2. Momento y lugar equivocado

1540 Palabras
Kyle:  ¿Han sentido alguna vez la felicidad absoluta? ¿La satisfacción de estar haciendo lo que realmente amas? ¿Ese momento en el que todo es tan perfecto que no crees que pueda suceder nada mejor? Yo sí. ¿Y saben qué? Es una mierda.  ¿Cosas mejores? No sé, pero definitivamente sí pueden suceder cosas que lo arruinen todo en cuestiones de segundos. Un día estamos disfrutando la victoria de uno de los campeonatos más importantes en el patinaje artístico sobre ruedas y al otro nos dicen que para poder participar en la Competencia Fly High 2020, la más importante del momento, debemos hacer algo diferente. Pero resulta que “diferente”, significa combinar el patinaje sobre ruedas con el patinaje sobre hielo.  Absurdo, ¿verdad? Y precisamente, esa es la razón por la que ahora estoy en Milton Black con mis dos mejores amigos. Debemos entrenar a tres crías sobre ruedas y por si fuera poco, que ellas nos enseñen el arte del patinaje sobre hielo y bla, bla, bla. Esto va a ser un desastre. No, en realidad, la palabra desastre se queda corta, esto va a ser el mismísimo apocalipsis. —Relájate, tío —dice Maikol mientras caminamos por uno de los pasillos de la universidad.  Acabamos de salir del despacho del director, porque no fue suficiente chorrada imponernos lo "diferente", sino que también tuvimos que cambiar la Universidad Jack Alvar, la mejor de todo el país, por esta. —No vas a resolver nada así. —Continúa—. Ya tomaron la decisión, no hay nada que podamos hacer. —¡Ya lo sé, jodeř! —Déjalo, Maik. Ya se le pasará el cabreo —interviene Zion—. Lo único que necesita es tirarse a alguna de esas gatitas que nos hemos cruzado y, puf, todo el enojo se evaporará. Sonrío sin poderlo evitar. Zion cree que todos los problemas de un hombre se resuelven con "gatitas", como suele llamar a las mujeres. Cerca de los casilleros un grupo de chicas, sexys como el infierno, se nos quedan mirando con la boca, literalmente, abierta. Aunque no las culpo, los tres parecemos unos putos Adonis. Maikol es un tío súper majo y lo que yo llamaría: la voz de la conciencia pues tiene una facilidad increíble para hacerte entrar en razón cuando has perdido totalmente los papeles. Es una de las cosas que más me gustan de él; sin embargo, a las mujeres eso no les importa.  Lo único que ven es su metro noventa, pelo n***o, cuerpo de gimnasio y ojos verdes. Ah, a una chica le escuché decir en una ocasión que tenía un culo perfecto. Sin comentarios. Zion es, Zion. Es el más fuerte de los tres; cuando le ves parece un bravucón, pero nada de eso, es bastante inofensivo. Rubio, de ojos negros, fiestero, arrogante, mujeriego y un montón de cosas más. Pero yo no soy nadie para juzgar porque soy todo eso multiplicado por diez. Ojos azules, cuerpo perfecto, pelo n***o que me cae sobre los ojos y aunque me gustaría decir algo sobre mis partes bajas, creo que es mejor dejarlo ahí; una vez que empiece, van a querer probar. —Sí, eso es justo lo que necesito —digo mientras le guiño un ojo a la rubia tetona y de poca ropa en el centro del grupo. Ella sonríe. Seguimos caminando hasta encontrar el letrero que anuncia la Sala de Estudios. Cuando salimos del despacho del director, un tipo como de la edad de nosotros, con un ojo morado y el labio partido, estaba fuera esperando su turno y nos pidió el favor de decirle a su chica que estaba ahí. Al parecer está estudiando porque no le contesta el móvil. No suelo hacer este tipo de favores porque, simplemente, no me da la gana, pero el grito que le pegó el director desde su escritorio, hizo que me apiadara un poco de él. Estiro la mano y cojo el picaporte de la puerta, pero antes de girarlo, vacilo. No sé por qué, pero tengo la sensación de que no debería entrar ahí. —¿Qué haces? —pregunta Zion. —Nada. —Sacudo la cabeza y abro la puerta. Pues bien, tenía razón, no debería haber entrado.  ~♡~ El tiempo vuela, es verdad; pero los relojes no. Entonces, ¿cómo coño me ha caído uno en la cabeza? —¡Dios mío! —Escucho decir a una chica. Llevo mi mano a la frente ante el repentino dolor y siento la viscosidad de la sangre. Genial. —¿Estás bien, tío? —pregunta Maikol, pero no respondo porque mi mirada se encuentra con tres tías que me observan con los ojos desorbitados. Corrección, los miran, pues la trigueña de grandes tetas y la pelirroja, no dejan de mirar a mis amigos, totalmente ajenas a que me ha golpeado un maldito reloj en la cabeza. No obstante, la rubia me observa asustada.  ¡Ja! Culpable.  —¡Dios mío, lo siento tanto! —dice luego de percatarse de lo que ha pasado.  Viene corriendo en mi dirección y con un pañuelo, que no sé de dónde ni en qué momento sacó, me limpia la frente. El leve contacto me escuece y, un poco más brusco de lo necesario, le aparto la mano.  Unos ojos negros, los más negros que he visto en mi vida, como si fueran dos pozos sin fondo, me observan avergonzados. —Lo siento mucho, de verdad, no fue mi intención. Solo lancé la pelota contra la pared, pero se desvió y golpeó el reloj. Lo siento —dice de carretilla mientras apunta a la pelota de tenis que está encima del sofá. —¿Se puede saber qué diablos haces lanzando una pelota contra la pared, en una habitación cerrada? ¿Eres tonta o qué? —pregunto enojado y esa chica avergonzada y arrepentida de hace un segundo desaparece, dejando en su lugar a una tía molesta.  ¡Woo! Un poco voluble, pero quien tiene que estar enojado soy yo.  Cuadra los hombros, frunce el ceño y se coloca las manos en la cintura. A partir de ahí caemos en la discusión más absurda que he tenido en mi vida. —¿Y tú? ¿Eres tonto o qué? ¿Acaso no te han enseñado que no debes entrar a un lugar sin antes tocar la puerta? —pregunta. La imito poniéndome las manos en la cintura.  —Sabes que esto es un lugar público, ¿verdad? —Sí, pero para los estudiantes de Milton Black, no para forasteros. —¿Quién dice que no somos de aquí? —Tu chaqueta es de Jack Alvar. —¿Y qué? ¿Acaso no puedo usarla? Me sostiene la mirada de manera altiva, sabe que tengo razón, pero no quiere admitirlo. Luego baja a mis labios, sigue a mi pecho, cintura, se posa en mis partes bajas y sigue a los pies. Regresa a mi entrepierna y se detiene más de lo normal. ¡Me está vacilando la muy cabrona! Decido hacer lo mismo. Es bastante guapa con su pelo rubio largo hasta la cintura. Su rostro es delicado y esos ojos negros son perfectos. Su cuerpo no es nada del otro mundo, a diferencia de las otras dos, que con solo una mirada superficial basta para saber que están buenísimas; sin embargo, se ve bien. Tiene un cuerpo proporcionado dado lo pequeña y delgada que es.  Lleva una enguatada negra bien ajustada, con una saya alta de cuadros que le llega a la mitad de los muslos y unos botines, negros también, por encima de la rodilla. Se ve un poco sexy, aunque no es mi tipo. A mí me gustan las CAT: culonas, altas y tetonas. —¿Terminaste? —pregunta al percatarse de que la estoy mirando. —Tú empezaste. —Se pone colorada y desvía la mirada a sus amigas, quienes tienen una sonrisa tonta pegada a sus caras. Mis amigos también.  Idiotas. —Como sea. Ya me disculpé contigo —dice la peque—, pero para que sepas, tú también tienes la culpa. —Tiene que estar bromeando—. Si no hubieses llegado en ese momento no te hubiese pasado nada; estabas en el momento y el lugar equivocado, cariño. Ok, está loca. Me largo. Doy la vuelta para marcharme cuando recuerdo cuál es la razón que me trajo a esta situación tan rara. —Por cierto, ¿cuál de ustedes es Addyson? —Yo, ¿por qué? —contesta la loca. Tenía que ser ella. —Un chico rubio me pidió que te dijera que está en la dirección. Que vayas para allá. Su cara de mala leche se evapora y una sonrisa enorme aparece. Tiene una sonrisa hermosa. —¿Un rubio alto, de ojos marrones, guapo como loco y más bueno que el pan? ¿Dios, de donde salió esta tía? —Si por guapo y bueno, te refieres al chico que tiene un ojo morado, el labio partido y está recibiendo una bronca infernal del director, pues sí, es él. Su sonrisa desaparece y sin decir nada más, sale corriendo de la sala de estudios como si la mismísima muerte la estuviese siguiendo.
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