CAPÍTULO TREINTA Y UNO Justin miraba la calle desde la azotea con un gordo porro en la boca. Pudo ver a Trudy abajo llevando la maleta. Megan iba un par de pasos por detrás arrastrando su conejito por las orejas, y Philip iba por detrás, absorto en su teléfono. Ninguno de ellos levantó la vista. Los vio subir a un taxi y alejarse. “No sé en qué me he equivocado”, reflexionó. “Pero al menos puedo mirarme al espejo y decir que lo he intentado, que lo he intentado de verdad”. Lanzó su colilla por los tejados y se sentó a hacer otro porro. Su vuelo no salía hasta medianoche. Había comprado otro gran trozo de hachís y estaba decidido a fumarlo, asegurándose así de llegar al avión drogado. “Las chicas son raras”, pensó para sí mismo. “No hay nada que pueda hacer al respecto; no hay nada q

