Pov: Ethan Reed.
Una carta bastó para que ahora esté aquí, aterrizando en Londres nuevamente, podría haber tomado una misión más y estar los próximos tres meses de nuevo alejado de todo.
Tal parece debo estar aquí, sus cartas no fueron un consuelo, sus llamadas mucho menos. Está con él, me lo cuenta en sus cartas, me agradece en ellas. Gracias a mí conoció a un gran hombre.
¡Fabuloso!
He amado a Claire desde que tengo memoria, estuve con ella en todo momento, siempre esperando que me viera. Ella es una mujer increíble, dulce, honesta, siempre tiene una sonrisa, siempre está arreglada, con su cabello castaño nunca pasando debajo de sus hombros y sus ojos son tan especiales.
Me juré que me convertiría en un hombre hecho y derecho, entré al servicio militar porque sabía que eso me haría mejor, ¿y de qué sirvió?
De nada.
Camino por los pasillos que están bastante vacíos, no espero nadie que venga a buscarme. Estoy aquí únicamente por su pedido.
“Necesito verte”, esas fueron sus palabras.
— ¡Oye! Entiendo que soy pequeña, pero no para que me ignores —me volteo y veo a Clementine; mi hermanita menor.
— Clementine —observo el cartel que dice: “Coronel Gruñón Reed”. Arrugo el entrecejo.
— Un poco de humor, querido hermano gruñón —se acerca y me doy la vuelta para seguir mi camino—. ¿Ni siquiera vas a saludarme? Claire estaba preparando algo en tu casa —me detengo y le dirijo una fría mirada.
— ¿Por qué está en mi casa? ¿Por qué tú sabes que está en mi casa?
— Simple, Claire y yo hablamos, vivo en donde vives ya que el señor Coronel nunca está y esa casa es un desperdicio sola. Somos compañeros de piso, ¿no es genial? —arrugo mis cejas y sigo mi camino molesto.
— Nadie te dio permiso para vivir en mi casa, Clementine, te prohíbo que sigas viviendo en ella y te prohíbo que dejes entrar a personas a ella para hacer cosas sin mi permiso —chasquea la lengua, como si no le importara nada de lo que digo.
— Es Claire, por favor, no te puedes enfadar por ella —suspiro y tiene razón, no puedo—. Por aquí, ese es mi auto, ¿no es hermoso?
— No pienso ir en auto contigo, menos si conducirás, no voy a morir.
— ¿Solo porque soy una chica? —la ignoro—. Ni un abrazo me has dado, sabía que el ejército volvía a los hombres tarados, pero sin corazón ya es un dato nuevo —me abraza y no correspondo.
Esas muestras de afecto no me agradan.
— Déjame, Clementine, arrugarás mi uniforme.
— Qué amargado, luego te preguntas por qué ella se buscó otro —resopla y se gana una mala mirada—. Sube a mi auto y déjate de estupideces, ¿sí? Agradece que fui la única que vino a buscarte, nadie puede soportarte con ese genio —resoplo y a mala gana subo.
.
— ¡Nunca más planeo subir a un auto manejado por una mujer! ¡Carajos! Deberían quitarte la licencia, Clementine —se carcajea.
— Eso te pasa por amargado, no sabes nada —camino molesto lanzando bufidos.
— No vuelvas a molestarte en buscarme —abro la puerta a mala gana azotándola y las luces se prenden, además del confeti que vuela.
— ¡BIENVENIDO! —mis ojos van al cartel que dice: “Bienvenido”, unos globos brillosos que me parecen de muy mal gusto, hasta que la veo con una enorme sonrisa.
— Eth —se acerca a abrazarme y dejo caer el bolso, suspirando a la vez que cierro los ojos cuando siento su cuerpo pegado al mío.
— Claire, no te hubieras molestado, sabes que… no hace falta —sus ojos buscan los míos, mientras se aparta un poco terminando el abrazo.
— Siempre voy a recibirte así, lo sabes —se aparta y la burbuja explota cuando veo a Carson con una sonrisa.
— Hermano, bienvenido, qué extraño se siente estar de este lado —se acerca y le hago una señal con mi mano en la frente.
— General, qué gusto verlo —se ríe.
— Siempre tan correcto —palmea mi espalda—. Me da gusto que vuelvas a salvo —Claire no deja de mirarlo y yo no puedo dejar de mirarla a ella.
Nos acomodamos, hablan de cosas suyas y la verdad no escucho demasiado. Estoy en otro lado. Viendo a quien amo, mirar con amor a alguien más.
— Como te decíamos, es muy importante —me concentro en escuchar a Carson.
— ¿Qué es importante?
— Ya tantos proyectiles lo dejaron sordo —se carcajea Clementine y le doy una mirada de regalo.
— Eth, te he pedido que volvieras porque… queremos contarte algo importante, quiero contarte algo importante —toda mi atención va a Claire que toca su mano sonriendo con emoción me concentro en su dedo anular y veo el anillo de diamante—. Antes de que Tim vaya al campo en tres meses, nos casaremos —siento mis ojos picar y mi cerebro no logra decodificar esto, me trago lo que siento porque soy un hombre, no un maldito marica.
— Ambos queremos que seas el padrino de nuestra boda, hermano, esto que tenemos es gracias a ti —miro a Carson.
— Se casarán.
— Sí, ¿aceptas? —la mirada emocionada de Claire no me deja decir que no.
— Por supuesto, acepto, seré su padrino —ella comienza a hablar emocionada y Carson igual.
.
El sonido de la puerta cerrándose me saca del trance.
— Al menos aprende a disimular, Ethan —Clementine me regaña.
— No sé de qué hablas —me levanto para ir a mi cuarto.
No quiero hablar con nadie. No quiero nada.
— Por favor, la noticia de la boda fue una patada a las costillas, no estuviste escuchándolos. Solo decías sí y asentías, sé que eres un robot de las fuerzas armadas, pero pude ver que no estabas prestando atención y todas las personas que te vieran lo notarían, quizás ellos no porque están muy enamorados.
— Cállate, Clementine, tú no sabes nada, ¿qué puedes saber con 20 años?
— Tengo 23 para que sepas y sé mucho, para tu información —tomo mi bolso para irme y no tener que escucharla.
— Se terminó la charla, señorita —ordeno con seriedad.
— Estás confundido si crees que soy un soldado o algo, Ethan, se te nota que te gusta, como la miras, ¿de verdad serás el padrino? —la miro con toda la frialdad que tengo en mi cuerpo.
— Por supuesto que sí, Claire me lo pidió, seré el padrino.
— ¡No puedes! —arrugo el entrecejo.
— ¿Perdón? Tú no me dirás lo que puedo hacer —abro la puerta de la habitación.
— Te lo digo porque te quiero y si lo harás no puedes hacerlo así, como tu hermana no te puedo permitir pasar tal vergüenza. Se te nota a leguas, demasiado, si me tapo un ojo seguiré notando que estás muy enamorado de Claire —me volteo a verla enojado—. Siempre lo supe, si siempre me usabas para acercarte a ella, con la excusa de cuidarme, tú te la pasabas con ella.
— Esto no es tu problema.
— Sí lo es, también quiero a Claire, no quiero que arruines su boda, ni que tú quedes humillado.
— ¿Y qué esperas que haga, Clementine? ¿Que diga no?
— ¡Que hagas algo para que no se note que estás enamorado de la novia, digo yo, como olvidarla, Hombre! —lanzo una risa irónica.
— Eso es imposible.
— ¿Has tenido citas? ¿Hace cuánto no follas?
— ¡Clementine! ¿Cómo te atreves a preguntar eso? —lanza una risa.
— No y hace mucho, ya me has dado la respuesta —se acerca y me empuja dentro de la habitación.
— Clementine.
— Tengo un plan, confía en mí, por una vez, déjate ayudar, tenemos tres meses para que la olvides, empezaremos ahora —la miro en desacuerdo, pero también sabiendo que no puedo arruinar la felicidad de Claire.
Cierro la puerta azotándola.
.
— Ven aquí —Clementine está en el sillón con su teléfono.
— No me sentaré —me quedo parado erguido a su lado.
— Como quieras. Medidas —arqueo una ceja.
— ¿Qué es lo que harás?
— Tú déjame trabajar, ¿altura?
— 1,88 metros.
— ¿Tienes una foto sin camiseta? —abro mis ojos—. Ya, no pongas esa cara, medidas internas —la miro sin entender—. Ya sabes, ahí abajo.
— Clementine Reed, ¿qué diablos estás haciendo? —chasquea la lengua.
— Edad: 36 años de pura amargura.
— Muéstrame lo que estás haciendo —niega y se aleja.
— Descuida no necesito que me digas nada. Inventaré, porque si digo la verdad nadie querrá salir contigo —la persigo cuando veo que se va a su habitación.
— Dime ahora mismo qué estás haciendo.
— Si quieres olvidar a Claire, debes tener citas, no te preocupes, yo consigo las citas y tú solo vas a ellas, en tres meses ya no tendrás ojitos de amor, lo prometo en nombre de la familia Reed, no seremos una vergüenza, ni el hazme reír —frunzo el ceño.
— Clementine…
— Sabes que debes hacerlo, no dejaré de molestarte, hasta que lo hagas —suspiro y doy fe de que mi pequeña hermana siempre ha sido así.
— De acuerdo, mujeres decentes, no me vayas a traer nada extraño, mayores de 30 por favor —me alejo y me meto a mi habitación.
¿Qué diablos estoy haciendo?