Efelios se quedó callado, procesando la información recibida, cuestionando si un demonio podía petrificarse, porque él lo estaba en ese momento. Se mostró tan conmocionado que, por primera vez en milenios, tartamudeo. —¿Te-te has- e-enamorado? Dylan asintió, se apartó y recuperó su forma humana. Efelios tenía la maldita razón una vez más. —¡Te has vuelto loco! ¡¿En qué demonios estabas pensando para poner los ojos en una mujer mortal! —rugió cuando salió de su estupor. Efelios creía que Astrid solo era una loca obsesión para su hermano, jamás consideró que pudiera caer enamorado. ¿Amor? ¡Era inaudito! Los demonios no se enamoraban, no amaban, por la simple razón de que no tenían corazón para hacerlo… —No exageres, tampoco soy el único íncubo que ha sucumbido a los encantos de una mo

