Aysel Me levanté de la cama cuidando no despertar a Benjamin. Como era sábado quería dejarlo dormir; se lo merecía el pobre después de todo lo que me había ayudado los últimos días. Luego de entregar su presentación al torneo, me tuve que enfrentar a una montaña de trabajo más alta que el Everest. Benjamin, maravilloso como era, había insistido en ayudarme, con el resultado de que los dos llevábamos semanas revisando planes de negocios, balances y flujos de caja hasta que los ojos nos sangraron. Luego de desayunar, me llevé un segundo café al sofá. Con mi computador en las piernas, me puse a revisar informes. Solo me di cuenta de que habían pasado dos horas cuando sentí la voz de Benjamin. —Como siempre trabajando, mi hormiguita —me sonrió somnoliento. Venía recién despertando; traía e

