—Desde que llegamos ha estado encima de mí —continué, sin rodeos—. Primero con sonrisitas, después con roces “accidentales”, y hoy… hoy se pasó. Ella tragó saliva. —¿Qué hizo? Me ardió repetirlo, pero tenía que hacerlo. —Me tiró agua encima, y cuando se acercó a “ayudarme” me metió la mano en la v***a, Amaya. En mi puta v***a, como si fuera un chiste. Su rostro cambió, primero el shock, después la rabia contenida. —¿Y… qué hiciste? —La mandé a la mierda —escupí sin dudarlo—. Le quité la mano de un manazo, le grité en la cara que no soy su cabrón de turno, que tengo a la mujer más increíble del mundo esperándome en casa y que no voy a arruinarlo por una puta insistente. Amaya me miraba con los ojos grandes, humedeciéndose poco a poco, aunque intentaba no llorar. —No te lo quería co

