Para algunos eran las más grandiosas maravillas que la naturaleza ha esculpido pacientemente durante siglos como el Gran Cañón del Colorado o las más fastuosas edificaciones que se conservan en la actualidad.
En cambio otros iban buscando lo contrario, lugares humildes pero no por ello con menos encanto, donde pudiesen ver la tradición de sus fiestas, tratando de acercarse a la historia en estado vivo que se puede contemplar en algunos pueblos alejados de las grandes multitudes, donde es difícil llegar sino es a tiro echo, comentándoles en estos casos las historias de cada lugar, a veces muy bien documentadas y otras casi inverosímiles que se mantiene mediante tradición oral entre los más ancianos de la localidad, conservando con ello la esencia de los lugares visitados.
A mí mismo me había sorprendido la belleza de algunos lugares que ni siquiera estaban señalados en el mapa o el encanto que encerraban algunas pedanías que por su escasa dimensión eran difíciles de encontrar, pero todo se volvía pequeño, casi insignificante, al lado de lo que estaba a punto de encontrarme.
Al menos así lo vivía, con gran emoción e incertidumbre, como un niño al cual le entregan un regalo envuelto, lo cual le llena de inquietud y alegría a la vez que le recorre un nerviosismo por saber qué habrá debajo de aquel llamativo y cautivador envoltorio, hermosamente adornado con un gran lazo rojo.
Por mi amplia experiencia y por lo mucho que he hablado con otros viajeros con los que he coincidido en tan extraños y recónditos lugares, conozco lo que otros habían sentido y experimentado al llegar a éste, y lo único que esperaba al respecto, era poder tener una vivencia al menos parecida a lo que me habían contado, algo que cambie sustancialmente mi manera de ver y comprender lo que me rodea, cual bautismo que me introduzca en una nueva vida, con lo que despierte a otra realidad transportándome a un nivel superior de comprensión de mí mismo y de los demás, quizás era esperar demasiado, pero si lo habían podido experimentar otros antes, ¿por qué no yo?
Cualquier otra sensación de sorpresa, admiración e incluso desconcierto, sería una desilusión para mí pues ya la he vivido, además aparte del efecto momentáneo que recibí al estar presente de aquello que me maravilló, nada cambió en mí. Seguí siendo el mismo que antes de aquella visión, con mis defectos y virtudes, sin transcender más allá de lo que conozco y siento, todo lo contrario, a lo que espero en esta ciudad.
Quizás sea confiar demasiado en una construcción tan antigua, es probable que me tenga que conformar con tener una buena estancia y que no tenga problemas, como me ha sucedido en alguna ocasión, pero, todo hay que decirlo, nunca ha sido culpa mía, simplemente estaba en el lugar menos indicado en el momento más inoportuno.
Aunque eso, claro está, nunca ha convencido a la autoridad policial ni a la judicial, por lo que he tenido que visitar en más de una ocasión las frías y húmedas paredes de las cárceles, donde escaseaba la buena compañía de celda, siendo borrachos, alborotadores o reincidentes de delitos, o las tres cosas a la vez.
Fue un duro aprendizaje de humildad el que tuve que pasar cuando era injustamente tratado, atrapado y retenido contra mi voluntad durante días hasta que se celebraba el juicio oral y era puesto en libertad, pero mientras tanto me veía sometido a unas condiciones tan precarias que no se lo desearía ni a mi peor enemigo.
Pero por extraño que pueda parecer ha sido en estos lúgubres destierros, precisamente en la quietud de la noche rota únicamente por el deambular del carcelero para comprobar que todo está en orden o por el comentario soez de algún otro preso a quejándose de su encierro.
En la oscuridad de mi pequeño habitáculo prestado, iluminado únicamente por el reflejo de la luna llena que se introduce cual invitado inesperado entre los barrotes de una diminuta ventana en lo alto de la celda, es entonces cuando me he dado cuenta de que nuestro paso por la vida tiene que ser algo más que una sucesión desorganizada y a veces arbitraria de momentos de alegría o de tristeza.
Como creo que a todos les ha sucedido, recibí muchos palos a lo largo de los años, pero también disfruté, me divertí y compartí mi alegría con amigos y familiares, y supongo que me quedarán todavía muchos momentos buenos como malos por vivir.
Pero algo dentro de mí se rompió la primera noche que tuve que pasar acurrucado en una esquina de aquella húmeda habitación, en el que me enfrenté a una soledad forzada, sin nadie a mi lado que me apoyase y ni tan siquiera me escuchase, atemorizado ante la idea de no poder despertar al día siguiente de aquella terrible experiencia que superaba cualquier pesadilla que antes hubiese tenido.
Pensándolo bien mi vida no ha sido tan diferente a la del resto, quizás algo más ajetreada y movida, comparable a la de cualquier marinero que va visitando diversos puertos, a los pilotos de avión que a veces amanecen cada día en un país diferente, o a un militar que va a allá donde su patria le requiere, bien para imponer la paz o para participar en misiones humanitarias, profesiones que a la larga hacen que sea difícil retener en la memoria todos y cada uno de los sitios visitados, ni tan siquiera se puede recordar todos los buenos momentos compartidos, ni de las personas que se conocen, ya sean compañeros, amigos o algo más.
Quizás si hubiese nacido en uno de esos grandes e inhóspitos desiertos, que afloran en casi todos los continentes como setas que recuerdan la debilidad del ecosistema en el que vivimos y la necesidad de cuidar un bien tan preciado como es el agua, quizás hubiese tenido este tipo de experiencia mucho antes.
Si hubiese sido un autóctono del desierto del Sahara, un berebere más, de esos que van atravesando las interminables dunas, bajo un sol de justicia, a veces sin más compañía que la del incesante viento abrasador que va redibujando caprichosamente el paisaje, siguiendo sendas que no existen pero que han atravesado durante generaciones, haciendo caminos con las huellas de los dromedarios, borradas al instante por la silenciosa brisa que acalla la voz ahogada del tiempo, orientándose únicamente por esas estáticas y luminosas estrellas, y por las bellas historias narradas de caminante a caminante en el que se comentan los lugares para abastecerse de agua o dónde guarecerse en caso de encontrarse con una tormenta de arena.
Siendo así tendría la oportunidad de experimentar que no me sentiría diferente del resto, sino más bien al contrario, estaría más unido al mundo que me rodea, aceptando la naturaleza tal y como es, sin cuestionar por qué suceden ciertos acontecimientos, y a los demás por lo que son y no por lo que poseen, sin hacer distinciones entre países, razas o religiones.
Cuando has andado tanto por el mundo como lo he hecho yo, te das cuenta de que lo que une a la humanidad es su capacidad de reinventarse continuamente y que muchas veces nos limitamos a nosotros mismos con estas fronteras a veces tan absurdamente inventadas que dividen una población o un valle en dos, convirtiendo a los habitantes que hasta ese momento habían sido familia y vecinos en enemigos de quien recelar.
O el idioma, ¿no habrá peor invento que la lengua que separa y divide, que impide la comunicación fluida, que confunde y obstruye el proceso del entendimiento?, ¿cuántas veces he visto sufrir a otros por no poderse comunicar adecuadamente tratando de gesticular para explicarse, detenidos injustamente o sufriendo la indiferencia y el desprecio de los que no le entienden?
Cuando quieres decir algo y los demás no te comprenden, turistas, visitantes, inmigrantes o exiliados tienen que enfrentarse a la nueva realidad, viéndose forzados a aprender un nuevo idioma como medio para sobrevivir, y ya no sólo para poder encontrar un trabajo.
Para mí no hay peor que el invento de estos dialectos surgidos como castigo a la arrogancia humana, al menos así lo recogen los Libros Sagrados cuando recuerdan con vergüenza lo acontecido con la torre de Babel, esa que iba a ser la mayor construcción de la humanidad, que alcanzaría con su cima hasta la bóveda celeste y quedó inacabada como símbolo de la disolución de aquel pueblo que se creía tan superior.
Sea cual sea el origen de las distintas lenguas estas a lo largo de la historia, en vez de servir para comunicarse mejor, separan y dividen a comunidades en guetos, impidiendo un intercambio de ideas y experiencias fluidas, llegando a confundir y obstruir el proceso del entendimiento, en pro de un falso modernismo e ideal de diferenciación e independencia.
A pesar de que se ha intentado superar en muchas ocasiones tales diferencias, tratando de predominar un idioma sobre los demás, así durante muchos años el inglés ha sido la lengua dominante a nivel comercial, mientras que el francés en cuanto a diplomacia y relación entre países se refería. Incluso se llegó a crear un lenguaje que recogía a buena parte de los idiomas occidentales existentes, con la idea de sustituirlos a todos, estableciendo así uno único y universal, el esperanto.
Un hermoso sueño de unidad bajo un único idioma que buscaba facilitar la comunicación entre los pueblos, y con ello evitar las contiendas, rencillas y envidias, propiciando el intercambio y el entendimiento, en definitiva, crear una sociedad donde se pudiesen entender todos independientemente del lugar, r**a o religión de procedencia.
Un sueño que ha quedado en el olvido, presente únicamente para los más nostálgicos y que unos pocos se aferran en mantener vivo, con la esperanza de que algún día, aquello que nos une supere en sobremanera a lo que nos diferencia y nos separa, y que tantos problemas y dificultades ha creado en cuanto a convivencia se refiere.
Cuántas veces he visto sufrir a padres con sus hijos, detenidos en las fronteras por querer acceder a lo que ellos entendían un mundo mejor para su familia, únicamente por no poderse comunicar adecuadamente, tratando de gesticular para explicarse, arrestados injustamente mientras sufren la indiferencia y el desprecio de los que no le entienden ni se preocupan en comprender su situación.
O a profesionales altamente cualificados que se trasladan a otro país y han de iniciar de nuevo su vida laboral, asumiendo trabajos por debajo de sus posibilidades y que nunca llegó a pensar que podría desarrollar por considerarlos demasiados simples y poco motivantes, y todo por no dominar el idioma del país de acogida.
Es lo que les pasa a turistas, visitantes, inmigrantes o exiliados, cuando quieren decir algo y los demás no les comprenden, por lo que se tienen que enfrentar a la nueva realidad lingüística, viéndose forzados a aprender lo que hasta ese momento era un idioma desconocido, tanto para poder encontrar trabajo como para sobrevivir en ese extraño país durante su estancia.
Un esfuerzo de adaptación que no hace distinción en edad ni condición, pues afecta a todos por igual cuando deben de emigrar o cuando la estancia en el país se hace algo más larga que un simple viaje turístico.
Pero si a injusticia se refiere, lo más aborrecible para mí es el sufrimiento provocado a propósito y únicamente justificado por tener la piel de otro color o por algo tan íntimo y personal como es la práctica de otra religión.
Cuanta necedad en el mundo, al querer diferenciarnos, dividirnos y separarnos, señalar a unos y a otros según su ideología, género, r**a o creencia, ¿y todo para qué?
Quizás alguien, en algún lugar, puede considerarse dueño de la verdad, tanto dolor infringido y justificado con unas verdades tan débiles que apenas cabe en la cabeza como, “mis padres estuvieron en estas tierras antes que los tuyos” o “si te dejo a ti tengo que dejar a cualquier otro que venga después”.
Es cierto que cuando inicié esta vida de trashumancia sabía que iba a tener la oportunidad de conocer en profundidad la condición humana, los mejores actos de generosidad y amor, y las más innombrables inmundicias, que asistiría a momentos alegres y a otros amargos, de los primeros estoy contento y orgulloso por haber podido participar de las dichas de otros, de los últimos…, mucho he tenido que callar como forma de sobrevivir, aun a pesar de que en ocasiones me he tenido que morder la lengua para no chillar y demandar las injusticias y tropelías a las que se veían sometidos sus semejantes.