Amaya tragó, cerró los ojos un segundo, y cuando los abrió tenían esa mezcla de bravura y ternura que me vuelve un creyente. —No te voy a pedir que te alejes —respondió—. Te voy a pedir que me dejes pelear a tu lado. Con inteligencia. No desde la rabia, sino desde la estrategia. —Se acercó a mi frente—. Ya sobreviviste mil inviernos solo. Es hora de que me dejes darte calor. Reí entre lágrimas, y fue la primera vez que la risa no me supo a culpa en medio de una confesión. —Victoria necesita saber que llamó —dije más práctico, como si de pronto mi cabeza hubiera regresado del pozo—. Y Leonardo también. No quiero que se enteren por otro lado. No quiero que parezca que ocultamos nada que pueda afectar a Elías. —La miré—. ¿Te parece si hoy, en la tarde, hablamos con ellos? Sin detalles de l

