lo vuelvo a besar. me sostiene la cara con las dos manos, el pulgar en mi pómulo, como si ahí pudiera detener la avalancha. caminamos hacia atrás y la cama nos encuentra. caer sobre el colchón es caer en un sitio conocido. su peso encima del mío no aplasta, ancla. sus labios trazan rutas que mi piel recuerda; no hay prisa, pero la urgencia late abajo, como un tambor discreto. cierro los ojos y dejo que ese mapa me diga “aquí, aquí, aquí también”. pienso —un relámpago, un pensamiento breve— que esto quizá sea despedida y abrazo más fuerte. él me peina con los dedos, entrelazándolos apenas para no enredarse, y me mira como si hubiera tiempo para siempre. no lo hay. por eso parte de mí lo registra todo con una atención absurda: el olor de su camiseta limpia mezclado con metal y algo de mader

