—No debí dejar que pelearas contra Dakota… —digo, bajando la mirada. Ella sonríe, pero es una de esas sonrisas vacías, como un gesto mecánico que no llega a los ojos. Un golpe más. No físico… sino emocional. —Si no te molesta —murmuro—, quiero ayudarte a curarte. Ella asiente, se sienta en el borde de la cama y yo me arrodillo frente a ella. Empiezo con los moretones de su muslo, limpiando la zona con cuidado, revisando el daño. No parece haber fracturas ni lesiones graves, pero sé que mañana todo va a doler más. Y mientras paso la gasa empapada en alcohol por una herida superficial de su brazo, me invade una presión en el pecho que no sé contener. El silencio entre los dos pesa como cemento. Y de pronto, sin mirarme, ella rompe esa calma densa con una pregunta que me atraviesa. —¿Tod

