3- Gatúbela

2739 Palabras
Mi vida no solía ser aburrida.   Había llevado un año efusivo y divertido el anterior, lleno de altibajos y corazones. Pues... sí, había tenido un novio... Las cosas no habían terminado demasiado bien con él. De cualquier modo, había sido un año inolvidable. Fue entonces cuando, luego de comerme la mentira de las doce uvas en año nuevo, todo cambió: me había separado considerablemente de mi grupo de amigos (en el que yacía mi ex novio) puesto que me sentía totalmente demás allí; y había encontrado una nueva pasión. Había encontrado la escritura. Me la pasaba las horas, los días, las semanas enteras dedicándome totalmente a las letras en el papel blanco de la pantalla de mi portátil. De alguna manera, había encontrado la salida allí: una vida paralela, mucho más emocionante y donde las cosas con los chicos salían bien...   En fin, ahora mismo me encontraba viajando en la parte de carga de una camioneta, rodeada de chicos que no conocía del todo, mientras el viento azotaba mi rostro y Robin trazaba delicadas líneas sobre mis párpados con un delineador n***o.   Habían decidido maquillarme de gato cuando Victor soltó una risotada, señalando mis pantuflas de garras. ¡Había olvidado completamente que las traía! Sin embargo, Robi no se desanimó y dijo que en la fiesta nadie notaría la diferencia pues todos irían disfrazados.   -Abre-dijo, alejándose un poco de mí para tener una mejor visión de su obra maestra.   -¡Yaaa! ¡Increíble!-exclamó Victor, sonriéndome.   Me sonrojé y busqué el espejo de mano que había visto en la bolsa de los cosméticos.   -No puede ser...-murmuró Theo, asombrado-. Tus ojos...   Me contemplé en el reflejo, y silbé. Sin duda, Robin tenía mano para el maquillaje. Había delineado mis ojos, alargando la línea en las comisuras para darle a mi mirada un aspecto más gatuno y fiero. Había pintado la punta de mi nariz y bajado en una línea hasta mi labio superior, que también había coloreado de n***o.   Me sentía un poco ridícula, pero le sonreí y levanté un pulgar.   Cuando Lilian dejó las casas atrás y tomó un sendero algo desierto y olvidado, una vocecita paranoica dentro de mi volvió a pincharme con sus teorías de lo que podría suceder a continuación. Aquellos chicos no tenían ninguna pinta de malos, ¿no? ¿Por qué no iba a confiar en ellos?   Eso es lo que siempre piensan las víctimas...   Sin embargo, cuando ya estaba agradeciéndole mentalmente a mis padres por ser tan buenos y soportarme los malos momentos, oí música en aquel apartado lugar. Nos encontrábamos en la estación abandonada de trenes, aquella que aún aguardaba en sus lindes los vehículos descompuestos y los gabinetes gigantes de carga azules.   Me aferré al borde de la camioneta, alzando la nariz sobre éste como si no quisiera ser descubierta. La música ya era lo suficientemente obvia como para hacerme dejar mis dudas atrás. Cuando vi los cuerpos vestidos de formas coloridas y provocativas, capté la idea de que aquella si era la típica fiesta de universitarios. Al parecer habían formado una especie de campamento entre (y dentro) de los gabinetes vacíos de carga.   Lilian aparcó a un costado, junto a otros autos en los que se divisaban extraños... movimientos, y corrió a bajar la barandilla para que pudiésemos descender de la camioneta.   Cuando Victor alargó una mano para ayudarme a bajar, acompañado de aquella sonrisita pícara de conejito candente, supe que estaba totalmente extraviada. La acepté y di un saltito para caer sobre el empedrado.   -¡Bueno, a ver!-exclamó la muchacha-. ¡No quiero a nadie borracho y/o perdido en otro tipo de sustancias!   -¡Eh! Lily no nos dejará ni siquiera beber una cerveza- se quejó Victor, divertido.   La muchacha frunció el ceño y puso los brazos en jarra.   -Menos que menos a ti, niño-dijo-. Aún tienes dieciocho años, ¡y me voy a poner al cargo de ustedes! –agregó, mirando fijamente a Jamie y Theo.   Los tres muchachos se miraron con complicidad. Me pregunté en qué lío tendrían que haberse metido para que su amiga les dijera aquello.   -Esto pesa-se quejó Sugar, con la caja llena de cervezas-. ¿Vamos ya?   Lilian bufó y luego asintió con la cabeza. Me miró y sonrió con amabilidad y ternura, para luego tomar mi mano y obligarme a seguirlos.   Me sentía total y completamente fuera de lugar en aquel lugar.   Aquellas personas eran adultas, universitarias, y... ¿que cómo lo note? Pues tal vez por los pechos sobresalientes en los vestidos de las chicas, o... ¡Oh! ¡Tal vez por aquel tipo que bailaba, completamente borracho, sobre un auto mientras se levantaba la remera para que todos pudieran contemplar su muy marcado cuerpo!   -¡Eeeeh! ¡Ónix! ¡Sugar!-exclamó un desconocido con una larga barba de Santa Claus, haciéndose cargo de la caja que parecía estar matando al último-. ¡Robin! ¿¡Qué onda!?   -¡Chicos!-exclamó otro bajito, de cabellos pintados de muchos colores y traje de marinero de cinco años, que se hallaba sentado en una enorme ronda de gente que no paraba de beber y reírse de cualquier cosa-. ¡Vengan aquí!   Cuando vi el fuego que aquellas personas rodeaban, mi instinto animal hizo que diera un paso atrás.   Lilian me lanzó una sonrisa amable, dándome ánimos.   -Sé que son grandes-dijo bajito, cerca de mi oído-. Pero no debes sentirte intimidada; son buenos chicos-hizo una pausa y luego me pellizcó una mejilla-. En caso de que quieras volver a casa solo dime y te llevaré.   Le sonreí, casi afligida ante mi actitud testaruda. De los siete chicos, sin duda Lilian era la que más me inspiraba confianza.   Seguí al muchacho hasta la ronda, junto al Club de los Siete, donde tomamos asiento.   -¡Victor! Hace tiempo no te veía-soltó el marinero, dejando un vaso entre las manos del muchachito-. Bebe un poco, anda.   Justo cuando el universitario se giraba y Victor acercaba el vaso a sus labios, Lilian soltó mi mano y le arrebató la cerveza. Lo tomó de un sorbo y se lo devolvió. El azabache frunció el ceño, molesto ante la actitud sobreprotectora del que parecía ser su madre postiza.   -¿¡Sugar!?-exclamó una muchacha cerca del de pelo blanco-. Creí que no podías beber por tu problema en el hígado.   El muchacho abrió mucho los ojos, mientras abría su segunda lata de cerveza.   -¿Ah no?-le echó un gran trago-. ¿Y cómo le llamas a esto?   La chica y sus amigas comenzaron a cuchichear, soltando risitas que se me antojaron infantiles y estúpidas.   -Tim...-comenzó Lilian, y el rubio lo fulminó con la mirada de tal manera que la muchacha cerró la boca.   -¿Su nombre... es Tim?-susurre.   -No le gusta que le llamen así-se encogió de hombros-. Es como si fuera su... antiguo yo, antes de ser “rapero underground” –dijo, haciendo comillas con los dedos y rodando los ojos.   -Ah...   -¿Ya te la has bebido?-el marinero se rascó la nuca, sonriendo tanto que sus ojos se hacían muy pequeños, mientras miraba el vaso vacío de Victor-. Como están los chicos de hoy en día, ¿eh? Venga, un poco más- le llenó el vaso de cerveza y luego se paró sobre un neumático viejo para ganar más atención-. ¡Oigan! Saben cómo es el juego, ¿verdad?- mientras éste hablaba la muchacha a mi lado se apresuró a beberse la cerveza de Victor antes de que éste pudiese decir pronunciar palabra-. Aquella hermosa señorita de allá repartirá papeles y lápices: ¡sólo deben escribir todo lo que no deseen y arrojarlo al fuego!   Mientras una rubia teñida de piernas largas que iba vestida de Gatúbela nos repartía un par de papeles, lanzando una mirada interesada a Sebastian que parecía muy interesado hablando con el que lo había saludado al principio, me pareció que aquel juego no era tan tonto. Es decir, era una bonita metáfora... ¿no? En ese momento se me ocurrían muchas cosas que quería tachar en mi vida.   Comencé a escribir sobre el papel un par de palabras feas y me aproximé al fuego.   -¡Eh, eh! ¡Alto ahí!-exclamó el marinero, sonriente-. ¿Y tú quién eres? No te había visto por aquí.   ¿Bromeaba? ¡Me había visto llegar junto con los chicos!   -Y...yo...-comencé, sintiéndome un tanto ridícula.   -Es mi prima-saltó Theo, sonriendo de aquella manera que contagiaba. Me guiñó un ojo y de repente me sentí muy pequeña-. Anda, arrójalo.   Tragué saliva y lo tiré al fuego. Vi como el papel se consumía lentamente bajo las lenguas rojas y naranjas. El calor me azotó en la cara y por un momento me sentí muy a gusto. Cuando una mano me hizo retroceder, desperté de mi ensoñación.   -Eh, prima, ¿todo en orden?-inquirió el muchacho, sentándome sobre su regazo.   Todo mi cuerpo se quedó rígido, aunque tenía muchas ganas de abofetearlo y salir corriendo. ¿¡Por qué rayos me había sentado sobre su regazo!? ¡No tenía cinco años! ¡j***r! Traté de levantarme, pero Theo rodeó mi cintura con sus largos brazos para que no me escapara.   -Espero que mamá y papá no te regañen cuando vuelvas a casa-murmuró, con la voz ronca, ronroneando como un gato.   Miré a mi alrededor, pero nadie parecía muy expectante de la situación: todo el mundo se había puesto a escribir y arrojar papeles al fuego. Vi como Lilian bebía el tercer vaso de cerveza de Victor, aunque ahora éste le miraba con diversión. ¿¡Se estaba burlando de su amiga!? Chico malo. Sugar, o Tim, había apartado la cerveza a un lado y se había aferrado con un brazo el estómago mientras Jamie, a su lado, le hablaba con preocupación en el rostro. El rubio se limitaba a responderle con sequedad, aunque de pronto se quedaba mirando al pelirrojo cuando éste se distraía con otra cosa. Sebastian seguía hablando con su amigo Santa Claus y Robin parecía muy concentrado en el trasero de una chica que se había agachado a recoger algo del suelo justo frente a él.   -Oye... suelta-le regañé en voz baja, muerta de vergüenza.   -¿Por qué soltaría a mi primita?-inquirió.   -Porque no soy tu maldita prima.   Theo me tiró suavemente de un mechón de cabello, y yo me quejé.   -¿Qué es ese vocabulario en una colegiala?   Fruncí el ceño.   -¿Cómo sabes que aún voy al instintuto?   Enarcó una ceja, divertido.   -Esa expresión tuya de jamás he ido a una fiesta en mi vida, al llegar, me lo confirmó. Dime, ¿qué edad tienes? ¿Doce?   -¿Y tu cómo cuántos? ¿Cuarenta?   -¡Eh!-lanzó una carcajada, haciéndome rebotar sobre su regazo-. ¿Los aparento?   -Dímelo tu, anciano.   Abrió la boca, espantado. Parecía realmente herido de que lo llamase tío.   -¿¡Anciano!? ¡Sólo tengo veinte!-su sonrisa de lado se distorsionaba con todo el maquillaje rojo corrido sobre sus labios.   -¡Ya déjame bajar! ¡Aaaah!-exclamé. Theo había abierto las piernas, de modo que terminé con el trasero en el empedrado-. ¡Eh!   -Dijiste que te bajara, ¿no?-se rió.   Me puse en pie y sacudí mi jean desgastado. Me crucé de brazos, viendo como la ronda se deshacía y lo universitarios lanzaban vítores y risitas mientras corrían hacia la música. Los seguí con la mirada, incrédula.   -Creo que deberías dejar de beber, Lily -Sebastian tomó el antebrazo de la muchacha cuando le vio tambalearse.   -¡Puedo beber cuánto yo quiera! ¡No olvides quién es la que está a cargo aquí!-exclamó ella, con los rizos rebotándole sobre los hombros y alargando las palabras. ¿Cómo cuántas cervezas había rescatado de las jóvenes manos de Victor? Muchas, al parecer, pues el azabache la miraba con una enorme sonrisa que mostraba todos los dientes-. Y tú, niño, estás en problemas.   -¿Y eso por qué?-se quejó él-. No he bebido ni una gota de alcohol.   Lilian abrió la boca para decir algo más, pero inmediatamente la cerró y se encogió de hombros. Me miró, un poco incómoda ante la situación.   -No podré conducir, pero si quieres irte tendrás que decirle a Sebastian.   -¿¡Así que me dejas usar tu camioneta!?-exclamó el aludido, sonriendo hasta que se les marcados dos hoyuelos en las comisuras de la boca.   Lilian agachó la cabeza, como si estuviera devastada.   -Sólo trata de no hacerla explotar, ¿si?   -¿Qué? ¿Cómo iba a hacer eso?-Sebastian soltó a la muchacha y, al ver que ésta perdía el equilibrio, volvió a agarrarla con una sonrisita en los labios-. Parece que ha sido mucho alcohol por una noche, ¿eh?   -¡Cierra el pico niño irrespetuoso! ¡Y...! ¡Y llévame a algún asiento ahora mismo!   Sebastian soltó otra risita y arrastró a su amiga hacia la improvisada pista de baile dentro de los gabinetes de carga. Victor caminó despacio, a mi lado, buscando a alguien con la mirada.   -¿Has visto a Theo?-inquirió.   -¿Eh? N-no… -apreté los labios con fuerza y negué un poco con la cabeza.   Antes de que pudiera responder otra cosa, ya nos hallábamos dentro del gabinete. Por dentro parecía mucho más grande. Los universitarios habían decorado el lugar con luces de colores, algunos sofás destartalados, mesas llenas de vasos rojos, lámparas, sillas, y otras muchas cosas innecesarias realmente.   Divisamos a Lilian sola en una silla apartada, con un nuevo vaso en la mano, y nos acercamos a ella.   -Lily, ¿sigues con eso?-inquirió Victor, bastante divertido.   La muchacha no pareció escucharlo.   -¿Lilian...?-comencé.   -¿No es esa planta muy, pero que muy bonita?-habló lento, vagamente, perdida en lo que estaba viendo.   Victor lanzó una estruendosa carcajada y yo lancé un suspiro. Aquella muchacha ebria era mi única contención, sin ella allí me sentía totalmente perdida e incómoda. Aunque... realmente no quería irme. Hacía mucho tiempo que no oía música tan fuerte, ni trataba con alguien pasado de alcohol, ¡ni hablar de los universitarios! Pero, aun así, sabía que no tenía absolutamente nada que hacer en ese lugar.   -¿Cuántos dedos ves?-mientras Victor bromeaba con la pobre muchacha, yo di una vista larga al lugar.   Encontré rápidamente, en la otra punta, a Sugar y Jamie.   -Victor, quítale la cerveza-ordené.   Sin embargo, no me quedé a ver como Lilian apartaba el vaso del menor para que no se lo sacara. Caminé rápidamente hacia los otros dos, en busca de Sebastian (no tenía ni idea de dónde podía estar mi salvación de dejar la fiesta).   Jamie yacía sentado al borde del sofá, con la cabeza de Sugar sobre su regazo. El rubio se había estirado cuan largo era en el asiento y se aferraba el estómago con ambos brazos a la vez que el pelirrojo le acariciaba el cabello, con una sonrisa tranquilizadora.   -No debiste tomar alcohol; sabes que te hace mal-lo regañaba con voz dulce.   -Jaminie... me duele mucho la barriga-se quejaba el otro, haciendo muecas de dolor.   Me senté en el brazo del sofá, pues no había lugar allí para mí.   -¡Ah, Cassie!-se alegró el pelirrojo. ¿Siempre sonreía así de bonito?-. ¿Cómo está Lily?   -Borracha como una cuba-bromeé.   Jamie se rió.   -Ella no sabe beber, pero cuida bien de sus hijos.   -¿Hijos?   -Pues sí; es como si fuera nuestra madre: siempre se comporta así de sobreprotectora. Aunque creo que… tiene un poco que ver con que cada vez que salimos a alguna fiesta algo terrible sucede -ladeó la cabeza.   -¿Y a ella le agrada?-arrugué la nariz, divertida.   -¿¡Qué si le agrada!? ¡Es la mejor tutora del mundo!   Me reí.   Jamie se hizo hacia adelante para descubrir el rostro de Sugar tranquilo y sereno. Sin el ceño fruncido, parecía un ángel.   -Se ha dormido-murmuró-. Me alegra, así se le pasará el dolor más rápido. Sugar no puede beber.   -¿No deberían ir a un hospital?   -¿Crees que viviré si le despierto?   Me encogí de hombros, no tenía ni idea de cómo reaccionaría el rubio si le despertasen.   -¿Y Robin?-cambié de tema-. Ha desaparecido.   -Debe haber ido con su novia...   -¿Robin tiene novia?-inquirí, preguntándome en si sería la chica del trasero bonito.   Jamie asintió.   -Para ti también es poco creíble-sonrió-. Tal vez se la inventó, quién sabe.   Me paré y Jamie echó la cabeza hacia atrás para mirarme a los ojos.   -¿Hay algún baño por aquí?-inquirí.   El pelirrojo miró a su izquierda y levantó el brazo con el que seguía acariciando el cabello de Sugar para señalarme alguna dirección.   -Derecho y a la izquierda. No es el mejor baño del universo, espero que tengas eso en cuenta.   -No importa-hice una pausa-. Oye... no te irás de este lugar, ¿cierto?   Jamie sonrió de la lamió la comisura del labio.   -Te estaré esperando justo aquí.   Fruncí el ceño, sorprendida por el cambio repentino en su personalidad, y me dirigí entre la multitud y el olor a tabaco y sudor hasta la dirección que el muchacho me había marcado. Pronto vislumbré una puerta corrediza con un papel en el que decía "baño, sólo mear". La arrastré sin mucha fuerza y di un saltito hacia atrás al ver que estaba ocupado.   La Gatúbela de piernas largas que había visto junto a la fogata se besuqueaba con un muchacho que, al moverse un poco, pude reconocer.   Theo.   El muchacho captó mi presencia y me miró, mientras la besaba. La rubia, de espaldas a mí, llevó sus manos a los pantalones del chico para abrirlos en cuestión de segundos.   Mierda, mierda. ¡Sal de ahí! ¡Corre!   Por algún motivo mis piernas no respondían. Me sentía absorta, casi impresionada porque el muchacho me mirara.   Entonces sucedió. Me sonrió. Me sonrió mientras la rubia le encajaba la lengua hasta la garganta.   Me giré y salí de allí atropelladamente.   Quería irme de ese lugar, y rápido.
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