Elías había salido de mi habitación después de nuestra conversación, pero el sueño no llegaba. Me revolví una y otra vez en la cama, sintiendo que algo dentro de mí simplemente no podía calmarse. Cada vez que cerraba los ojos, solo veía los suyos. Los de ella. Su piel. Su voz. Su risa. Amaya. Y entonces lo supe. No iba a dormir hasta estar a su lado. Me levanté en silencio y crucé el pasillo hasta su cuarto. Abrí la puerta con cuidado y me colé dentro, cerrando detrás de mí con el seguro. La encontré sentada en su cama, con los ojos llenos de asombro y una ternura que me desarmó por completo. No dijimos una palabra. No necesitábamos hacerlo. Nos miramos. Solo eso. Una mirada tan intensa, tan cargada de deseo y de amor contenido, que me hizo caminar hacia ella sin pensar. Me senté en la

