El Sacrificio de Kaia

2209 Palabras
La Gran Casa de la Garra de Bronce bullía con una energía eléctrica y violenta. Las antorchas de brea proyectaban sombras alargadas sobre las paredes de piedra, simulando bestias que luchaban por escapar de la roca. En los aposentos privados del sector este, custodiados por guerreros cuyos ojos no se apartaban del pasillo, el silencio fue roto por el sonido de pasos apresurados y el jadeo de una mujer exhausta. Bastien, el rastreador de la sonrisa letal y los ojos verde bosque, entró en la estancia cargando a Selene. No la dejó en el suelo con delicadeza, sino con una urgencia que rayaba en la desesperación. —¡Lyra!... Estás bien—el grito de Selene fue un desgarro de alivio y angustia. En el rincón de la habitación, envuelta en la pesada capa de piel de Silas, Lyra se puso de pie de un salto. Su cabello platinado, ahora libre de cualquier tinte, brillaba como un faro en la penumbra. Las hermanas se fundieron en un abrazo, un choque de blanco y plata que parecía emitir un zumbido místico. Silas estaba de pie junto a la ventana, observando la escena con una expresión sombría, mientras Bastien se apoyaba contra el marco de la puerta, intentando normalizar su respiración, aunque su lobo seguía aullando por la cercanía de su compañera. —Selene... ¿Qué haces aquí? ¿Dónde están las demás? —preguntó Lyra, apartándose para buscar heridas en su hermana. Selene sollozó, apretando las manos de Lyra. —Tuvimos que huir, Lyra. Después del aullido de Elena, el velo simplemente... se evaporó. Kaia ordenó la evacuación inmediata. Las casas ya no eran seguras; el aroma de la loba blanca estaba impregnando hasta la madera de los techos. Nos dirigimos a las Cavernas de Cuarzo, en las profundidades del Monte Norte. El cuarzo es lo único que puede absorber la radiación de su fiebre y ocultar su firma mágica de los rastreadores. Lyra palideció al escuchar el nombre de las cavernas. Eran un lugar de último recurso, frías y aisladas. Extremadamente peligrosas si no conocían lo que allí habitaba y el tipo de ambiente que se podía respirar. —Pero tú no estás con ellas —dijo Lyra con voz temblorosa. —Maia... —Selene bajó la cabeza—. La pequeña estaba inconsolable. Estaba segura de que te habían matado o que te estaban torturando. Kaia quería seguir adelante para proteger a Elena, que apenas puede respirar, pero yo no pude dejar que Maia sufriera así. Decidí separarme para buscarte, para traerte noticias o sacarte de aquí. Pero no llegué lejos. Este... este animal me interceptó. Selene señaló a Bastien con un dedo tembloroso. Bastien, lejos de ofenderse, soltó una risa seca y ronca. —Este "animal" acaba de salvarte de una patrulla de los Colmillos de Ébano que estaba a menos de un kilómetro de tu rastro —dijo Bastien, acercándose a ella. El aura de posesión que emanaba de él era tan densa que Selene sintió un escalofrío—. No tienes idea de lo que está pasando afuera, "palomita". El bosque ha despertado. Cada depredador desde aquí hasta el valle sur sabe que hay carne de lobas blancas disponible. El Dilema de los Alfas: Compañeras en la Guerra Mientras las hermanas se reconfortaban, Silas no dejaba de pensar en Caleb, el Alfa, ya debía estar cerca del territorio de estas mujeres. Tanto Silas como Bastien podían desde la distancia en que estaban escuchar la conversación de las hermanas. Contaban con una excelente audición. —Bastien. Nos vamos ya —ordenó Silas—. Caleb tal vez tenga un recibimiento apoteósico con los Ébano y tienen unos rastreadores que han estado pendiente más de la revelación de las lobas blancas que de nosotros. Van hacia las cavernas. Saben a dónde se dirigen. Ordena a uno de nuestros rastreadores que llegue a donde Caleb y detenga su avanzada. —Y que haremos con ellas —añadió Bastien, dando un paso al frente—. Las dejaremos aquí. Silas frunció el ceño, mirando a Bastien. —La Gran Casa es el lugar más seguro. Llevarlas al frente es poner en riesgo el futuro de nuestra especie. Sin embargo, el secreto que agobia a su hermana y que está en peligro, está unido al desarrollo de sus lobas y nosotros lejos sabiendo que son nuestra parejas destinadas afectaría mucho nuestro desempeño y concentración. Prefiero a mi mujer cerca, así la hago mía y la marco. Además, ellas conocen bien ese territorio y los peligros que pueden haber. Lyra miró a Silas, sorprendida por la lógica implacable y el deseo de protección que ocultaban sus palabras. No era solo que las quisieran como trofeos; sus lobos sabían que la supervivencia de las hembras dependía de la cercanía de sus machos. —Iremos —asentó Lyra, mirando a Silas con una firmeza que desafiaba su rango—. No somos sólo víctimas de este destino. Elena es nuestra hermana, y sin nuestra guía chamánica, no sabrás cómo manejar la luz que ella emitirá cuando el cristal se rompa. —Prepárense. Salimos en diez minutos. Si un solo Colmillo de Ébano las toca, quemaré el bosque entero hasta que no queden ni las cenizas. —proclamó Bastien. El Asedio a las Cavernas de Cuarzo A kilómetros de allí, el aire en la entrada de las Cavernas de Cuarzo era tan frío que quemaba los pulmones. Kaia, la mayor de las hermanas y la guerrera por instinto, se adelantó un poco para asegurar la llegada de su manada. Sus ojos escaneaban la maleza, su mano apretando un arco tallado en hueso de lobo antiguo. Estaba lista para desvivir a cualquiera que impidiese su llegada. Al revisar que el camino era seguro y no había enemigos por los alrededores envió a un mensajero para que le avisara a Maia y al grupo que custodiaba el cuerpo de Elena que podían avanzar. El cuerpo de Elena era un espectáculo aterrador y hermoso. Su piel humana parecía estar convirtiéndose en vidrio translúcido; a través de sus venas no corría sangre roja, sino un flujo de plata líquida. Su energía humana estaba poco a poco desvaneciendo. —¡Ya vienen! —gritó un vigía desde lo alto del risco. Kaia creía que era la avanzada de sus hermanas, pero al verificar quienes venían se percató que tanto Maia como Elena estaban en peligro. Desde la espesura, sombras negras empezaron a emerger. No eran lobos comunes. Eran los guerreros de élite de Malphas, el general de los Colmillos de Ébano. Malphas caminaba al frente, su rostro marcado por extraños signos brillaban con un rojo enfermizo. —¡Entreguen a la Loba Blanca! —rugió Malphas, su voz amplificada por la magia oscura de su manada—. ¡Entréguenla y permitiré que el resto de sus patéticos parientes vivan como esclavos! ¡Si resisten, borraré el linaje de Anuk de la historia esta misma noche! —¡Sobre mi cadáver, perro de sombras! —respondió Kaia, soltando la primera flecha. El proyectil, bendecido con esencia de luna, atravesó el hombro de uno de los invasores, pero los Ébano eran demasiados. Malphas hizo un gesto y sus hombres se lanzaron a la carga. Kaia retrocedió hacia el interior de la cueva y sacó varias de las bombas de humo y otras que contenían fuertes explosivos que había confeccionado Lyra. Unas pequeñas esferas, eran unas bombas especiales que podrían afectar el cuerpo de cualquier persona o animal. Tanto Kaia como sus hombres empezaron a detonar aquellos dispositivos. El humo y los explosivos advirtieron a Maia que estaban en peligro. Cambió la ruta de llegada a la caverna. Su grupo se movió lo más que pudiese, pero el cuerpo de Elena se movía, el sudor lo cubría y Maia sabía que ni su sangre, ni su saliva, ni su sudor podía tener contacto con la tierra. Mientras avanzaba Maia desafortunadamente se encontró frente a frente a uno de esos horribles monstruos. —¿A dónde crees que vas pequeña e indefensa animalito?—fueron las palabras de esa horrible criatura a Maia. —Alejate bestia, no te atrevas a acercarte. —Que se supone que harás humana sin colmillos, sin garras y sin protección. Entrégame a tu hermana, ella es la clave de su desgracia. —No lo haremos. Varios de los hombres y mujeres que acompañaban a Maia atacaron sin éxito aquella bestia. Pero le dio tiempo para que su hermana la levantara y la subiera a sus hombros y seguir la marcha. La pequeña sollozaba mientras llevaba a su hermana a la caverna. Una fuerza indescriptible le permitió seguir el camino, pero aquella criatura unos pasos antes de llegar a la caverna la interceptó y clavó su afilada garra en el estómago de Maia. La chica cayó, soltando estrepitosamente a su hermana cuyo cuerpo impacto con el terreno, creando laceraciones en su cuerpo. Los gritos desgarradores de Maia advirtieron a Kaia de que estaba siendo atacada, como estaba cerca se desplazo hasta donde su hermanita estaba. Y le tiró una de las bombas a aquella criatura cuyo cuerpo se despedazó en partes, pero eso era momentáneo hasta que sus habilidades de regenerar su cuerpo se lo volvían a construir. —Vamos Maia, vamos pequeña. Tú puedes, resiste. Llevaré a Elena a la caverna. Kaia levantó a su hermana y la puso sobre su espalda, estaba agotada, pero sacó fuerza de donde no tenía, al llegar dejó a Elena dentro de la caverna, observo que la pequeña Maia había entrado y con ellas varios hombres y mujeres de la manada que estaban heridos. No se percato en ese instante de desesperación las condiciones físicas de su hermana, para ella dentro de la caverna ya era un sitio seguro. —¡Maia, te encargo a Elena! —gritó Kaia, girándose hacia el exterior y alejándose de sus hermanas. Con un movimiento desesperado, golpeó una de las estalactitas maestras impregnadas con un sello antiguo que Lyra había preparado años atrás. El techo de la entrada crujió y una lluvia de rocas y cristales selló la entrada principal, creando una barrera física y mágica que los Ébano no podrían atravesar fácilmente. Maia observó que su hermana no se quedó con ella y prefirió sacrificarse. Las lágrimas de dolor cubrieron sus mejillas mientras gritaba: —¡Kaiaaa!...¡Kaiaaa!, Kaia, Nooo!...¡No te vayas! —gritó Maia, desesperada y con una herida en la panza. Que dolía menos que el sacrificio de su hermana. El Momento del Desastre: La Gota de Plata Mientras tanto Kaia y sus pocos hombres seguían enfrentando a Malphe, su cuerpo entró en un extraño retorcido. Su respiración se acortaba y se percató que tenía una cantidad de sangre en su ropa, no era suya, ella no había sido impactada. —¡Oh No! —gritó Kaia, cayendo de rodilla allí mismo. Era la sangre de Elena, cuando la rescato estaba herida y su sangre probablemente había tocado la tierra. Iban a transformarse y quedar indefensos ante aquellas bestias. Una pequeña gota de sangre de plata, pura, cargada con el linaje de mil años y la desesperación de una especie extinguida, tocó el suelo. El mundo parecía detenerse para Kaia y sus compañeros de combate. Malphas se detuvo y una sonrisa inhumana se dibujó en su rostro. Sintió la vibración a través de sus pies. La tierra misma de los Montes de Hierro, que durante un siglo había ignorado a los Lobos Blancos, acababa de "beber" la esencia de la Reina de la Nieve. —Gracias, pequeña guerrera —susurró Malphas al oído de Kaia—. Tú y tus pocos revolucionarios morirán cuando destrocemos sus cuerpos y les arranquemos la cabeza y saquemos sus corazones. La Consecuencia Ancestral En el instante en que la sangre tocó la tierra, una onda de choque invisible barrió los Montes de Hierro. Caleb, Silas, Bastien y las hermanas, que corrían por el sendero, se detuvieron en seco, cayendo de rodillas por el impacto psíquico. Caleb se llevó la mano al pecho, sintiendo un vacío desgarrador. —Elena... —susurró. El cielo, que había estado despejado, comenzó a cubrirse de nubes de un gris metálico. La tierra empezó a temblar. El conjuro de Anuk no solo se había roto; se había invertido. Al tocar la tierra, la sangre de Elena había "marcado" el territorio. Ahora, ella ya no era una humana escondida; era el epicentro de una tormenta mística que estaba llamando a cada lobo, amigo o enemigo, a una batalla final por el alma de la montaña. —Ya no importa el conjuro —dijo Lyra, retorciéndose de dolor—. La tierra ha bebido su sangre y ha enviado una señal a nuestros lobos. Por favor, salven a Kaia está a merced de esas bestias. —Tenemos que llegar antes de que Malphas destruya parte del linaje de los Lobos Blancos —dijo Bastien. Caleb se transformó en medio de la carrera, su forma de lobo bronceado ahora más grande y poderosa que nunca, impulsado por una desesperación que amenazaba con devorarlo. El tiempo de los secretos había terminado. La era de la guerra total había comenzado con una sola gota de plata.
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