Primero porque no me veía lleno de ese entusiasmo que se ha de transmitir a los pequeños y que ellos enseguida captan y aprecian con una hermosa sonrisa y unos grandes ojos, muestra de su atención. Luego, porque en una ocasión en que creí que era el momento propicio, vi como otro contaba exactamente el mismo cuento, aquel que con tanto esfuerzo me había costado aprender, no por mi falta de memoria, sino porque me parecía casi un sacrilegio arrebatar a otro sus palabras para asumirlas como propias, y esa persona de enfrente estaba narrando letra por letra, cada una de las palabras de aquel cuento. Mi frustración fue tal, que no pude quedarme a comprobar si el final de la narración coincidía con lo que conocía. No me quería resignar a hacer lo que ese otro, robando los sueños de los demás

