Amaya estaba hecha un ovillo, abrazando fuerte el peluche que le había ganado en la feria. Su cuerpo pequeño parecía más frágil de lo que nunca imaginé, encogido sobre sí mismo como si buscara protegerse del mundo. Y su rostro… Dios. Tenía la cara hinchada, los párpados rojos, las mejillas húmedas todavía, como si las lágrimas no hubieran tenido tiempo de secarse. Parecía que había llorado hasta quedarse sin fuerzas. Sentí que algo dentro de mí se rompía con un ruido seco, como un hueso partido. No sabía si retroceder, si arrodillarme ahí mismo, si correr a abrazarla. El aire me pesaba. Ella se incorporó al notar mi sombra en la puerta. Se frotó los ojos rápido, como si pudiera borrar las marcas del llanto con un gesto torpe. —Zayn… —su voz sonó ronca, quebrada, como si me hubiera estad

