*** Durante el funeral de Viktor ***
El viento nos corta como cuchillas sin filo, arrastrando consigo el lamento de los que ya no están.
Un murmullo gélido que se cuela entre nuestras costillas, que nos arrastra hacia los recuerdos como si fueran piedras atadas a los tobillos.
Vestimos de n***o, como soldados vencidos, condenados a seguir caminando en un campo de batalla que ya no nos pertenece.
Nuestros zapatos, lustrados con una devoción que ya no tiene sentido, se hunden en la nieve con un susurro sordo,
como si la tierra misma intentara tragarnos lentamente, devorando la poca dignidad que nos queda.
Todo huele a fin.
A hierro oxidado.
A silencio forzado.
A memorias que duelen demasiado como para pronunciarlas en voz alta.
La ceremonia se extingue en murmullos que nadie escucha.
Somos los últimos en quedarnos.
Los que no pudieron hacer nada.
Los que sobrevivieron, sin saber cómo, ni por qué.
Y eso… eso es lo peor.
Frente a nosotros, dos ataúdes.
Uno guarda el cuerpo de Viktor con su piel, que alguna vez ardía de vida y que ahora yace rígida, desprovista de todo.
Ni siquiera frío. Solo ausencia.
El otro… está vacío.
No pudimos recuperar el cuerpo de Vera
Ni un hueso.
Ni una hebra de cabello.
Nada.
Solo cenizas… y un dolor tan hondo que dejó grietas en cada uno de nosotros.
Y aun así, la enterramos igual.
Le dimos flores.
Le dimos tierra.
Le dimos un lugar entre los muertos.
No por paz.
No por justicia.
Por Roman.
Él lo necesitaba.
Necesitaba este ritual, esta mentira hermosa que le diera la excusa para mantenerse en pie.
Un ataúd simbólico.
Un consuelo falso.
Un acto de fe.
Pero no está en pie.
Está deshecho.
Y ni siquiera llora.
Su rostro es una máscara petrificada.
No muestra dolor.
Ni rabia.
Ni desesperación.
Solo piedra.
Una estatua de hombre que ya no respira desde adentro.
El vacío absoluto que queda cuando el corazón es arrancado de cuajo.
Porque Roman no solo perdió a su hermano menor.
Vera mi hermana adoptiva era su mujer.
La única que le devolvía la humanidad cuando todo lo demás ardía.
Él no sabe sobrevivir sin ambos.
Ninguno lo sabemos.
Pero él… él ya está muerto en vida.
Dimitri cae de rodillas a mi lado.
Sus manos se hunden en la nieve.
El polvo blanco no lo enfría. Nada lo hace.
Y cuando el llanto lo desgarra, un sonido tan roto que parece inhumano,
ni siquiera puedo voltear a mirarlo.
No puedo contenerlo.
No puedo cargar con su dolor…
Cuando yo mismo apenas sostengo el mío.
—No puedo… no puedo —gime entre espasmos—. ¡Eran lo mejor de la familia! ¡Viktor… Vera…!
El aire se llena de su llanto.
Y por un momento… por un maldito momento, quiebra el silencio.
Pero yo no respondo.
Mi garganta está tan cerrada como mi pecho.
Y mi corazón… no lo escucho desde hace días.
Éramos seis.
Ahora somos cuatro.
Y aun así, siento que somos menos.
Como si el alma de nuestra familia hubiese sido arrancada junto con ellos.
Como si todo lo demás careciera ya de sentido.
Alexei se acerca con pasos pesados.
Su rostro también ha cambiado.
Más sombras que carne.
Más ira que consuelo.
—Viktor era el menos malo entre nosotros —susurra con un hilo de voz que arrastra veneno y amor—. Y Vera, por Dios… Vera era un ángel entre demonios.
Tiene razón.
Viktor aún tenía un corazón que se preocupaba por los demás.
No le temía a la ternura, no se avergonzaba de cuidar.
Era capaz de abrazar sin reservas.
De confiar.
Y Vera…
Ella era la luz del grupo.
La que curaba sin hablar.
La que nos mantenía unidos con una sonrisa, con una taza de café, con esa calma que nos obligaba a recordar que también éramos humanos.
Y ahora no están.
Y entonces el aire se vuelve más frío.
Más hostil.
Más real.
Y entonces la veo.
Jocelyn.
Apartada.
Siempre al margen.
Como si incluso la muerte le pareciera ajena.
Está de pie, a la distancia.
No se ha movido desde que llegó.
Sus manos entrelazadas, su expresión intacta.
No llora.
No se estremece.
No parpadea.
Pero no está vacía.
Lo sé.
Está aguantando.
Conteniendo un océano entero tras esos ojos que se niegan a romperse.
Y en su contención hay más dolor que en todos nuestros gritos.
Es una joven disfrazada de mujer.
Un campo de batalla en silencio.
Una herida que aprendió a sangrar hacia adentro.
Y aun así…
La deseo.
Desde el primer momento.
Desde que la vi intentando contener un mar con los ojos secos.
Desde que su voz tembló por dentro sin dejar que el mundo lo notara.
Desde que se cruzó conmigo y su alma se estremeció al reconocer la mía.
La deseo por lo rota que está.
Por lo que oculta.
Por cómo me hace sentir como si la oscuridad dentro de mí no fuera una maldición, sino un eco que ella también comparte.
No es solo atracción.
Es necesidad.
Es hambre.
Es locura.
Un fuego n***o que crece y no se apaga.
Y mientras observo los ataúdes —el de Viktor con su cuerpo frío, el de Vera vacío como un eco maldito— solo puedo pensar en ella.
En cómo me miró cuando nos cruzamos la primera vez.
En cómo bajó la mirada justo antes de que yo lo hiciera, como si ya supiera que sería un problema.
Como si ya supiera que íbamos a destruirnos.
Y aun así, no puede dejar de perseguirme.
Y yo no quiero que lo haga.
Me alejo de los ataúdes.
Los dejo atrás… aunque pesen como cadáveres colgados de mi espalda.
Pero no dejo de mirar.
No dejo de pensar en sus mejillas enrojecidas por el frío,
en su cabello revuelto por el viento,
en esa calma mortal que la envuelve y que me atrapa.
¿Qué tengo que hacer para que sea mía?
¿Qué precio debo pagar para arrancarla del mundo… y encerrarla en el mío?