Lo volví a llamar y contestó enseguida. —¡¿Me estuviste mintiendo, Ramsés?! —le pregunté apenas me contestó. —No, mi vida. —¡Ramsés! ¡Por dios, dime la verdad! —Hablemos de eso en casa ¿sí? Ya vamos en camino a buscarte. —¡¿Alguna vez me has dicho la verdad?! —¡Mi vida, por favor! —me contestó desesperado. Lo había confirmado, él me había mentido. Estaba segura de que su mejoría nunca había existido. Pero ¿qué carajos le pasaba? ¿Entonces él iba a morir? Nada más pensar en eso me perdí en la nada. Y no sé cómo, ni cuándo, pero me salí del edificio y me fui caminando. No reaccioné en sí, hasta que mi teléfono empezó a sonar. No tenía la menor idea de dónde estaba, ni cuánto tiempo había pasado. Saqué el teléfono de mi bolsa y tenía un millón de llamadas perdidas. Ni siquiera las

