Capítulo 3 – Jocelyn

1249 Palabras
El sonido del candado viejo al cerrarse detrás de mí tiene algo de definitivo. Como si acabara de sellar un pacto silencioso con todo lo que fui. Con todo lo que juré que no volvería a ser. La casa rodante está en silencio. Un silencio espeso. Inquietante. No hay música. No hay voces. No hay gritos. Solo mi respiración. Solo el crujido de esta estructura oxidada que parece recordar mejor que yo lo que pasó aquí. Lanzo las llaves sobre el viejo microondas empotrado, el mismo que funcionaba solo si lo pateabas de lado. No lo he hecho desde que volví. No pienso hacerlo. No quiero que nada en esta casa vuelva a funcionar. No debería haber regresado. Pero cuando mi madre murió —desnuda sobre el suelo del baño, con los ojos abiertos y una aguja colgando de su brazo—, no hubo nadie más que reclamara esta chatarra. Nadie… excepto yo. Por alguna razón enferma, lo hice. Camino hacia la cocina. Abro el refrigerador. Vacío. Igual que mi esperanza de una vida junto a Masim. Sin embargo, pase a la licorería por un vino dulce. No es nada especial. Pero al tomar la taza amarilla con girasoles que robé cuando tenía trece años y me sirvo, me pongo a pensar que es lo único que alguna vez sentí como mío en este lugar. Destapo entonces la botella con los dientes. Vierto el vino en la taza. El líquido rojo salpica como si sangrara. Me siento sobre la encimera fría, con las piernas colgando. La falda se ha subido lo justo. Lo suficiente para sentirme expuesta. Viva. Tomo un sorbo. Luego otro. El vino no me regresa la calma. Pero entumece mi dolor. Y a veces, eso es lo más parecido a la paz que conozco. Cierro los ojos. Y la memoria me muerde otra vez y siento como si pudiera escucharlo de nuevo. —Te ves muy bonita con ese vestido, nena. Su voz. Tan calmada. Tan sucia. Rick. El hombre que se acostaba con mi madre. El hombre que me tocaba cuando ella no miraba. Y, a veces… incluso cuando sí. El recuerdo me golpea y estoy de nuevo en el sillón de cuero, el que estaba junto a la ventana. El mismo que arrastré con mis manos hasta el vertedero cuando regresé. Me raspé los nudillos. Me doblé las uñas. Sangré. No me importó. Tenía que sacarlo. Ese sillón sabía demasiado. —Siéntate aquí, Jocelyn. No voy a hacerte daño. Me decía y sabía que mentía. Siempre mentía. La primera vez que paso acababa de cumplir la mayoría de edad. Tenía una cerveza en la mano, el pantalón desabrochado y esta tan drogado que realmente me hacía tenerle miedo. —Tu madre se pone difícil después de trabajar. Tú eres más tranquila —me dijo, mientras deslizaba sus dedos por mi muslo. No me moví. No podía. El terror me sujetaba en aquel entonces al sillo, al silencio. No hubo gritos. Nunca los hubo. Solo el crujido de ese sillón maldito y mis ojos fijos en la lámpara rota del techo, buscando un escape que no existía. Cuando se fue al baño, me quedé ahí. Con la ropa interior húmeda y el corazón hundido en un pozo n***o. El pasado es doloroso. Mi madre lloraba en su habitación por un hombre que no sabía ni cómo sostenerla mientras yo gritaba en mi mente. Esa noche supe que estaba sola. Esa noche supe que el amor, para mí, no sería refugio. Sería castigo. Abro los ojos. El presente me devuelve su aliento agrio: paredes que crujen, ventanas que gimen. Me bebo otro trago de vino sin respirar. Y me río sin ganas. Porque creí que huir me salvaría. Pero el pasado no se olvida. El pasado se queda. Espera. Muerde. Camino hacia la cama. No es la misma de entonces. Cambié el colchón. Las sábanas. Todo. Pero el lugar… es el mismo. Y eso basta. Me arrodillo sobre la colcha nueva. El vino me calienta el pecho. La noche se filtra por las rendijas y me tiñe la piel de azul oscuro. Y entonces, sin querer, aparece él. Maksim. No tengo que forzar su imagen. Viene sola. Nítida. Fuerte. Su voz grave como una sentencia. Su mirada que desarma y reclama sin palabras. —¿Así me piensas? —diría, con la mandíbula tensa y esa sombra en los ojos que siempre me arranca el aire. —Siempre —respondería yo, con los muslos abiertos y la dignidad hecha añicos. Lo imagino avanzando hacia mí, sujetándome el rostro con una mano, obligándome a mirarlo mientras me reclama. Mientras me castiga con su lengua que solo vive en mis sueños. Mientras sus dedos me abren como una confesión que solo él puede arrancar. Y yo… tiemblo. Porque aunque no me tocó esta noche, su mirada me dolió más que cualquier contacto físico. Y me odio por necesitarlo así. Apoyo la frente contra la colcha. Mis manos tiemblan. No es solo deseo. Es rabia. Es memoria. Es condena. Me toco. No con ternura, sino con la violencia de alguien que quiere borrar un rostro… y termina grabándolo más profundo. Mis dedos se deslizan como si fueran los suyos. Mi respiración se agita. La humedad crece. Y entonces llega. Ese espasmo que no libera. Que solo recuerda. Una lágrima se escapa. No grito. No puedo. Pero su nombre… —Maksim… —se queda en mi boca como una blasfemia. Caigo de lado sobre la cama. El vino, tibio, espera en el suelo. El pasado arde como si nunca se hubiera ido. El deseo no me abandona. No es la primera vez que me toco por él. Y sé que no será la última peor mejor su imagen que la de Rick Cierro los ojos y veo dos versiones de mí misma: La que fue arrastrada por Rick al infierno… y la que sigue buscando a Maksim en la oscuridad como si él pudiera salvarla. Pero Maksim no es salvación. Maksim es herida. Maksim es todo lo que me destruye… y todo lo que me hace sentir viva. Me odio por amarlo. Por desearlo. Por no poder soltarlo aunque me queme. La culpa es un nudo que me aprieta el pecho. El placer… la cadena que me ata a él. Me repito que debería odiarlo. Y lo hago. Pero lo amo más. Me levanto despacio, con las piernas aún temblando. Me acerco a la ventana y apoyo la frente contra el vidrio frío. Afuera, la ciudad respira como si nada. No hay testigos de mi guerra interna. Me pregunto si él piensa en mí cuando la noche cae. Me pregunto si, al cerrar los ojos, me maldice. O si, como yo… se toca pensando en lo que nunca fue nuestro. El vino ya no tiene sabor. La nostalgia ya no duele: corta. Esta casa rodante fue un campo de batalla. Y mi cuerpo, el botín. Pero Maksim… Maksim fue la bala que nunca me disparó. El error que sigo buscando. La condena que no sé si quiero romper. Apago la luz. Me hundo en la cama. Y dejo que mi mente lo traiga de vuelta como siempre: con esa mirada fría y esa voz que desarma hasta mi rabia. —Siempre volverás a mí —susurraría. Y lo peor de todo es que, en lo más hondo… sé que aquello es verdad. Porque, aunque intento huir, mi cuerpo recuerda. Mi corazón recuerda. Y mi condena tiene nombre. Maksim Vetrov.
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