Su gemido fue un puñal y un premio al mismo tiempo. Hundí los dedos con suavidad primero, explorando, probando, midiendo la reacción de mi tormenta. Ella arqueó la espalda con violencia, sus uñas me rasgaron los hombros, y ese sonido que escapó de su garganta fue tan jodidamente sexy que tuve que apretar los dientes para no correrme en ese instante. —Mírame… —le gruñí, al mismo tiempo que mis dedos la buscaban con más precisión, frotando, entrando y saliendo con un ritmo calculado, desesperado. Ella abrió los ojos, brillosos, perdidos en el placer. Su boca entreabierta, los jadeos quebrados, su respiración chocando contra la mía. Me sostuve sobre un brazo para no caerle encima y seguí con el otro, trabajándola con más fuerza, más profundo. —Zayn… joder… —susurró, mordiéndose los labios,

