El Precio de la Esperanza

1292 Palabras
CAPITULO CUATRO Elliet Berger — Iniciamos con una serie de exámenes de laboratorio extensos, Elliet —explicó el director, mientras organizaba unos documentos sobre su escritorio con una parsimonia que me ponía los pelos de punta—. Hematología completa, tipo de sangre, VDRL, HIV, glicemia... Son análisis sanguíneos rutinarios para descartar cualquier anormalidad. Asentí en silencio, manteniendo mi columna rígida y prestando toda mi atención a sus labios, tratando de procesar la magnitud de lo que venía. — Luego vendrán más pruebas —continuó él, cruzando las manos—. Pero antes, haremos un seguimiento estricto de tu ciclo menstrual, así como de las fechas exactas de tu ovulación. El director prosiguió explicando detalladamente cada paso a seguir: cómo debía alimentarme, el proceso mensual al que me sometería y el hecho de que, en aproximadamente quince días, tendríamos los resultados finales para proceder con la extracción de las muestras. Yo seguía asintiendo, aunque por dentro sentía un vacío que nada podía llenar. Mi voz se había perdido en algún lugar entre el miedo y la necesidad. Ahora solo me quedaba callar y cooperar. Ya no había marcha atrás. —Acabo de realizar dos transferencias —añadió, rompiendo el breve silencio que se había formado—. Una es un anticipo con un monto generoso para tus gastos personales y la otra es exclusivamente para tu alimentación. Es primordial que evites el estrés; cualquier preocupación debe ser desechada, porque el estado anímico puede afectar directamente el éxito del procedimiento. —Comprendo —respondí. Mi voz sonó más baja de lo que pretendía. Él desvió la mirada hacia el reloj de pared, un gesto mecánico que me hizo sentir como una simple cita en su agenda. —Supongo que ya te has alimentado hoy, ¿cierto? Negué con la cabeza, sintiendo un leve mareo. —No. No he comido nada porque supuse que, tal vez, necesitaba estar en ayunas —manifesté con una media sonrisa amarga—. Ya sabe, intuición femenina. —Bien, entonces no perdamos tiempo. Vamos a aprovechar e iniciaremos hoy mismo con los exámenes de laboratorio, ¿de acuerdo? —Sí, está bien. No tengo prisa —le aseguré, intentando ocultar el cansancio que ya empezaba a hacer mella en mis hombros. —Katherine, la señorita Elliet va a necesitar que la guíes al laboratorio —dijo él a través del intercomunicador, con esa voz autoritaria y profesional—. Necesito que estés presente mientras le realizan los análisis respectivos. Tomó un bolígrafo y comenzó a escribir en una pequeña hoja con una rapidez asombrosa; luego tomó otra y repitió el proceso, estampando sellos con un golpe seco que resonó en la oficina. —Aquí tienes una autorización con mi firma y sello húmedo para que no tengas inconvenientes. Mi asistente te acompañará en todo momento. Este otro papel es el que debes entregar en el cubículo de toma de muestras. —Gracias —dije, poniéndome de pie con cuidado para no tambalear—. ¿Y después de esto? —pregunté, sintiendo que el aire de la oficina se volvía cada vez más pesado. —Puedes irte. Yo me encargaré de revisar tus resultados y tú me indicarás la fecha exacta de tu próxima menstruación para marcar el calendario. Me alejé de él con una mezcla de alivio y angustia. Al salir de su oficina, me encontré con Katherine, quien me recibió con una sonrisa amable que me hizo sentir aún más extraña. Se puso en pie de inmediato. —Ven por aquí, el laboratorio no está tan lejos. Caminamos por dos pasillos largos, donde el olor a antiséptico y el silencio sepulcral de la clínica me recordaban constantemente el contrato que acababa de firmar. Cuando llegamos, Katherine entregó las órdenes y, para mi sorpresa, me atendieron de inmediato. Agradecí internamente la rapidez; el hambre me estaba consumiendo y solo deseaba escapar de aquellas paredes blancas. «Y es solo el comienzo», pensé, mientras una punzada de ansiedad me recorría la espalda. —Por aquí, por favor —indicó una enfermera de avanzada edad. Sus ojos estaban cansados, pero sus movimientos eran precisos. La observé en silencio. Ella tomó un algodón, esterilizó la zona donde la vena resaltaba bajo mi piel pálida y, tras un pinchazo seco, vi cómo la jeringa comenzaba a llenarse de ese líquido rojo y cálido que era mi propia vida. —Es todo. Con esto es suficiente para tus análisis —dijo, mostrando la jeringa de 5cc completamente llena. Salí de la clínica con pasos apresurados, casi huyendo. Por hoy me permití el lujo de no pensar en la dieta estricta; necesitaba calmar el apetito voraz y recuperar fuerzas. Me detuve en un pequeño quiosco de comida y pedí una sopa que devoré casi sin respirar. El calor del caldo me devolvió un poco de color a las mejillas. Terminé con un jugo de frutas y, tras cancelar la cuenta, me dirigí al supermercado. Como estaba en pleno centro, todo quedaba a la vuelta de la esquina. Recorrí los pasillos con una sensación de irrealidad, llenando el carrito con alimentos que antes me parecían inalcanzables. —¿Qué es todo esto, Elliet? —preguntó mi madre en cuanto crucé la puerta de casa, con los ojos abiertos de par en par—. ¿De dónde sacaste el dinero para comprar tanto? Sentí un nudo en la garganta. No pensaba revelarle la verdad, al menos no todavía. Lo haría cuando estuviéramos lejos, a salvo de los juicios. No podía arriesgarme a que me convenciera de lo contrario y terminara echándome hacia atrás, aunque, legalmente, mi firma ya me tenía encadenada. —No hice nada malo, mamá, tranquila —respondí, intentando que mi voz sonara firme mientras acomodaba las bolsas en la cocina—. No le vendí mi alma al diablo, si eso es lo que te preocupa. Todo está bien. Ya pagué las cuentas, hice mercado y compré tus medicamentos. Ya solucioné los problemas más urgentes, ahora solo queda estar tranquilas, ¿sí? Me alejé de ella antes de que pudiera notar el temblor en mis manos o la falta de brillo en mis ojos. —Voy a tomar un baño y a dormir un poco —añadí, desapareciendo por el pasillo. —Ay, Elliet... Ay, Elliet... —la escuché murmurar con ese tono de resignación que tanto me dolía. Al entrar en mi habitación, cerré la puerta con llave. Mi primer instinto fue ocultar el contrato y la guía nutricional en el fondo del armario, tras una hilera de libros viejos. Mi madre podía ser muy curiosa y, por ahora, el secreto era mi único escudo. Lo que ella sí debía saber, tarde o temprano, es que en pocos días nos iríamos del país. Con esta remuneración y la que vendría después, sería suficiente para empezar de cero, buscar nuevas oportunidades y, tal vez, ejercer por fin la fisioterapia, aquello por lo que tanto me esforcé estudiando. Me desnudé con movimientos lentos, sintiendo el peso de la semana sobre mis huesos. Me metí en la ducha y dejé que el agua caliente golpeara mi espalda durante casi media hora. El vapor llenó el pequeño baño, aislante del mundo exterior. Por un momento, bajo el chorro de agua, me permití llorar sin ruido, dejando que las lágrimas se mezclaran con el jabón. Al salir, me envolví en una toalla y busqué ropa cómoda: un short corto y una blusa de tiras finas. Me dejé caer sobre la cama, sintiendo la suavidad de las sábanas limpias. Cerré los ojos y, por primera vez en meses, permití que mi cuerpo se relajara plenamente. La angustia no se había ido, pero al menos, por esta noche, el hambre y las deudas ya no me mantendrían despierta.
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