El teléfono de Elías vibró. Lo vi dar un brinquito mínimo. Apenas nada. Pero fue un brinco. Guardó el móvil en el bolsillo sin mirarlo. A los dos minutos vibró de nuevo. Esta vez lo sacó, lo miró un segundo, y lo volvió a guardar. Su mandíbula se apretó una fracción. —¿Quién es? —pregunté suave, como si le pidiera sal. —Nada —respondió, mecánico—. Grupo de la escuela. No era el grupo de la escuela. No vibra así el grupo de la escuela. No vibra con ese ritmo de insistencia. Me guardé la información. No solté su espalda. La película terminó con aplausos dramáticos de Ethan y un “claro que yo hubiera sobrevivido a tres cocodrilos” que hizo reír hasta a Aidan. En algún punto, Elías se quedó dormido sobre mi costado. Le vi la cara en calma y me dieron ganas de construir una muralla alrededo

