No hacía falta escuchar su voz ni sus provocaciones para saber que venía con un objetivo: hacer daño. Y no por deporte. Sino porque a Dakota le jodía no tener el control, le jodía que alguien le quitara el centro de atención... y más aún, que ese alguien fuera Amaya. La forma en la que entró —con ese short descarado y el top que apenas le cubría— no era casual. Conocía su lenguaje corporal. Esa coleta alta, la sonrisa ladina, la forma en que movía las caderas, todo eso era parte de su estrategia. Era provocación pura. Y no para mí… sino para desestabilizar a quien tuviera enfrente. Esta vez, a Amaya. La vi ponerse frente a ella, aún sin saber quién era. Y luego... ese vistazo. Amaya me miró desde el ring y me encontró inmóvil, tenso, como si me hubieran soltado un golpe directo al pecho.

