Mis padres y yo, vivíamos a quince minutos del centro de la ciudad, en una pequeña villa de casas que habían sido construidas para personas de escasos recursos, pero que, con el pasar de los años, esas mismas personas habían logrado arreglar, modificar y rehacer a su gusto.
Ahora, esas casas, de escasos recursos de los años sesenta, eran enormes casas coloniales, una más hermosa que la otra. No eran mansiones, pero su hermosura había logrado que la villa fuera conocida como la más hermosa de ese sector. Los árboles y plantas que cada casa tenía en sus jardines le daban un toque muy armonioso.
Era una villa muy segura y tranquila. Podías caminar por sus calles a la una de la mañana y sentirte seguro. Las patrullas de policías pasaban siempre por esas calles y la palabra delincuencia no existía en aquel lugar, afortunadamente.
Cuando entré a casa, mis padres estaban en la sala de estar viendo televisión. Amaba verlos juntos, tan pacíficos y disfrutando de su amor y compañía. A veces me detenía un par de minutos de mi caótica vida y rutina diaria para observarlos. Soñaba con tener un amor como el de ellos dos.
—Valkiria, hija, qué bueno que llegaste —Orson, mi padre, abrió sus brazos y esa era mi señal para correr a abrazarlos y dejarme regalonear por ellos.
—Estás trabajando mucho, cariño —Igor, mi otro padre, siempre me decía lo mismo. Sí, era la hija adoptiva de una pareja homosexual y no me importaba, porque me habían criado y educado con tanto amor y respeto por los demás, que siempre me había sentido la chica más afortunada del mundo por tenerlos a mi lado. Éramos la familia homoparental más feliz del mundo.
—Estoy bien —les contesté, mientras me sentaba sobre los dos. Mis piernas quedaron con Igor, quien me sacó las zapatillas y comenzó a masajear mis pies.
—No lo estás, Val. Tienes unas ojeras enormes, te quedas dormida en tus puestos de trabajo, Enok ya nos contó todo.
—Pues no le crean nada, es un exagerado. Solo me quedé dormida una vez —les dije colocando mis ojos en blanco.
—Hija, no queremos que te enfermes —Orson tenía un tono de voz tan pacífico, que me calmaba cada vez que me hablaba. Sobre todo, si acariciaba mi cabello, como lo estaba haciendo en ese momento. Escondí mi rostro en su cuello y lo abracé. Me gustaba el perfume de papá —No te duermas, debemos almorzar.
—¡¿No han almorzado?! ¡¿Por qué?! —me salí del cuello de papá y los miré enojada. Ellos no podían saltarse el almuerzo, mucho menos Orson, que estaba en tratamiento por un cáncer a la próstata en etapa inicial.
—Tranquila, pequeña. Tu papá ya almorzó, pero yo preferí esperarte. Hoy te demoraste en llegar. ¿Qué sucedió?
—Un cliente se atrasó en recoger a sus mascotas y tuve que esperarlo. Enok salió arrancando y me dejó sola esperando. De seguro fue por una chica —les conté tratando de sonar como una mala persona. Pero todo era una broma, porque mis padres y yo adorábamos a Enok.
—Hija, no seas mala. Estoy seguro de que tuvo una buena razón para hacerlo —me dijo Igor riendo un poco.
Al rato, nos sentamos a la mesa para almorzar y Orson comió un poco más de comida. Últimamente, estaba comiendo un poco más, porque ya estaba en la última etapa de su tratamiento contra el cáncer y estaba de mejor ánimo, y con más apetito. Solo le quedaban un par de meses para terminar con el tratamiento. Después de eso, el doctor le iría indicando los pasos a seguir. Rogaba a dios todas las noches para que mi padre se curara de esa enfermedad.
Igor y Orson, se conocieron en los años ochenta, cuando estaban estudiando en la universidad. Eran compañeros de clase en la carrera de derecho. Cuando se graduaron, decidieron declararse sus sentimientos y se dieron cuenta, de que siempre estuvieron enamorados el uno del otro. Trabajaron un tiempo y cuando lograron reunir el dinero suficiente, abrieron su propio bufete de abogados.
Llegaron a tener cuentas bancarias abultadas y bienes raíces en algunas ciudades del país. Pero como nada es perfecto en esta vida, un abogado de la competencia indagó en sus vidas personales y divulgó que ellos eran una pareja homosexual. El escándalo fue tan grande en los noventa que, en menos de tres meses, el bufete de abogados quebró y mis padres perdieron todo su patrimonio. Aun así, nunca se dieron por vencidos y con el pasar de los años, lograron recuperar a algunos clientes, con los que trabajan hoy en día prestando servicios de asesorías y ayudándoles en todo lo que necesitan en materia legal. Por otro lado, se jubilaron hace un par de años y viven de eso, de su jubilación y de las asesorías que siguen prestando hoy en día, desde la comodidad de su casa.
Mi sueño siempre ha sido darles una mejor vida, una mejor vejez. Por fortuna, mis padres tenían un buen seguro de salud y la enfermedad de Orson no fue un problema económico en nuestras vidas.
Sobre mi adopción, no sé mucho. Nunca he preguntado y tampoco me ha interesado saber más. Solo me quedé con lo que Orson me contó una vez. Igor y Orson tuvieron una amiga muy cercana, la cual quedó embarazada una noche de locura. Ella también era abogada y trabajaba en la misma empresa que Igor. Cuando se enteró de que estaba embarazada, también supo que tenía un cáncer en etapa terminal el que no había sido diagnosticado, porque ella jamás había sufrido algún síntoma extraño. Cuento corto, se murió a los meses después de mi nacimiento y en su testamento dejó a mis padres como tutores legales. Con los años, me pudieron adoptar de forma legal y así fue como pasé a tener el apellido de mis padres. Siempre he pensado que esa historia es falsa y que la realidad sobre mi nacimiento es algo más trágico, pero como soy una maldita cobarde para algunas cosas, nunca he querido saber más.
¿Y qué pasó conmigo y cómo llegué a tener tres trabajos? Todo sucedió cuando me gradué de la secundaria siendo la mejor deportista de mi generación escolar. Pertenecía al equipo de vóleibol de la secundaria y era la capitana. Era la típica chica popular, que salía con el típico chico popular que jugaba fútbol y derretía a todas las mujeres con su hermosura. Lo amaba con locura, pero todo se derrumbó entre los dos, cuando un cazatalentos de una de las universidades más importantes de la ciudad me reclutó para formar parte de su equipo de vóleibol femenino. Me otorgaron una beca de educación, con la cual, podía estudiar lo que quisiera y eso generó la envidia de aquel chico. Su actitud enfrió mi corazón y mi amor por él se esfumó tan rápido como la niebla cuando sale el sol.
En la universidad, había elegido la carrera de enfermería. Dividía mis tiempos entre el deporte y mis estudios, y, aun así, seguía siendo la mejor de la clase. Pero insisto, como nada es perfecto en la vida, al segundo año de estudio, durante un entrenamiento, un salto de remate truncó todos mis sueños. Caí al suelo en una muy mala posición y mi columna recibió todo el impacto.
Terminé con dos vértebras fracturadas, hospitalizada y entrando al quirófano para descomprimir la zona el mismo día en la tarde durante muchas horas. Después de eso, todo fue peor. La operación y el proceso extenso de rehabilitación fue tan grande, económicamente hablando, que me vi en la obligación de pedir un préstamo al banco, en muchísimas cuotas, porque era dinero que mis padres no tenían en aquel momento. Me hice responsable por mis actos y les dije que yo vería la forma de pagar todo.
Afortunadamente, el banco me concedió el préstamo, pero implicaba que estaría quince años pagándoles el dinero. El hospital quedó contento por el enorme pago que les había hecho, pero en mi mente, la tristeza se hizo presente y cada día de rehabilitación fue una tortura. Estuve muchos meses batallando con mi mente y mis ganas de volver a caminar de forma normal.
En ese proceso, había perdido a todos los amigos que había hecho en la universidad, incluido el entrenador del equipo de vóleibol femenino. De la universidad no volví a saber jamás. Eso me desmoralizó y al año siguiente, cuando ya estaba en un noventa por ciento recuperada, mi mente no aguantó más y me sumí en una depresión que me tuvo otro año más en cama. Yo quería levantarme y vivir mi vida, comenzar de cero, pero no podía. Ni siquiera me podía levantar al baño y esperaba hasta que mi cuerpo no aguantaba más. Comer era una actividad que casi no hacía y cuando comía algo, no era capaz de levantarme e ir a la cocina a dejar el plato para que uno de mis padres lo lavara. En cambio, me levantaba de la cama y lo dejaba en cualquier rincón de la habitación, hasta que uno de mis padres subía a buscarlo para llevarlo a la cocina y poder lavarlo. Si comía alguna golosina, el papel quedaba en el suelo durante semanas y la ropa… el suelo de mi habitación terminó convertido en un armario.
Mis padres me apoyaron siempre, pero yo no era capaz de avanzar. Me negaba a ir a terapia. Hasta que un día, alguien tocó la puerta de casa. Enok me había buscado durante meses, tratando de averiguar mi dirección. En la época de universidad, habíamos sido muy amigos, a pesar de que estudiábamos carreras distintas. Cuando se enteró de que yo había perdido la beca y que ya no estudiaba en aquel lugar, me buscó por cielo, mar y tierra. Muchos meses después, tuvo que sobornar a la secretaria de la universidad, amenazándola con llevar mi caso a la televisión si no le daba la dirección que estaba registrada en mi documentación, que aún conservaban en el lugar.
Fue así como llegó hasta mi casa. Gracias a él pude salir de la depresión en la que estaba sumida. Con el paso del tiempo, nos enamoramos y fuimos novios. Con Enok había tenido mi primera vez y, aunque estuvimos muy enamorados, las cosas no funcionaron entre los dos. Siempre tuvimos claro, que había algo entre nosotros que no era compatible. Teníamos miradas distintas de la vida y deseábamos cosas diferentes para el futuro. Terminamos dándonos cuenta de que, como mejores amigos, nos llevábamos mejor que como novios y así, nació esa amistad que nueve años después, aún conservábamos intacta y más leal que nunca.
Cuando logré retomar mi vida, busqué un trabajo estable y continué con el proceso de rehabilitación que había dejado en pausa un año entero. Afortunadamente, a mi columna no le había pasado nada durante ese año de depresión que había tenido. Papá siempre me decía que eso había sido un milagro, porque había abandonado la rehabilitación, cuando solo me faltaba un diez por ciento para terminarla.
Así estuve durante varios años, trabajando y haciendo ejercicio ajustado a mi medida, porque luego de ese accidente, no había podido volver a jugar vóleibol, deporte que amaba con locura. Enok entrenaba conmigo de vez en cuando y siempre me apoyaba mucho.
Hace un año atrás, decidí renunciar al último trabajo de oficina que tuve, porque el jefe era un machista misógino, que me tenía harta con su actitud petulante. Enok me ofreció el puesto de peluquera en su veterinaria y fue así, como terminé con tres trabajos, porque me negaba a volver a una oficina.
Y aquí estaba, acostada en mi cama mirando al techo y evaluando la propuesta de Derick. Si es que realmente la paga era buena, probablemente podría pagar mi deuda con el banco en el menor tiempo posible, o quizá podría ayudar a mis padres, quienes no me exigían nada, porque sabían que no ganaba mucho.
“Trabajarás conmigo”, esas palabras daban vuelta en mi cabeza y me ponían muy nerviosa. Ni siquiera sabía por qué estaba tan nerviosa, si solo lo conocía hace dos días. ¿Y si era un psicópata realmente? ¿O un violador en serie?
—No seas absurda, Valkiria. El tipo te encanta y sabes que no hay nada malo en él, asúmelo de una vez —me regañé.
Volví a mirar la tarjeta que tenía en mis manos y ahí estaba su hermoso nombre nórdico “Derick Kol”, junto a su número de teléfono personal y en un costado, la dirección de la empresa.
—Quizá sea una buena oportunidad para que pagues tu deuda y puedas ahorrar dinero para volver a estudiar. ¡Vamos, Val! No seas una cobarde —me dije dándome valor. Tomé mi teléfono, agregué el número con el nombre de “Dios griego” y respiré hondo. Miré la hora en el teléfono y ya eran las once de la noche —Hazlo de una maldita vez.
—“Yo: Hola, buenas noches. Soy Valkiria Liv y agradezco la ayuda que me ofreciste.”
Envié el mensaje y esperé a que me respondiera. Me puse muy nerviosa cuando vi que decía “escribiendo” en el chat que yo había iniciado.
—“Dios griego: Hola, Valkiria. Me alegro de que me hayas escrito. ¿Aceptarás mi ayuda?”
—“Yo: Sí.”
—“Dios griego: ¡Estupendo! No te arrepentirás. Te espero a las ocho de la mañana en la dirección que aparece en la tarjeta. En la recepción debes indicar que tienes una reunión conmigo ¿Tienes alguna duda?”
No sabía cómo preguntarle sobre el estilo de ropa que utilizaban en aquel lugar. No era una tonta, porque ya había trabajado en oficinas, pero detestaba usar tacones. Mi espalda no soportaba todo el día en tacones. Pero, preferí no quedar en ridículo y simplemente evité preguntar.
—“Yo: No.”
—“Dios griego: Genial. Nos vemos mañana. Buenas noches, Valkiria.”
—“Yo: Buenas noches, Derick.”
Oficialmente, ya no me podía retractar. Así que, me levanté de la cama un poquito emocionada y comencé a buscar la ropa que iba a usar al día siguiente.