Un bolso gigante me clavó en la cabeza. Aturdida, sacudí la cabeza para aclararla. —¡Jesús, lo siento mucho!— El bolso de la mujer era del tamaño de Texas y sin duda debía contener ladrillos porque era como llevar un saco de boxeo al templo. —No hay problema—, dije, levantándome lentamente y alisándome la chaqueta del traje. No iba a admitir que me dolía muchísimo. A Lena la habían sacado en taxi. Podría manejar el bolso de una mujer del Medio Oeste. Dados los pensamientos que había estado teniendo, fue una interrupción oportuna. Lea frunció los labios. —Marcus, ¿estás seguro de que estás bien?— Ahogándome en la lujuria, pero por lo demás bien. —Preocupate por ti, no por mí. Vamos a llevarte a casa—. —Mi gerente no me dijo que podía ir—. —Te estas yendo.— No estaba trabajando en un

