❣️Un Viernes Casual❣️

2932 Palabras
El bajo retumbaba en mis oídos, una vibración constante que atravesaba mi cuerpo y hacía que cada pensamiento se disolviera en el aire cargado de música. La luz neón parpadeaba a nuestro alrededor, bañando la pista de baile en tonos de azul y morado mientras mis amigos y yo nos movíamos al ritmo de la música. Era viernes, y como cada viernes, habíamos salido a divertirnos, dejando atrás la monotonía de la semana de clases. Miré a mi alrededor, y me sentí envuelta en una sensación familiar. Era nuestra pequeña tradición, una que había nacido en los pasillos del colegio. Siempre decíamos que después de todo el estrés de exámenes y tareas, merecíamos una noche de libertad, y esta noche no era la excepción. Sara reía a carcajadas mientras intentaba enseñar a Liro a bailar salsa, y en ese momento no pude evitar unirme a las risas. Era gracioso ver a Liro, que normalmente era tan reservado, moviéndose con torpeza bajo las luces estroboscópicas. Me acerqué a la barra para pedir una bebida.— "Un gin tonic, por favor"—, le dije al camarero mientras sentía el sudor pegajoso en la nuca por tanto bailar. El ambiente era cálido, casi sofocante, pero a mí no me importaba. Esta era nuestra escapatoria, nuestro pequeño respiro antes de volver al caos de la semana. —¡Emily! —gritó Sara mientras se acercaba tambaleándose con una sonrisa enorme—. ¡Vamos a pedir otra ronda! ¡Esta noche no termina hasta que no podamos más! Le devolví la sonrisa, levantando mi copa hacia ella. —Trato hecho —le respondí, sabiendo muy bien que Sara nunca se cansaba, mientras yo solo esperaba no arrepentirme al día siguiente. El tiempo pasaba rápido cuando estábamos juntos. A pesar del ruido y la energía desenfrenada de la discoteca, había algo reconfortante en esos momentos con ellos. Estábamos tan acostumbrados los unos a los otros que casi podía prever los movimientos de cada uno. Sabía que pronto Diego aparecería con su típico comentario sarcástico y que Valentina, siempre la más tranquila, estaría en la mesa apartada, observándonos con una sonrisa, disfrutando a su manera. Tomé un sorbo de mi gin tonic y dejé que el alcohol calentara mi garganta, buscando entre la multitud a los demás. Fue entonces cuando sentí que alguien me tocaba el brazo suavemente. Me giré y me encontré con unos ojos oscuros que no reconocía de inmediato. —¿Emily, verdad? —preguntó el chico. No era uno de mis amigos, pero su rostro me resultaba vagamente familiar. —Sí... ¿Nos conocemos? —le pregunté, intentando recordar. Él sonrió. —Estábamos en la misma clase de matemáticas el año pasado. Soy Tadeo . Ah, claro. De inmediato lo recordé. No habíamos hablado mucho en ese entonces, pero ahora, bajo las luces de la discoteca, su presencia parecía diferente, como si esta fuera la primera vez que realmente lo notaba. —Ah, claro. ¡Hola, Tadeo! —le respondí con una sonrisa. Comenzamos a charlar un poco, nada demasiado profundo. Solo sobre el colegio, amigos en común y el alivio de que la semana finalmente había terminado. Mientras hablábamos, sentí que algo en mí se relajaba. Era extraño cómo una noche normal de viernes podía convertirse en algo más, con solo una conversación inesperada. —Bueno, tal vez te vea en la pista, —dijo Tadeo con una sonrisa antes de despedirse. Asentí, aún un poco sorprendida por el encuentro, mientras regresaba con mis amigos. De vuelta en la pista, Sara me miró de reojo con una sonrisa traviesa. —¿Quién era ese? —Un compañero de clases —respondí casualmente, pero noté cómo su sonrisa se ensanchaba. —Ah, claro, un "compañero", —dijo, imitando mi tono, lo que me hizo reír. La noche continuó, y el tiempo se difuminaba entre risas, música y pequeños momentos inesperados. Sabía que pronto el viernes terminaría, y el sábado llegaría con su resaca y todas las cosas que debía hacer. Pero por ahora, solo quería disfrutar del momento, de mis amigos, de la música y de la pequeña burbuja de libertad que habíamos creado juntos. Siempre me ha parecido curioso cómo algunos momentos, aunque simples, se quedan grabados en la memoria. Esta noche era una de esas. No era diferente a otros viernes, pero había algo en el aire. Tal vez era el ambiente festivo o la inesperada charla con Mateo. Me dejé llevar por la sensación de desconexión, algo que necesitaba después de la semana que había tenido. A pesar de que mi vida no era complicada, tampoco era perfecta. A mis 17 años, no me faltaba nada. Mis padres hacían todo lo posible por mantenerme feliz. Mamá, siendo maestra, siempre estaba pendiente de mis estudios, y papá, como abogado, se aseguraba de que nunca me faltara nada material. No vivíamos en una mansión, pero nuestra casa era cómoda, con suficiente espacio para que nunca me sintiera limitada. Sin embargo, a veces sentía una presión que venía de su constante deseo de complacerme, como si cada decisión que tomara tuviera que ser perfecta. Mis amigos siempre decían que lo tenía todo, pero lo cierto es que, aunque no me quejaba, había momentos en los que deseaba un poco más de libertad, o quizás algo que rompiera la rutina de mi vida. Era hija única, y por eso, mis padres volcaban toda su atención en mí. Esto, aunque lo agradecía, podía ser asfixiante en ocasiones. —¿Estás bien? —preguntó Valentina, quien había dejado su rincón tranquilo para unirse a mí. Me miraba con una mezcla de curiosidad y preocupación. —Sí, solo pensaba un poco, —respondí con una sonrisa, intentando sacudirme las reflexiones. —No te vi bailar tanto hoy. ¿Qué pasa? —insistió, con esa mirada que siempre parecía entender más de lo que yo decía. —Nada en particular, solo estaba disfrutando de la música, —mentí un poco. La verdad era que, aunque me encantaba estar con mis amigos, a veces me sentía desconectada, como si una parte de mí estuviera en otro lugar. La verdad es que, a pesar de todas las cosas buenas que tenía en la vida, me preguntaba qué más había ahí afuera. A veces sentía que vivía en una burbuja, protegida por la seguridad que mis padres me proporcionaban. Sabía que muchos envidiarían mi situación, pero también me preguntaba si esa misma protección no me estaba alejando de experiencias más auténticas. Quizá por eso la charla con Tadeo me había sacudido un poco. Era alguien que no estaba en mi círculo habitual, alguien que me ofrecía una pequeña ventana a algo diferente. —¡Vamos a bailar! —dijo Valentina de repente, agarrándome de la mano y arrastrándome hacia la pista sin darme tiempo a replicar. Me dejé llevar por la música, intentando desconectar de mis pensamientos. Era fácil perderse en el ritmo, sentir el calor de la multitud y olvidarse del mundo exterior. Pero, aún en medio del bullicio, mi mente volvía a la sensación de estar atrapada en una vida predecible. Quizás eso era lo que me incomodaba tanto últimamente. Mis padres me daban todo lo que quería, pero me preguntaba si sabían lo que realmente necesitaba. Después de un rato, necesitaba un respiro. Me aparté de la pista y volví a la barra, pidiendo un vaso de agua esta vez. Mientras me recostaba contra el mostrador, observé a mis amigos disfrutando, y me di cuenta de que, por mucho que los quisiera, en el fondo sentía que había una parte de mí que ellos no conocían. —¿Otra vez pensando? —La voz de Sara me sorprendió. Me giré y la vi acercarse con su energía contagiosa. Parecía que nada en el mundo podía detenerla. —Sí, supongo que sí, —respondí con una sonrisa cansada. Sara me miró fijamente por un momento antes de hablar. —Sabes, Emily, a veces siento que no disfrutas esto tanto como nosotros. Siempre estás en tu mundo. —No es eso... es solo que, no sé, a veces siento que necesito algo diferente. —Las palabras salieron sin pensar, pero no me arrepentí. Sara era una de mis mejores amigas, y si había alguien que podía entenderme, era ella. —¿Algo diferente? —repitió, levantando una ceja. —Sí, algo... más. No me malinterpretes, me encanta salir con ustedes, pero siento que hay algo en mí que no logro alcanzar. Sara me miró por un momento más antes de asentir lentamente. —Supongo que todos sentimos eso de vez en cuando. Pero mira, no te obsesiones con lo que falta. A veces las respuestas aparecen cuando menos lo esperas. Me quedé pensando en lo que dijo mientras ella volvía a la pista, y me di cuenta de que quizás tenía razón. Tal vez estaba buscando demasiado lejos, cuando lo que necesitaba estaba justo frente a mí. Pero, aun así, esa sensación de inquietud no desaparecía. La noche había llegado a su fin, y nuestras energías también. Después de horas bailando, riendo y, en mi caso, pensando demasiado, las chicas y yo decidimos que era momento de regresar a casa. La música seguía retumbando dentro de la discoteca, pero afuera, el aire fresco de la madrugada nos envolvía, haciéndome sentir un leve escalofrío. —¡Qué noche! —dijo Sara, estirándose como si hubiera corrido un maratón. Yo me reí por lo bajo mientras ella caminaba a zancadas hacia la calle, Valentina y yo siguiéndola con más calma. Estábamos esperando el taxi cuando un auto lujoso se detuvo justo frente a nosotras. No era cualquier auto; su brillo oscuro reflejaba las luces de la ciudad de una manera hipnótica. Un modelo caro, sin duda, pero no fue eso lo que captó mi atención. Antes de que pudiera decir algo, Sara soltó un grito de emoción. —¡Oh, Dios mío! —exclamó, y antes de que Valentina o yo pudiéramos reaccionar, ya estaba corriendo hacia el auto. Un chico alto y atractivo salió del vehículo, sus facciones esculpidas a la perfección bajo la tenue luz de la calle. Sara, sin dudarlo un segundo, le brincó encima y lo rodeó con los brazos, plantándole un beso sin siquiera pensarlo dos veces. Valentina y yo nos quedamos congeladas en nuestras posiciones, mirando la escena con incredulidad. No era raro que Sara fuera impulsiva, pero nunca había visto a ese chico en mi vida. Valentina fue la primera en romper el silencio. —¿Quién es ese chico? —preguntó, entrecerrando los ojos mientras intentaba identificar al misterioso desconocido. Me encogí de hombros, sintiendo una ligera incomodidad. —No lo sé. Nunca lo había visto antes. El chico, a pesar de la efusiva bienvenida de Sara, no mostró ni una pizca de sorpresa. De hecho, había algo en su manera de mantenerse firme, casi frío, que me inquietaba. No era el típico chico encantador con el que Sara solía andar. Había algo en él que no cuadraba, como si su presencia fuera un poco... peligrosa. No era el auto lo que me llamaba la atención, sino el aire que lo rodeaba. Había algo oscuro en él, algo que me hacía sentir una punzada de alarma en el pecho. Su mirada, aunque centrada en Sara, parecía calcularlo todo, como si fuera consciente de cada movimiento a su alrededor. Era como estar cerca de un depredador que acechaba con calma, esperando el momento adecuado para atacar. Valentina debió notar que algo no estaba bien, porque me lanzó una mirada preocupada. —¿Te pasa algo? Te ves... tensa. —No lo sé, —respondí, intentando encontrar las palabras adecuadas—. Es solo que… hay algo en ese tipo que no me gusta. Valentina me miró con curiosidad, pero no dijo nada más. Mientras Sara seguía hablando y riendo con el chico, él apenas esbozaba una sonrisa. Todo en su postura, en su forma de moverse, gritaba control, pero era ese control lo que me hacía sentir inquieta. Finalmente, Sara se acercó a nosotras con el chico a su lado, como si todo fuera perfectamente normal. —Chicas, este es Tomás, —dijo con una sonrisa brillante—. Nos conocimos hace poco, pero… bueno, ya saben cómo soy. Me gusta tomar riesgos. "Riesgos", pensé. Claro, eso lo explicaba todo. Pero este no era el tipo de riesgo que solíamos asumir los viernes por la noche. Este era diferente, más real, más tangible. Y, por alguna razón, tenía la sensación de que Sara no era consciente de lo que realmente estaba entrando. Tomás nos miró a Valentina y a mí, y su mirada se detuvo en mí un segundo más de lo necesario. Sentí un ligero escalofrío recorrer mi espalda, pero lo ignoré, intentando mantener una expresión neutral. —Es un placer conocerlas, —dijo con una voz profunda y suave. Pero no era solo lo que decía; era el tono, la manera en que sus palabras parecían cuidadosamente seleccionadas, como si cada frase tuviera un propósito más allá de lo que aparentaba. —Igualmente, —respondí de forma automática, pero mi mente ya estaba en alerta. No podía evitar la sensación de que ese hombre no era alguien común, y aunque Sara estaba emocionada, yo no podía sacudirme la sensación de que, con Tomás, estábamos entrando en aguas desconocidas. Mientras se alejaban hacia el auto, Valentina se acercó a mí. —¿Qué te parece? —No lo sé, —dije, mirando cómo Tomás abría la puerta para que Sara entrara. Me costaba poner en palabras lo que sentía, pero algo dentro de mí sabía que este encuentro no era algo casual, ni mucho menos inofensivo—. Solo espero que Sara sepa lo que está haciendo. Valentina me miró, y aunque no dijo nada, su expresión me indicó que compartía mi preocupación. Tomas arrancó el auto, y los vimos desaparecer en la distancia, dejando tras de sí la sensación de que esta noche no había terminado para Sara. Y, tal vez, tampoco para nosotras. Cuando el taxi se detuvo frente a mi casa, ambos sabíamos que la noche había terminado, al menos para nosotras. La inquietud por lo que acabábamos de presenciar aún colgaba en el aire, como si una sombra invisible nos siguiera. Valentina me lanzó una última mirada antes de despedirse. —Cuídate, Em. Y si sabes algo de Sara, por favor, avísame. —Su voz estaba teñida de preocupación, algo inusual en ella, que siempre era la más tranquila del grupo. —Lo haré, —respondí, dándole una sonrisa cansada—. Descansa. Valentina asintió y esperó hasta que entré en casa antes de irse. El frío de la madrugada me envolvió por un momento, haciéndome estremecer mientras buscaba las llaves en mi bolso. Al abrir la puerta, la familiaridad de mi hogar me recibió. La casa estaba en completo silencio, excepto por el leve zumbido de la nevera en la cocina. Mis padres debían estar durmiendo. Era tarde, y aunque ellos siempre confiaban en mí, sabía que mamá estaría revisando su reloj cada hora hasta que escuchara el sonido de la puerta cerrándose detrás de mí. Caminé en puntillas por el pasillo, tratando de no hacer ruido, aunque sabía que ellos tenían el sueño pesado. La luz tenue de una lámpara iluminaba la entrada, y todo estaba tal como lo habíamos dejado esa mañana. Dejé mis zapatos junto a la puerta y subí las escaleras lentamente, mis pasos resonando suavemente sobre la alfombra. El ambiente tranquilo de la casa contrastaba con el bullicio de la discoteca y el desconcierto que había sentido momentos antes. A pesar de que había pasado una noche divertida con mis amigos, la inquietud por lo que había visto con Sara y Tomás seguía rondando en mi mente. Tomás. No conocía a ese chico, y aunque Sara siempre tomaba riesgos, esta vez parecía distinto. El aura de peligro que emanaba de él no era fácil de ignorar. Finalmente llegué a mi habitación y cerré la puerta suavemente detrás de mí. Mi cama estaba hecha, mi escritorio ordenado, y mis libros esparcidos tal como los había dejado por la mañana. Me dejé caer sobre el colchón, mirando el techo por un momento, intentando procesar todo lo que había pasado. Mis padres siempre habían hecho lo posible por mantenerme en un ambiente seguro, estable. Mi madre, con su paciencia infinita, siempre me decía que podía contar con ellos para cualquier cosa. Y mi padre, aunque más reservado, siempre se aseguraba de que no me faltara nada. Tal vez por eso me sentía tan diferente de Sara a veces. Mientras ella buscaba emociones y riesgos, yo tendía a evitar cualquier cosa que me hiciera sentir fuera de control. Pero hoy, esa sensación de descontrol me había alcanzado, y no sabía exactamente cómo manejarla. Revisé mi teléfono antes de acostarme, esperando algún mensaje de Sara, pero no había nada. Tal vez estaba ocupada con Tomás, o simplemente no le había dado importancia a lo que había pasado. Sin embargo, una parte de mí sabía que debía estar atenta. Algo me decía que esa noche iba a tener repercusiones, no solo para ella, sino también para mí. Me arropé, cerré los ojos y traté de calmar mi mente, aunque no pude evitar pensar en lo que habría detrás de esos ojos fríos de Tomás. Y más importante aún, cómo encajaba Sara en todo esto. El silencio de mi casa, que normalmente me brindaba consuelo, esa noche me parecía extraño, como si algo faltara.
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