CAPÍTULO OCHO Cassie necesitaba un arma y agarró el primer objeto que sus ojos aterrados pudieron ver: una estatuilla de bronce en una mesilla cerca de la escalera. Luego, corrió hacia él. Ella tendría la ventaja del efecto sorpresa, ya que él no podría voltearse a tiempo. Lo golpearía con la estatuilla, primero en la cabeza y luego en la mano derecha para desarmarlo. Cassie saltó hacia adelante. Él estaba girando, esta era su oportunidad. Alzó su arma improvisada. Entonces, mientras él se volteaba para enfrentarla, se resbaló y se detuvo. El grito de disgusto de él sofocó el suyo de sorpresa. El hombre delgado de baja estatura sostenía un vaso grande de café para llevar en la mano. —¿Qué diablos? —Gritó él. Cassie bajó la estatuilla y lo miró con incredulidad. —¿Estabas intentando

