BLANCA KING
–Cariño, si levantas un poco el mentón lucirás mejor ese precioso cuello– mi madre levanta su mentón fino enseñándome cómo acomodarlo. Me señala las manos. Las pongo sutilmente en mi regazo. Trato de sonreír con los ojos, pero “¿Cómo puedo hacer eso?”. Ya quiero que esto termine.
Mi hermano está a su lado intentando contener la risa. Bastian King Hall, futuro líder de la mafia y mi tonto hermano mellizo. Vuelvo a fijarme en mamá que empieza hacer caras extrañas.
–Lo está haciendo bien señorita, necesito captar esa luz y esencia en el cuadro– el hombre con el pincel en la mano me da ánimos. Las dos horas en las que me he mantenido en esta misma posición me están generando una ligera fatiga.
Trato de relajar mi expresión pero cuando mis energías se agotan pierdo la pose y casi caigo de la silla. Un mareo sutil me atropella así que me llevo una mano a la cabeza. Es el tercero del mes.
Lo que es algo insignificante para mi, para mi familia es la peor catástrofe Mi madre y hermano corren hacia donde estoy. Ambos con la misma expresión de terror en el rostro.
–¿Estás bien cariño?– Bastian sostiene mi cuerpo.
Me recargo en sus brazos y asiento una y otra vez. Somo de la misma edad, pero me ve como su hermana pequeña. Por Dios, madre nos parió el mismo día. Es mayor por solo unos minutos.
–Lo estoy, solo un mareo insignificante– mi madre coloca su mano en mi frente comprobando mi temperatura. Sus ojos azules brillan más que nunca.
Mi hermano me ayuda a ponerme de pie pero estos flaquean y casi caigo al suelo de no ser por él. Esto va a ser otro escándalo en la mansión King.
–Llevala a su habitación Bastian, llamaré al médico y a tu padre– el hombre que hace mi retrato de mis 19 años se pone en alerta desconociendo la situación. No lo culpo, mi padre podría desquitar su enfado con él.
Mi hermano me toma de la cintura y me levanta en un solo movimiento. Muerta de vergüenza intento apartarlo pero me sostiene más fuerte.
–Lo siento Zanahoria, pero es por tu bien– y sin más soy arrastrada a mi habitación en donde minutos después el doctor de la familia me hace preguntas tras otra. Trato de contestarlas todas pero, ya estoy bien.
Para cualquier persona este acto sería muy excesivo, pero cuando apenas era una bebé enfermé y años después me diagnosticaron con fatiga crónica, poniendo mi cuerpo débil y frágil. Muchas cosas me producen alergias. La nicotina es una de ellas.
Soy la princesa de cristal de la familia King y simplemente lo odio.
Odio que me traten como una porcelana frágil, incapaz de estar más de tres horas sola. El vestido de cuello alto empieza a causar picazón. Estiro la tela pero esta vuelve a pegarse como una segunda piel.
–Enviaré algunas vitaminas, debe seguir con la dieta. Recomiendo algo de ejercicio y..
–Nada fuerte o colapsará– mi padre aparece dando zancadas firmes. Su aura oscura envuelve la habitación. Aquí vamos…
Su mirada se posa en mí y su expresión cambia en segundos. Su rostro se suaviza convirtiéndose en la persona más dulce del planeta. Porque lo es. Es la persona más amorosa que conozco, a excepción de mi madre.
–Estaba pensando empezar con pesas o barra. ¿Eso no suena tan pesado, verdad?– sus labios se curvan en una ligera sonrisa.
–Creo que con subir y bajar las escaleras estaría bien– deja un beso en los labios de mi madre y se acerca a mí. Me ve como la niña que correteaba con vestidos pomposos y que comía chocolate a escondida de madre, aún cuando a él no le gustara el dulce.
–¿Otro mareo?– asiento.
Deja un beso en mi cabeza y manos antes de empezar hablar con el doctor. Todos salen para dejarme descansar. No lo necesito pero agradezco el gesto.
Me recuesto en mi cama empuñando las sábanas. No me siento cansada, es más, creo que estoy en mi cien por ciento pero eso mis padres no lo ven. Me acerco a la puerta y pongo el seguro. No se escucha ruido del otro lado.
Abro mi closet buscando entre mis ropas el vestido plateado que mi tía Abby me regaló cuando cumplí los 18 años. Papá casi se infarta porque el vestido no es nada conservador. Discutió por una hora con ella, pero su esposo la defendió. Es el subjefe de papá. El tío Stef.
Abro la caja y al palparlo en mis manos me quito el vestido café de encaje que estoy usando. Una de las tantas prendas que estoy acostumbrada a usar.
Ato mi cabellera pelirroja en un recogido improvisado y para cuando me pongo el trozo de tela me quedo hipnotizada con mi propio reflejo. La tela apenas llega a mis muslos y tiene un escote muy revelador que mis pechos se aprecian. Dos pezoneras y quedaría perfecto.
Me volteo apreciando mi espalda completamente descubierta. Esto no debe usarse con ropa interior, pero el solo pensar en mi trasero al aire me ruborizo. Esta no soy yo, y me gusta.
Retrocedo, me inclino a tomar mi celular para tomar un par de fotos para guardarlas en mi galería secreta. Esto está mal en todos los sentidos, pero no puedo reprimir mis impulsos lascivos. Busco los zapatos para completar el conjunto.
Esta definitivamente no soy yo. Esta no es la Blanca recatada que estoy acostumbrada a ser.
No se cuando empecé a hacer esto pero…
Me gusta el brillo y el glamour. Una de mis fantasías es ir a una discoteca y divertirme como nunca lo he hecho. Es algo estúpido lo sé. Pero no dejo de imaginarlo.
Quiero saber lo que se siente no ser una porcelana frágil. Nadie conoce esta faceta mía, a excepción de mi mejor amiga. Pero ella actualmente está estudiando en el extranjero.
Me recuesto en la cama y extiendo mis brazos dejando que mi cuerpo se arquee en una postura sensual. Levanto la punta de los pies y las flexiono un poco. Las clases de danza ayudaron un poco.
Cierro mis ojos y la imagen de una sombra toma forma.
Sus manos recorren mi cuerpo, tan lento que un gemido escapa de mis labios. Sus manos llegan a mis piernas, las abre recorriendo mi entrepierna con sus dedos. Mi boca se abre por instinto, evoco un gemido cargado de placer.
Su mano estruja uno de mis pechos, abro más mis piernas para que toque ese punto que me vuelve completamente loca. Un dedo ingresa y mi piel se eriza. El movimiento es más fuerte, intento cerrar mis piernas dejando que la sobra me lleve al orgasmo que tanto ansío.
Mi entrepierna se humedece más que nunca, una gota de sudor resbala por mi cuello, dos movimientos más logran mi liberación que, explota dejando mis piernas temblando. Respiro por la boca y observo el desastre que causé.
Un ligero toque en la puerta me pone alerta.
–Cariño. ¿Duermes?– mi respiración es irregular, el corazón martillea fuertemente, estoy segura que en cualquier momento se me va a salir del pecho. Miro fijamente la puerta y estoy a nada de ponerme en pie pero el ruido cesa. La sombra desaparece, el aire vuelve a llegar a mis pulmones.
Cuando creo que puedo ponerme en pie, miro mi mano cubierta con rastros de mi esencia. Me quito la prenda y me dirijo al baño para tomar una ducha.
Cuando estoy limpia recojo todo y me coloco una blusa de lana café de cuello alto y lo combino con una falda larga del mismo color.
Vuelvo a ser yo otra vez.