Capítulo 20

1253 Palabras
Ariel Arrancando la mirada de su pecho, volví a concentrarme en su cara. Necesitaba leer lo que decía ahí, no solo para obtener permiso, sino para ver qué le gustaba. Alcancé el broche de su sostén por detrás, y sus uñas se clavaron suavemente en mi espalda. —Ariel —susurró. Sin apartar los ojos de su rostro, apoyé la boca en la parte superior de un seno, luego en el otro. Mis dedos se quedaron en los ganchos del sostén, esperando escuchar la palabra. —Sí —susurró, dejando caer la cabeza hacia atrás para que su cabello rozara la mano que tenía abierta en medio de su espalda para mantenerla en su lugar. Me costó toda la contención no hundir la mano en su cabello y jalarle la cabeza hacia atrás, tirar hasta que doliera de la mejor manera. Algo me decía que le gustaría la descarga que venía con un pequeño filo de dolor, pero no ahora. Sentía la tensión vibrando bajo su piel y sabía que no estaba de humor para juegos. Solté su sostén, y dejó escapar un gemido. Mi mano libre subió por su costado y le sostuvo un pecho. —Oh… —Eres una chica preciosa, sin duda —murmuré contra su clavícula. Pasé el pulgar por su pezón, que se tensó en un pequeño y duro botón. Las uñas de Luciana se clavaron en mi brazo, dándome ese toque de dolor que había querido darle. Se estremeció cuando besé mi camino hacia abajo, inclinándome de forma incómoda hasta pasar la punta de la lengua por su seno. —Sí, oh, mierda, sí. —¿Más, mo nighean bhan? —¿Qué significa eso? —Mi chica de cabello claro —dije, riendo—. Sacas lo escocés en mí. Rió con dulzura y me jaló con ella sobre el colchón. Me sostuve con una mano y luego bajé al codo para quedar más cerca. Incliné la cabeza, pasando la lengua de un lado a otro por su pezón hasta que empezó a retorcerse. Cuando rodeé con los labios la carne color durazno, volvió a maldecir, arqueando la espalda como si intentara acercarse más. Hundió los dedos en mi cabello, y yo deslicé la mano por su cuerpo hasta lo único que aún llevaba puesto: unas panties de seda de las más sexys que había visto. Jadeó cuando pasé un dedo juguetón por la pretina. —¿Sigo? —pregunté, sonriendo contra su piel. —Sí. Me reí al deslizar la mano bajo la tela suave, y había un calor en ese sonido que antes no había estado. Dejé que mis dedos exploraran su intimidad, pasar sobre los suaves rizos y bajar hasta la piel más suave y dulce. —Ariel —gimoteó. —Déjame cuidarte, chica. Asintió, y dejé que mis dedos se deslizaran entre sus labios, bajando hasta donde estaba más húmeda. Introduje un dedo, jugueteé con su entrada y luego llevé la humedad al punto más sensible. —Estás jodidamente impresionante, mhurninn —me oí decir mientras rodeaba suavemente su clítoris. Su voz salió sin aliento. —No te quedes impresionado demasiado tiempo. Preferiría no terminar esto yo sola. Negué con la cabeza, manteniendo la presión ligera sobre ese bultito palpitante de nervios. —No sé qué tipo de hombres hayas tenido antes, pero eso no va a pasar conmigo. Se estremeció cuando bajé todo mi cuerpo, retirando la mano mientras enganchaba los dedos en el elástico de sus caderas. Mis ojos se encontraron con los suyos cuando le bajé la ropa interior y la lancé por encima del hombro. Me quedé de rodillas unos segundos, admirando la vista de su cuerpo esbelto, el rubor en sus mejillas y pecho, los pezones puntiagudos… joder. Separé sus piernas, dándole tiempo de protestar si no era lo que quería, pero por la avidez en su rostro, estaba más que dispuesta a que yo diera el siguiente paso. Como si supiera que necesitaba permiso, me lo dio. —Sí, por favor, sí. Por fin bajé la mirada, contemplando esa hermosa y pequeña intimidad, ya brillante y esperándome. Se me hizo agua la boca cuando me acomodé entre sus piernas, y entonces sus manos estaban en mi cabeza, hundiéndose en mi cabello, tirando de mi rostro hacia su sexo de forma nada sutil. —Por favor —repitió. Cuando abrí la boca y pasé la lengua desde la parte inferior de su hendidura hasta arriba, los dos gemimos. Quise devorarla como un postre cremoso. Nunca había probado algo como ella. Nunca me había importado bajar con una mujer, pero esto era, de algún modo, distinto. Volví a subir la lengua en una curva hacia la izquierda, luego otra hacia la derecha, separando sus labios antes de rodear su clítoris con la lengua. —¡Tu boca se siente jodidamente increíble! No levanté la cabeza para responder, pero a ella no pareció importarle; sus dedos se apretaron en mi cabello y sus caderas se alzaron para presionar su sexo con más fuerza contra mi boca. Sujeté sus muslos, no para mantenerla abierta, sino para sostenerla en su lugar mientras usaba lengua y labios para empujarla hacia el orgasmo. Mis pantalones estaban incómodamente ajustados mientras mi v***a se hinchaba, el aroma y el sabor de ella volviéndome loco. Los sonidos que hacía enviaban la sangre directo a mi m*****o, y tuve que empujar contra la cama, desesperado por cualquier fricción que aliviara al menos un poco la presión que se acumulaba. De pronto, su rostro se retorció en una expresión de sorpresa y algo parecido al pánico, y por un instante breve e intenso no salió ningún sonido de ella —ni respiración, nada—, y supe que lo inevitable había llegado. Chupé su clítoris con fuerza, una succión larga hasta que, con un gran estremecimiento, cayó de espaldas sobre la colcha y soltó un gemido profundo y ronco. Me aparté, dándole un respiro del asalto oral. No corté todo el contacto físico; le acaricié los muslos y dejé besos suaves hasta que el temblor se calmó. Sus dedos soltaron mi cabello, las manos aún temblorosas, y me puse de pie sin dejar de mirarla. Podría haberle tomado una foto en ese momento. Estaba extendida sobre la cama, sexo brillante, pezones duros, cabello revuelto, labios entreabiertos, ojos muy abiertos, solo respirando y disfrutando el resplandor posterior. Mi v***a dio un latido impaciente, recordándome que, si aún estaba dispuesta, no habíamos terminado. Metí la mano en el bolsillo, saqué la cartera y extraje un condón. Sus ojos se clavaron de inmediato en él, y parpadeó por primera vez en lo que parecían minutos. —¿Necesitas un descanso, o…? —pregunté con una sonrisa ladeada, alcanzando mi cinturón. —Sí —dijo de inmediato. Luego se apoyó en los codos y corrigió—. O sea, no. O sea… Me quité el cinturón y esperé a que terminara, esperando que pudiera hacerlo antes de que mi erección rompiera mis pantalones de vestir favoritos. —Yo… —Sus pupilas estaban completamente dilatadas, sus labios hinchados, y se veía innegablemente deseable—. O sea… tú… si pudieras… ir despacio… —Va a ser un poquito difícil ir despacio estando así de duro —me reí, bajando el cierre. —Por favor —dijo—. Yo… yo… Enganché mis pantalones y bóxers con los pulgares, deteniéndome cuando el ligero filo de ansiedad en su voz llamó mi atención. Me alegré de haber esperado cuando soltó de golpe: —Soy virgen.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR