Me tumbé sobre ella otra vez, pero esta vez no había prisa. La acaricié como si tuviera todo el tiempo del mundo, como si no existieran becas, ni despedidas, ni Suiza en el horizonte. Ella me rodeó con las piernas, me atrajo más, y en ese movimiento había tanto hambre como ternura. Mi boca buscó la suya, y cuando finalmente la penetré, lo hice despacio, mirándola a los ojos, respirando junto con ella. Ambos soltamos un gemido que fue mitad alivio, mitad entrega absoluta. Nos movimos juntos, no con urgencia descontrolada, sino con ese ritmo perfecto que solo encontramos cuando dejamos de pensar y dejamos que nuestros cuerpos hablen por nosotros. Ella se arqueaba, yo la seguía, sus uñas se clavaban en mi espalda, mis labios se perdían en su cuello. Todo era calor, piel, mar de fondo y esa c

