—Cállate —le gruñí—. Estás a punto de hacer una estupidez. No me respondió. Solo escupía fuego con los ojos. Y yo sabía que no me lo iba a perdonar… pero más se iba a odiar si la dejaba pelear así. Ebria. Furiosa. Herida. Y aunque no lo quiera admitir… la cuido. Aunque no quiera, me importa. Porque esta tormenta vive en mi casa. Y cada vez más… también dentro de mi maldita cabeza. La llevé hasta una zona apartada, lejos de la música, lejos del gentío, de las luces, del caos. Ahí donde solo el mar era testigo y el silencio pesaba. Apenas la puse en el suelo, Amaya se zafó de mis brazos, fuera de sí, caminando en círculos como fiera enjaulada. —¡Déjame en paz, Zayn! ¡No soy tu maldito problema! ¡Necesito descargarme, joder! La vi… y por un segundo, más allá del veneno que escupía, más

