Mientras tanto, a kilómetros de ahí en la mansión de Santino. Santino se incorporó con un gesto brusco, apretando los dientes mientras el médico le ajustaba las vendas en el brazo. El olor a desinfectante llenaba la habitación, pero ni siquiera la punzada ardiente de la herida lograba aplacar el fuego de su ira. Había jurado que nadie se atrevería a desafiarlo en su propio terreno, y sin embargo, Marcello lo había hecho.
Con un manotazo apartó el frasco de alcohol que el médico intentaba ofrecerle.
—Basta —gruñó, la voz ronca y cargada de veneno—. Lo que necesito no es reposo, sino un recordatorio de que sigo siendo dueño de mi destino.
El médico asintió en silencio, temeroso, y recogió sus cosas. Apenas cruzó el umbral de la puerta, Santino hizo una seña a su hombre de confianza, Stefano, que aguardaba en la penumbra.
—Consígueme una cita con el patriarca —ordenó, cada palabra goteando resentimiento—. Si Marcello piensa que lo que me hizo se quedará así, está muy equivocado. Voy a arrancar de raíz cada intento suyo de desafiarme, aunque tenga que hundir medio clan en sangre.
Stefano inclinó la cabeza, pero dudó en dar un paso atrás.
—Señor, su herida aún es…
—¿Crees que me importa una maldita herida? —Santino lo interrumpió, la furia chispeando en sus ojos oscuros—. Mientras yo respiro, sigo siendo Santino . Y nadie, ¿me oyes? Nadie se burla de mí y vive para contarlo.
Stefano se retiró sin más objeciones. Santino, con la venda manchada de rojo, cerró los puños hasta que sus nudillos crujieron. El recuerdo de la sonrisa de Marcello, triunfante, le quemaba más que la herida. Y sobre todo, la imagen de Victoria… ella, la mujer que debía someterse a él, atrapada en su mansión, pero que con cada mirada lo desafiaba con silenciosa rebeldía.
Mientras tanto, al otro lado de la ciudad, en la mansión de Marcello, el aire olía a humo de cigarro y madera vieja. Marcello estaba sentado frente a una copa de vino, estudiando con calma los papeles que uno de sus hombres había dejado sobre la mesa. Sus labios se curvaron en una media sonrisa apenas el subordinado entró con la noticia.
El hombre, robusto y vestido de n***o, inclinó ligeramente la cabeza.
—Señor, ya corroboré la información que nos dio Damián. Efectivamente, parece que ese hombre solía hacerle trabajos a Santino.
Marcello dejó la copa a un lado, entrecerrando los ojos como un depredador que olfatea a su presa.
—Vaya, vaya… —murmuró, dejando que el silencio se extendiera unos segundos—. Quién diría que encontraríamos a alguien dispuesto a mostrarnos el talón de Aquiles de ese bastardo.
El hombre esperó, tenso, antes de soltar la verdadera bomba.
—Y… respecto al cuerpo. No lo encontramos. En efecto, señor, el muy maldito sigue con vida. Hace apenas media hora vieron entrar a su médico particular en la mansión. Eso quiere decir que está grave… pero respira.
Marcello soltó una carcajada seca, cargada de veneno.
—Grave, muerto, herido… me da lo mismo. Lo único que necesito es verlo tres metros bajo tierra. Y si para eso tengo que incendiar cada uno de sus negocios, lo haré.
Golpeó la mesa con fuerza, haciendo vibrar la copa.
—Santino aún no entiende… yo no solo quiero destruirlo. Quiero despojarlo de todo lo que ama, de todo lo que teme perder. Quiero que cuando finalmente muera, lo haga sabiendo que su legado, su poder, su clan entero se volvieron cenizas.
Los hombres de Marcello intercambiaron miradas tensas. Sabían que su jefe no hablaba en metáforas.
En otro rincón oscuro de la mansión de Santino, Victoria caminaba de un lado a otro dentro de la celda donde Santino la mantenía prisionera. Sus pasos resonaban contra las paredes frías, acompañados del eco de su respiración agitada. Llevaba días sin dormir bien, consumida por la misma pregunta que no dejaba de repetirse en su mente: ¿cómo era posible que ella, una mujer joven con sueños y vida propia, hubiese terminado reducida a ser “la futura madre” de un hombre al que no amaba?
Se detuvo frente al pequeño ventanuco enrejado. Sus ojos, cansados y rojos de tanto llorar en silencio, miraron hacia un cielo que ni siquiera podía ver.
“Voy a darle un hijo… a un hombre que me arrancó todo”, pensó con un nudo en la garganta.
El sonido de llaves la sobresaltó. La puerta de hierro chirrió al abrirse, y un guardia corpulento apareció en el umbral, con una sonrisa burlona.
—Vaya, vaya… —dijo con voz áspera—. Mire nada más. El jefe nos trajo carne fresca.
Victoria retrocedió un paso, instintivamente abrazándose a sí misma. La burla en los ojos del guardia era un recordatorio cruel de su vulnerabilidad. Pero en lo más profundo de su ser, bajo el miedo, una chispa de resistencia se encendió.
“Si Santino cree que puede quebrarme, está más equivocado de lo que imagina.”
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Santino, entre tanto, avanzaba en su juego de poder. La reunión con el patriarca se fijó para la noche siguiente, y ya maquinaba cada palabra que iba a pronunciar, cada gesto de fuerza con el que demostraría que ni Marcello ni nadie podía desafiarlo. Sin embargo, lo que no sabía es que Marcello había movido fichas en la oscuridad: sobornos, amenazas y lealtades compradas, todas destinadas a aislar a Santino poco a poco.
Marcello, desde su despacho, sostenía un mapa de las rutas de contrabando.
—Una serpiente herida muerde más fuerte —dijo, casi para sí mismo—. Pero incluso las serpientes sangran cuando se les pisa la cabeza.
Y en el sótano de su mansión, Damián, malherido pero vivo, escuchaba cada palabra a través de la puerta entreabierta. Sus labios se tensaron. Sabía que estaba arriesgando todo al traicionar a Santino, pero también entendía que jugar con Marcello era como hacer un pacto con el mismísimo demonio.
La pregunta que lo atormentaba era la misma que latía en el corazón de su hermana Victoria: ¿a quién se podía confiar en un mundo donde la traición era la única moneda que valía algo?