La música retumbaba y las luces parpadeaban. Era como cualquier discoteca típica, con la música tan alta que mantener una conversación no era precisamente posible. En medio del palpitar y el estruendo de los cuerpos, la conversación era lo último en lo que pensaba Anna.
El cuerpo de Anna estaba en su mente, y el cuerpo junto al suyo, y el que estaba a su espalda. Todos estaban muy cerca. Era emocionante. ¿Fue un roce accidental o un manoseo de verdad?
Subió y bajó los brazos dejando que su mano rozara y se detuviera en el pecho de uno de los cuerpos que se acercaban. Mientras bailaba y se movía, rechinó sus caderas contra el culo de otra persona.
No podía distinguir los detalles de la cara de nadie, y sabía que en el neón azul y verde que iluminaba la pista de baile -iluminación no era definitivamente la palabra adecuada, estaba oscura como la boca del lobo excepto por el neón- nadie podría decir de qué color era su pelo, ni identificarla.
La pista de baile era anónima y estaba abarrotada.
Cuando alguien le agarró el culo y tiró de él contra el bulto duro de su entrepierna, ella se inclinó hacia él, frotándose contra él. La provocación de tocar y agarrar era divertida, pero carecía de compromiso, de satisfacción. Anna quería algo más que un juego casual, quería a alguien dispuesto a llegar hasta el final. Con su siguiente movimiento de baile y giro, se bajó las bragas y se las quitó de una patada, perdiéndolas entre los pies de los bailarines.
La siguiente mano que le acariciara el muslo o le tocara el coño descubriría que estaba aquí para jugar, para jugar en serio.
Se alegró cuando el siguiente cuerpo que se acercó a ella introdujo un muslo de músculos duros entre los suyos. Su coño resbaló sobre la pierna de la otra mujer. Anna cogió un puñado de pechos y se chupó la lengua mientras se mecían juntas. Las bragas de la otra mujer estaban húmedas al deslizarse sobre su muslo.
Bombeaban y se frotaban, coño contra muslo, bailarina contra bailarina. La otra bailarina empezó a mover las caderas a una velocidad frenética, cada vez más rápido. Desapareció todo sentido del ritmo y de moverse al compás de la música.
Su compañera de baile se estremeció y apretó con fuerza su coño contra el muslo de Anna.
Bueno, eso estuvo bien, al menos se excitó. Anna gimió decepcionada cuando el cuerpo sin nombre se alejó de ella antes de que llegara su turno. Acababa de empezar. Siguió bailando, retorciéndose entre los bailarines apretados. Buscando manos que la tocaran al azar, extendiendo la mano al azar y tocando a los demás.
No pasó mucho tiempo antes de que alguien empujara su erección contra ella. Eso era exactamente lo que ella quería. Giró hasta que pudo poner las manos en la cremallera que bloqueaba su acceso a la polla.
Las manos del tipo la detuvieron.
"¿Qué haces?", le gritó al oído.
"Acepto tu oferta", le gritó ella mientras deslizaba la mano en el interior de sus pantalones. Su polla palpitó en su mano. Ella lo bombeó un par de veces antes de acercarse y levantar la rodilla hasta las caderas de él. Sólo hizo falta ajustar un poco los cuerpos antes de que ella se colocara, guiando su polla dentro de ella.
Follar en la pista de baile no fue tan fácil como Anna había esperado. Pero maldita sea si esta gruesa polla en ella no estaba llenando una necesidad.
El tipo le agarró el culo y la levantó, de modo que ella lo rodeó con ambas piernas. Él bombeó dentro de ella hasta que estalló en esperma caliente, llenándola. La dejó en el suelo y ella se alejó bailando, disfrutando de la sensación de su semen, que se deslizaba entre sus muslos.
La música seguía con un ritmo palpitante que recorría el cuerpo de Anna. Necesitaba a alguien que siguiera ese ritmo y la hiciera sentir algo. Hasta ahora se había divertido un poco. Poco. Los dos folladores misteriosos obtuvieron de ella lo que necesitaban. Encontraron sus rapiditos y se pusieron a bailar como locos. Anna se sintió como si no fuera más que una roca necesitada.
La siguiente vez que alguien se puso manos a la obra con ella, les dejó hacer todo lo que quisieran. Le tocaban los pechos con las manos. Anna levantó el pecho hacia sus manos, dejándoles sentir lo duros y puntiagudos que estaban sus pezones. Dejó que sus manos y brazos se balancearan con la música, sin tocar ni estorbar. Se ofreció para que la acaricien. Lo que sea que vieran o sintieran los bailarines a su alrededor, parecía que había tomado la decisión correcta. Había más manos en su cuerpo, ya no podía identificar quién la tocaba cerca de ella. Había manos que le agarraban el culo, le movían la falda corta y le agarraban las nalgas. Las manos le recorrían las costillas y el torso, y había más manos en sus tetas, apretándoselas, pellizcándole los pezones.
Giraba lentamente, girando y bailando bajo la atención de todas las manos sobre su cuerpo. Dejó que la tocaran todo lo que quisieron hasta que una de esas manos rozó su piel y subió por debajo de la falda hasta llegar a los húmedos pliegues de su necesitado coño.
Anna dejó de bailar y rodeó al dueño de aquella mano. Meneó las caderas al ritmo de la música mientras los dedos tanteaban su coño. Encontraron y perdieron, y volvieron a encontrar su clítoris.
No debería ser tan difícil. Agarró su muñeca y mantuvo la mano quieta mientras ella se deslizaba sobre los dedos, colocándolos exactamente donde quería.
La falta de delicadeza no le estaba haciendo ningún bien. Anna apartó la mano de ella y soltó la muñeca. No quería perder el tiempo entrenando a una neófita desconocida que no sabía cómo follar con los dedos.
La noche aún era joven, y Anna probablemente estaba más cachonda ahora que le habían dado unos mordisquitos aquí y allá. Su coño palpitaba de deseo lujurioso. Quería sentirse débil, flácida y agotada por el uso. Si bailar era lo mejor que iba a conseguir, al menos bailaría hasta que no pudiera moverse. Lástima que se arriesgara a ser pisoteada si se arrodillaba en medio de la pista de baile para chupar una polla.
Pensó que un polvo rápido en la pista de baile habría sido más fácil de conseguir. Estaba tan jodidamente cachonda que la caricia adecuada debería haberla llevado al borde del gran orgasmo. Demonios, en este punto ella tomaría un pequeño orgasmo. Sólo necesitaba que los ojos rodaran, apretar los dientes, liberar todo. No necesitaba un chorro, claro que estaría bien, pero a estas alturas de la noche, no creía que eso fuera a ocurrir.
La música seguía sonando. Era un continuo ataque auditivo de pulsaciones y crescendos. De vez en cuando se oían palabras y la melodía cambiaba. Anna no prestaba atención. Seguía bailando, girando y saltando. Tenía las manos en alto como si no le importara. Tal vez su suerte cambiaría si dejaba de concentrarse en conseguir un polvo anónimo.
Movía el culo contra cualquiera que se acercara. Se apretaba contra las manos que la tocaban. Y así una y otra vez. Pero nadie parecía darse cuenta de que estaba ahí fuera, sin bragas, sin preocupaciones y sin preguntas. Ella era un polvo esperando a suceder.
Finalmente dejándose perder en la música, Anna sólo se movía. Si no ocurría nada esta noche, tendría asistencia a baterías en casa. De cualquier forma, se excitaría. Le gustaba más la carne y la motivación que la silicona y las baterías.
Alguien le apretó el culo mientras hacía twerking. Bien, como quieras. Sintió cómo sus dedos se clavaban en la piel de su culo bajo la falda, y la sensación áspera de los vaqueros contra su piel desnuda. Iba a dejarles una mancha húmeda, no le importaba. Una de sus manos agarró su muslo y detuvo su movimiento por un momento. Fue entonces cuando el calor la golpeó, el tacto de los vaqueros fue sustituido por la piel y la polla.
Sonriendo, Anna levantó las caderas hacia atrás mientras la polla se introducía en sus profundidades.
La mano que sujetaba su muslo se deslizó y encontró su coño, el otro brazo la rodeaba como un cinturón. Estos dedos sabían lo que hacían. Se deslizaron alrededor de su clítoris, sin perderlo nunca, trabajándolo. La presión creció en el interior de Anna. El tipo de presión que había estado buscando toda la noche. La polla la penetró mientras los dedos frotaban en círculos su clítoris. Su coño reaccionó con palpitaciones y pulsaciones. Anna se estremeció antes de perder su capacidad de balancearse y devolver la follada.
Gimió y se aferró al brazo que la sujetaba con fuerza. Cuando llegó el orgasmo, lo hizo con fuerza. Sintió que se corría a chorros, añadiéndose al desastre húmedo que hizo la polla al descargar su esperma dentro de ella. Apenas pudo tambalearse hasta el borde de la pista de baile cuando el tipo que acababa de sacudir su mundo la dejó bailando sola. Había sido una buena noche, después de todo no iba a necesitar ese asistente a pilas.