El doble asalto de Fernando era un infierno y un cielo al mismo tiempo. Amelia sentía que su cuerpo iba a romperse, que no podría soportar tanta presión, tanta rudeza, tanta invasión… y, sin embargo, cada segundo la hundía más en un placer que jamás había imaginado. Su espalda estaba arqueada, los dedos se aferraban a las sábanas con fuerza, desgarrando la tela, mientras Fernando la poseía con furia. Sus gemidos eran tan intensos que parecían gritos desgarrados, pero en ellos había algo más que dolor: había rendición absoluta. Cada embestida arrancaba espasmos de su interior, cada movimiento era fuego líquido recorriéndola. Fernando no la dejaba escapar: una mano la sujetaba con brutalidad del cabello, obligándola a mirar hacia adelante, mientras la otra la mantenía firme de la cadera, a

