Domingo, 06 de Junio de 2004.
Después de los acontecimientos ocurridos en el cementerio de los espantapájaros. Habían pasado dos largas y extrañas semanas. En las que se había dado una búsqueda por la policía local al asesino del difundo Mark Sifontes. O, mejor conocido cómo el vigilante del cementerio Perla. Porque el anciano, fue encontrado asesinado al día siguiente de que los muñecos de paja cobrasen vida, y se levantaran sobre sus pies como sí hubiesen sido poseídos por los espíritus de los muertos aquella noche de luna llena.
Nadie más que el difunto vigilante, sabía eso. Y ahora no estaba para contarlo, y por eso la policía empezó la ardua búsqueda de ese perverso asesino, quien sadicamente había degollado a aquel pobre anciano. Y lo había colgado en una de las estacas frente al portón como sí fuese otro espantapájaros más, clavándole un par de clavos en las palmas de las manos y crucificandolo como sí fuese un Jesucristo. Fue así, cómo lo encontraron unos turistas que habían decidido visitar el lugar a la mañana siguiente después de que los espantapájaros cobrasen vida.
Y a pesar de que los espantapájaros habían sido los culpables de ese homicidio, cuando el cuerpo fue encontrado, y la policía apareció en la escena del crimen. Ellos todavía seguían postrados sobre sus estacas, sin expresión alguna sobre sus rostros vacíos de arpillera. Parecían fingir que no eran nada más ni menos que unos simples muñecos hechos de paja, pero no lo hacían. Porque ya no podían moverse, ya que la noche se había ido con la luna llena. Y los espantapájaros solo volverían a caminar entre la noche para cuando esa luna volviese... para crucificar a todas las personas de la isla Cara.
Justo como lo hicieron con ellos.
Por otro lado habían ocurrido otros incidentes en el bosque Amatista, y varias personas empezaron a reportar la desaparición de sus familiares perdidos, quienes lamentablemente tiempo después fueron encontrados en medio de la nada boscosa. En el proceso de metamorfosis a uno de los árboles que susurra. Por eso en la zona de entrada hacia el bosque, pusieron varias cintas amarillas qué decían: «No pasar.» Y la entrada al lugar fue prohibida por la policía local.
Así fue como poco a poco la isla Cara empezó a caer en la controversia, y todos los noticieros nacionales comenzaron a hablar de ella, y no por sus maravillas turísticas. Si no por los extraños acontecimientos que estaban sucediendo en ella: personas desapareciendo en el bosque sin explicación alguna (ya que la policía quiso continuar manteniendo en secreto a la gente árbol), y una que otra persona devorada en el mar por alguna especie de misteriosa criatura marina que no aparecía jamás a la vista humana (esto último no se comentaba en las noticias del país, pero estaba sucediendo sin que nadie lo notase).
Y a pesar de eso los turistas seguían llegando, y la isla seguía siendo encantadora para muchos. La polémica que tuvo en los noticieros, más bien atrajo a más personas curiosas al sitio. Por eso en la calurosa mañana de ese Domingo era como cualquier día normal en el día a día de la isla Cara. Habían turistas por todos lados. Y hasta incluso seguían llegando en aquellos barcos lujosos de la ciudad. La gente no paraba de venir, y hasta se podía decir que jamás había llegado tanta gente a la isla como lo estaban haciendo ahora. Por eso los exóticos hoteles estaban abarrotados de clientes con dinero, e Isabella Tybur tenía mucho trabajo que hacer, lavando ropa, limpiando pisos, haciendo las camas y obedeciendole a los clientes en lo que ellos le pidieran. Porque, ese era el atareado trabajo con el que Isabella tenía que lidiar para poder llevar la comida a casa. Además, su jefe le había asignado trabajos extras por los días libres que la mujer había pedido por lo de su difunto hermano, a quien habían enterrado hace una semana en el cementerio Perla.
Sin embargo, Isabella pensó que no todo era tan malo, ya que desde aquel día había empezado a salir más a menudo muy bonita y más arreglada al centro comercial, ya que tenía citas con Max. Ambos habían comenzado a salir, y algunas veces Pandora maquillaba a su progenitora y hacía relucir su belleza como antes. Por otro lado, Benny no paraba de mirar con recelo a Max cuando este iba de visita, ya que él pensaba que ese hombre le estaba robando a su madre. Y por eso cada vez que Max le pedía un vaso de agua al pequeño, este escupía en él y hasta incluso vertía algo del moco de su sapo Gumther.
Mientras, que Hugo estaba completamente de acuerdo al ver cómo su madre estaba empezando a salir con nuevos hombres, y que se estaba comenzando a arreglar más seguido. Él estaba muy feliz por eso, y se sentía más calmado con respecto a toda esa preocupación que solía tener por ella y su deprimente melancolía. Por eso cuando Oliver, su novio, le envió un mensaje de texto diciéndole que quería que se quedase en su penthouse, porque iban a pasar todo el día en el yate de su padre buceando con unos amigos, este aceptó.
Por eso se preparó haciendo un pequeño bolso con varias camisetas cómodas y shorts. Llevando también el lubricante que se había comprado a escondidas de su madre (ya que sabía que tendrían sexo esa noche), y llevándose a su caprichosa hermana Pandora ya que esta había montado un berrinche porque quería ir a la parte lujosa y buena onda de la isla. Pandora ya no quería estar encerrada en ese «cuchitril» al que se debía obligar a llamarle hogar. Y se había aburrido de salir con sus amigas y con su novio Carl, a quien no veía mucho ya que este empezó a faltar a clases porque su madre enfermó por lo que pasó con su hermano menor, y él debía de cuidarla.
Además, Hugo se vio obligado a llevarse a Pandora consigo, ya que ella lo había amenazado diciéndole que le diría a Oliver que no eran ricos como él, y que vivían en una cabaña que apenas y estaba en pie cerca del muelle pesquero. Porque, desde que Hugo inició una relación con Oliver, le ha mentido todo este tiempo al decirle que él y su familia vivían en la parte comercial y que eran igual de adinerados que la familia de Oliver. Ya qué a Hugo le avergonzaba decir que su familia era de muy bajos recursos, y que vivían en una pobre cabaña Hawaiana con muchos problemas económicos.
Hugo pensaba que Oliver lo dejaría por ser pobre, ya que este estaba lleno de plata hasta en los zapatos, ya que su madre se había casado con el alcalde de la isla. Y por ende Oliver tenía todo a su disposición sin tener que ser un caprichoso como Pandora Tybur, y eso le encantaba mucho a Hugo de él.
Y a pesar de que Benny le advirtiera a Hugo y a Pandora sobre estar en el mar. Este, terminó subiéndose con su hermana en el lujoso yate de su novio, para bucear con unos trajes carisimos y especiales, en una de las profundidades no tan lejanas de la playa Rubi. Mientras, qué Pandora yacía recostada en traje de baño en una elegante silla plegable del barco, tomando un bronceado y bebiendo una limonada rosa. Incluso, ya le había echado varios ojitos al torso desnudo de Oliver, y hasta tenía pensado en coquetearle cuando viese la oportunidad indicada, ya qué, aunque Hugo no lo notase, ella había estado perdidamente enamorada de su novio desde hace un par de años.
Oliver era guapísimo para cualquier chica, y con ese encanto que solía tener le hacía dar varios puntos más a esos ojazos cafés y a esa sonrisa con hoyuelos que se cargaba. Obviando, el hecho de que su cuerpo atlético y tonificado, era bastante atractivo para las féminas. Y por eso Pandora no paraba de comérselo con los ojos.
- Oh, eres tan caballeroso, Oliv- le dijo Pandora con un tono dulce y amigable al muchacho de rizos negros mirándolo por debajo de sus lentes de sol con picardía, cuando este se acercó con una bandeja de plata para ofrecerle limonada en una copa de cristal. Cómo lo estaba haciendo con todos sus demás amigos en el yate-. ¿Qué podría hacer para agradecerte?
- ¡Oh, descuida, pequeña!- exclamó Oliver haciendo un ademán poco masculino con la mano con un pequeño rubor de vergüenza en sus mejillas, ya que este solía sonrojarse con facilidad por cualquier tipo de alago-. Me gusta ser amable con todo el mundo, no tienes porqué agradecerme, linda.
«Oh por Dios, ¿me acaba de llamar “linda”?», pensó con estupefacción la muchacha.
- ¿En serio no quieres nada de mí a cambio?- agregó Pandora con un tono embelesador y seductor, jugueteando un poco con las tiras de la parte del sujetador rojo que tenía, y susurrando-: ¿Cuál es la trampa? ¿Debo chupártelo para que estemos a mano? Es eso lo que quieres que te de a cambio de tu gratitud, ¿cierto, Oliv?
El muchacho entonces la miró con incredulidad, y se echó a reír, diciendo:
- ¡Oh, Pandora, sí qué eres divertida!
«Dios mío, te acabo de ofrecer una mamada, ¿¡y aún así me rechazas!?», pensó la egolatra muchacha a punto de poner los ojos en blanco. Sintiendo cómo su rostro se coloraba de vergüenza por aquel rechazo de Oliver, y cómo empezó a apretar la copa entre sus dedos al sentirse enfadada.
- ¿A caso no quieres que te lo chupe en agradecimiento...?- repitió Pandora casi en un murmullo, notando como Oliver contenía una carcajada.
- No, gracias- respondió él enseguida, alborotándole el cabello como sí fuese una niña y dedicándole una cortes sonrisa.
- ¿Aún así puedo chupártelo? Eres un pastelito, y hace rato que yo no como algo apetitoso...- le contestó la joven utilizando toda la seguridad, y el encanto que tenía. Mirando al novio de su hermano con los ojos de una prostituta premium de un burdel.
- Pandora, cariño, soy gay- le recordó Oliver con una sonrisa un poco forzada, antes de que volviese hacia su grupo de amigos con un andar muy divo y confiado, para seguir bebiendo limonada y hablando con ellos.
- Ya verás Oliver Flynch...- murmuró la pelinegra para sus adentros en un gruñido, volviendo a recostarse sobre su silla y posando la mirada sobre el cielo para admirar al sol a través de sus oscuros lentes-. Vas a caer en mi encanto, y me vas a amar solo a mí.
Y mientras qué Pandora tomaba un bronceado, y Oliver pasaba el rato con sus amigos a la vez de que escuchaban un poco de buena música Pop. El joven y tenaz Hugo Tybur sin darse cuenta y con un toque curioso en sus ojos, se estaba comenzando a sumergir demasiado en las profundidades de la playa Rubi. Ni siquiera él lo había notado, ya que se había dejado llevar por una manada de peces payaso que le llamó bastante la atención, y que decidió seguir.
El traje para bucear que tenía Hugo era demasiado bueno. Venía con sus lentes, el tanque de gas que cargaba en la espalda, y las aletas para los pies. Hugo estaba resuelto ahí abajo del mar, pero se estaba adentrando en aguas oscuras ese día. Él solo tenía pensado en explorar un poco entre las aguas turquesas, observando así que todo era bastante distinto debajo del agua. La brillante superficie se veía lejana, y todo en las profundidades de la playa se veía oscuro y azul. Le pareció algo magnifico de ver a Hugo, ya que él siempre tuvo atracción por el mundo subacuático y sus animales. Por eso se había descuidado un poco, y fue detrás de esa manada de peces naranjas.
Además le gustaba mucho ver cómo su largo cabello rubio (que le llegaba hasta los hombros, cómo Jesucristo), se movía como sí tuviera vida propia debajo del mar.
Nadando un poco con la ayuda de sus aletas, y respirando con comodidad con el tubo, el oxigeno que cargaba en la espalda. Recorrió gran parte de los alrededores del mar en el que habían detenido el yate, y se encontró con algas marinas, almejas, pulpos, peces de distintos colores y una que otra planta acuática. Y todavía podía ver la brillante luz del sol ahí debajo, pensó que aun no estaba muy lejos. Sin darse cuenta qué había descendido hasta más de veinte metros, y que aún seguía descendiendo hacia mayor profundidad, explorando.
Hugo tampoco era un veterano a la hora de bucear. No era su primera vez. Había buceado varias veces con Oliver, y aunque al principio le dio miedo, su novio le enseñó cómo debía moverse debajo de las aguas profundas y qué había cierto limite el cual se tenía que tomar en cuenta a la hora de descender. Por eso el muchacho, sin problema alguno, se movía como una sirena debajo del agua siendo cauteloso y recordando lo que Oliver le había enseñado. Cosa qué estuvo haciendo en todo el rato que estuvo siguiendo a esa familia de peces, que lo llevó hacia un lugar que no había visto antes ahí en las oscuras profundidades.
Dicho lugar le pareció muy curioso a Hugo, era como sí estuviese en medio de un desierto, qué había sido consumido por el mar. Notó que allí habían más peces de distintas formas y colores, que las plantas acuáticas estaban más presentes, y que habían rocas gigantescas que rodeaban ciertas zonas azules. Era un lugar bastante curioso de ver, y Hugo pensó que ya quería hablarle a su novio sobre él. Sin embargo, mientras que se encontraba admirando el lugar su vista se encontró con un peligro inminente qué se aproximaba hacia él cómo un torpedo: un tiburón acorazado.
El animal subacuático lo había visto a lo lejos. Y cuando vio que era una presa fácil se aproximó hacia él, aleteando con fuerzas su cola de manera horizontal y nadando en dirección recta hacia él sin titubear. Entonces, a Hugo se le aceleró el corazón, y el muchacho enseguida empezó a nadar hacia arriba con fuerzas, moviendo sus piernas como si fuesen tijeras; abriéndolas y cerrándolas. Desesperadamente.
En ese momento se dio cuenta de qué había descendido demasiado, y se maldijo por ello. Aún así, no dejó que el pánico lo invadiera y se impulsó hacia la superficie moviendo sus brazos y piernas, frenéticamente nadando entre las aguas profundas. Mientras qué el tiburón martillo cada vez más y más se acercaba detrás de él, y abría sus enormes y bestiales fauces. Era un tiburón joven, pero era demasiado rápido y estuvo a punto de abrazar a Hugo con su enorme mandíbula. Si no fuera porque el chico fue más rápido a la hora de subir devuelta a la superficie, para pegarse contra el yate y exclamar entre gritos:
- ¡Subanme, subanme, ya!
Pandora entonces qué estaba más cerca, y quien fue la primera en escucharlo (ya que el resto de los chicos estaban hablando entre sí, y escuchando a Madonna), se asomó por la borda del yate. Y miró a su hermano desde arriba con fastidio, diciendo:
- ¿Qué quieres, Hugo? ¡Déjame tomar mi bronceado en paz!
- ¡Súbeme, idiota! ¡SÚBEME!
La muchacha rodó los ojos, y sin darse cuenta del pánico que había en la cara de su hermano mayor, exclamó:
- ¡Ay no! Estás mojado, y yo no quiero mojarme.
- ¡Te ha dicho que lo subas, Pandora!- le replicó Oliver con cierto enfado a la muchacha, interfiriendo, y empujándola enseguida a un lado para ayudar a su novio a subirse cuanto antes al yate antes de que el tiburón lo atrapara-. ¿¡Qué ha pasado, Hugo!?- le preguntó con preocupación cuando subió a Hugo por los brazos, y miró cómo ese tiburón había subido de las profundidades marinas con las fauces abiertas para devorar a su torpe novio.
- ¡Ese cabrón me quería tener como su desayuno!- exclamó Hugo rápidamente, señalando con su dedo indice hacia el tiburón martillo entre las aguas y quitándose los lentes de buceo con la respiración agitada. Mientras qué se tiraba boca arriba en el suelo del yate para calmarse un poco. Los amigos de Oliver se acercaron alarmados, y empezaron a inspeccionar a Hugo con los ojos para ver sí él se encontraba bien, mientras qué Pandora seguía a un lado de todo eso a punto de llorar por el empujón de Oliver-. El muy cabrón estuvo literalmente a punto de comerme, Oliv.
- ¡Te he dicho que no bucees demasiado profundo, cabeza de chorlito!- le reclamó Oliver con lágrimas en los ojos, tirándose junto a su novio para abrazarlo con fuerzas mientras que este todavía seguía mojado con el traje y sus largos cabellos enredados unos entre otros-. ¡Me vas a dar un infarto un día de estos, imbécil!
Hugo solo echó una carcajada despreocupada, y lo abrazó por la cintura, diciéndole:
- Tienes que ver el hermoso panorama con el que me encontré ahí abajo, Oliv. Pienso que también te gustará.
***
Tal y como Oliver lo había planeado, sus amigos y Hugo la pasaron todo el día con él en su lujoso yate privado. Después de aquel preocupante momento en el que Oliver estuvo a punto de romper a llorar por la vida de su novio, todo transcurrió con normalidad y tranquilidad. Claro, si no se mencionaba el hecho de que Pandora se moría de celos, y le envidiaba la relación a Hugo.
Los muchachos volvieron a la costa cuando la tarde cayó, y disfrutaron un rato de la playa Rubi en las orillas del mar. Bañándose con sus trajes de baño puestos rodeados de turistas, y jugando entre sí a las traes como sí fuesen niños de cinco seis años. Hugo se divirtió muchísimo, y más todavía porque estaba a lado de Oliver. El chico del que estaba profundamente enamorado. Y, cuando acabaron allí, el adolescente de rizos locos los invitó a todos a comer sushi en la parte comercial de la isla Cara, ya que su mayordomo pasaría recogiéndolos en la limusina y él pagaría todo. Entonces, todos aceptaron y fueron a divertirse. Excepto Pandora, quien se fue a casa enseguida que llegaron a tierra, ya que estaba muerta de celos y tenía ganas de apuñalar a su hermano por la espalda para quedarse con Oliver.
«Yo merezco más a Oliver qué el imbécil de Hugo.», pensó Pandora con egocentrismo y envidia en todo el largo camino de arena que tomó para volver a casa. Mientras, que su hermano mayor yacía disfrutando de las delicias de un elegante restaurante de sushi junto a Oliver.
Así, el día transcurrió hasta que la noche cayó, y todos tuvieron que volver a sus casas. Todos, excepto Hugo, quien pasaría la noche en el lujoso pethouse de Oliver, y aunque ambos adolescentes salieron un tanto ebrios por una botella de vodka que se tomaron entre todos discretamente y que habían comprado de manera clandestina cerca del mercado de la isla (un sitio dónde vendían todo tipo de comidas, frutas y verduras, y qué era bastante similar a cómo eran los mercados en Japón). El mayordomo de Oliver los fue a recoger, y por eso no tuvieron inconvenientes en volver a casa. Además, Hugo se calmó todavía más cuando entraron a la elegante mansión, y se dieron cuenta de que los padres de Oliver no estaban, y que ellos ya no tendrían que verlo así de borracho.
- No te preocupes, ellos pasarán la noche en un hotel por su aniversario de bodas- le explicó el chico de rizos locos al más alto, tomándolo de la mano y mirándolo con cierto deseo en sus ojos-. Por eso tenemos todo el pethouse para nosotros está noche, ¿qué te parece sí subimos a mi habitación?
Hugo no tuvo ni tiempo de responder cuando ya tenía al contrario pegado sobre sus labios, devorandoselos. El deseo carnal se mostraba en la mirada de Oliver, y Hugo aprovecharía eso también. Por eso tiró su bolso en el suelo, y tomó a su novio de la cintura para pegarlo contra él y recostarle su notable erección. Además, ambos chicos estaban bastante ebrios cómo para controlarse un poco, y por eso empezaron a desvestirse violentamente tirando las ropas por ahí mientras que se besaban con desesperación, y caminaban por el largo pasillo para subir por las escaleras, directo a la habitación del más bajo.
El beso que llevaban cada vez se hacía más intenso, por las succiones y mordidas. Las caricias se fueron volviendo más atrevidas, ya que Hugo empezó apretarle el trasero a su novio, y cuando se cansó de que no terminasen de subir por las escaleras rápidamente. Lo tomó por la cintura fuerte y lo levantó para cargarlo así, colocando sus piernas alrededor de su ancha cadera y empezando a simular que lo follaba. Cosa qué se dispuso a hacer enseguida que entraron de golpe por la puerta de su alcoba, y lo tendió de piernas abiertas sobre la cama. Mientras qué ambos chicos gemían y apreciaban la desnudez que tenían.
A la par de que Hugo volvía a simular que follaba su entrada, el chico más bajo posicionó sus manos detrás de su espalda y empezó arañarla mientras gemía gruesamente. Así estuvieron por un largo rato, hasta que Oliver susurró con ebriedad mientras que Hugo le chupaba el cuello ferozmente:
- Busca el lubricante, cabeza de chorlito...
Entonces, Hugo esbozó una mueca de fastidio cuando recordó que el lubricante yacía dentro de su bolso, y que dicho bolso lo había tirado en la entrada de la mansión cuando llegaron con todo ese deseo carnal.
- Naah- dijo, y volvió a succionar el cuello del más bajo, y a tocarle las nalgas descaradamente-. Te lo haré sin lubricante.
Oliver gruñó, y le jaló un mechón de pelo para que se mirasen.
- No- le contestó el rizado, en un leve chillido-. Búscalo, cabeza de chorlito, porque tu gran tiburón martillo va a destrozarme entonces.
Hugo estuvo a punto de romper en una descontrolada carcajada en ese momento. Pero se limitó a besar a su novio rápidamente en los labios para volver a levantarse, y buscar corriendo el lubricante en la zona de abajo. Estando a punto de caerse por las escaleras al bajarlas como sí fuese un caballo descontrolado. No le importó andar desnudo en la casa de sus suegros, porque estaba demasiado ebrio como para que eso le importase y porque tenía demasiadas ganas de follarse a Oliver.
Y por eso corrió con cierta urgencia hacia su bolso cuando se lo encontró ahí cerca de la gran entrada, y lo abrió enseguida para sacar la botellita de lubricante y volver a subir hacia la alcoba de su novio. No podía pensar en nada más qué en sexo en ese momento, pero por alguna razón se quedó paralizado cuando escuchó que tocaron dos veces levemente la puerta.
¿De verdad había escuchado bien?
Hugo estaba muy ebrio, pero él había escuchado claramente que la enorme puerta que estaba frente a él fue tocada por alguien del otro lado. Seguramente eran los padres de Oliver..., y él estaba en pelotas descaradamente. ¿Así lo verían finalmente después de tanto tiempo que lo conocían como un buen chico?
«¡Dios mío, ellos han llegado!», pensó el ebrio muchacho, con la cara completamente sonrojada y el corazón palpitandole fuerte.
El muchacho no supo qué hacer, y casi que emprendió una correteada devuelta a la alcoba de su novio con la cara roja de vergüenza. Pero pensó que algo andaba mal con sus pensamientos, cuando ese sonido del «toc, toc», volvió a escucharse y él se dio cuenta de que no estaban tocando la puerta. La estaban rasgando. Estaban arañando la refinada madera del otro lado.
- ¿Eh? ¿No están tocando?- habló Hugo para sí mismo agudizando mejor sus oídos, mirando hacia la puerta, confundido. Con todas sus prendas y su bolso en manos (como sí esperase a que alguien entrara por esa puerta en cualquier momento).
Pero eso no pasó. Nadie entró, y Hugo solo pensó que estaba bastante paranoico y que el alcohol le estaba jugando una mala pasada. Por eso se volvió hacia el pasillo para seguir caminando con cierta naturalidad tambaleante, pero se desconcertó cuando de pronto escuchó un fuerte golpe sordo que le dieron a la puerta, y que lo hizo detenerse en seco.
¿Qué había sido eso?
Hubiera pensado que eran los padres de Oliver, pero ellos ya hubiesen entrado desde hacer rato. Y eso le pareció extraño a Hugo, y su curiosidad por saber quién era fue mayor qué su vergüenza al estar desnudo. Por eso dejó sus cosas sobre el suelo de cerámica blanca, y caminó hacia la puerta, para tomarla de la manija. Y sin titubear abrirla con una extraña inquietud en el corazón con inseguridad. Quizás, debió de haberlo consultado antes con Oliver, pero ya lo había hecho, y abrió la puerta muy lentamente con inseguridad. La brisa del exterior se coló por la puerta, y los sonidos de la noche también. Cómo el de los grillos y los búhos. Sin embargo, cuando Hugo asomó la cabeza por la puerta para ver quién estaba del otro lado, pensó que estaba muy borracho cuando se dio cuenta de que no había absolutamente nadie y que todo estaba igual de solo qué como cuando habían llegado. «Wow, sí que estoy jodidamente ebrio», pensó el rubio con una torpe sonrisa en los labios, antes de que bajase la mirada y se encontrara en ese momento con la oscura figura de una pequeña criatura con la apariencia de una enorme araña que se intentó colar dentro de la casa, y a la que Hugo no le dio chances de entrar ya que la pisó enseguida con la puerta al cerrarla.
«¡¿Qué diablos?!», pensó Hugo al instante con el corazón acelerado y una gota de sudor cayéndole por la frente. Mientras qué se apoyaba de la muerta, y miraba la sangre que ese extraño bicho había dejado esparcida por el umbral y el deslumbrante suelo.
¿Qué era esa cosa?
- ¿A caso era una tarántula?- se preguntó para sí mismo. Y con esa misma inquietud y sorpresa que tenía, volvió a tomar la manija de la puerta y la abrió cautelosamente con mayor inseguridad para inspeccionar mejor qué había sido esa cosa.
Observando, en ese momento, lo inaudito.
Los hombres de más amplia mentalidad sabían que no había una distinción clara entre lo real y lo irreal; que todas las cosas parecían lo que parecen solo en virtud de los delicados instrumentos psíquicos y mentales de cada individuo. Pero lo que Hugo sintió al ver esa cosa fue un horror indescriptible. Sin embargo, aunque su alma sentía un terror que ni él podía entender, su mente estaba tratando de procesar qué era esa criatura. Porque lo que Hugo veía era un pez de aspecto horrible cuyos ojos; grandes y bien abiertos, lo parecían observar. Y no sabía sí podía considerar «eso» un pez, pues en verdad era horroroso a pesar de que estaba machucado y muerto. De la parte baja de abdomen se le formaba una masa áspera y rugosa de manera anormal y horripilante; en la cual le salían patas delgadas y puntiagudas como de insecto. O, más bien como de araña. Y por último, desprendía un terrible olor a podrido que le revolvió el estómago al muchacho causándole una intensa ganas de vomitar.
- ¿Qué diablos… es eso?- murmuró, sin poder creer lo que sus ojos estaban viendo.
El horror y la confusión no se iban de su rostro. Pero esa cosa era tan espeluznante de ver qué Hugo se vio obligado a volver a cerrar la puerta, y con cierto temblor en sus piernas volvió a correr con su desnudez devuelta a la alcoba de su novio. Sin ninguna de sus cosas, él necesitaba que Oliver viera a esa cosa, ya no podía pensar en sexo en esos momentos. Y por eso entró con desesperación al cuarto, diciendo:
- ¡Carajo, tienes que ver esto, Oliver!
Cuando entró por la puerta pensó que se encontraría con su novio tendido todavía boca arriba. O, en cuatro patas como sí fuese un perro, esperando a que él llegase para que lo follara. Pero en cambio, se topó con este todavía desnudo de espaldas, mirando hacia el exterior a través de su elegante balcón con vista a la playa.
La vista que daba ese balcón era bastante preciosa y pacifica, ya que te mostraba todo el tropical panorama de la playa Rubi y sus matas de coco. Además, la brisa que pegaba en las noche allí era tan fuerte y refrescante qué a Oliver le gustaba por eso salir a admirar la playa. Entonces, Hugo pensó por un momento, qué su novio se había quedado perdido mirando la marea y a sus fuertes olas, como siempre. Pero supo, que algo andaba mal cuando volvió a llamarlo, y este no le contestó.
- ¿Qué pasa, Oliv?- volvió a repetir cómo por cuarta vez, mientras que se acercaba con cierta inquietud en el pecho por detrás de su novio, confundido. Para mirar así, lo que este tanto observaba en ese momento.
Entonces, Hugo se dio cuenta de que Oliver tenía los ojos demasiado enormes y la cara extremadamente pálida. Y se había quedado horrorizado en el balcón mirando como muchos peces de distintos tamaños y formas empezaban a salir de las orillas del mar, con esas enormes patas que sobresalían de sus entrañas.