. Fernando, en cambio, estaba completamente rendido, como si cada caricia que le daba a Amelia fuese la confirmación

